Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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aquí cuáles eran sus respectivos pensamientos: los aqueos no creían escapar de aquel
desastre, sino perecer; los troyanos esperaban en su corazón incendiar las naves y matar a
los héroes aqueos. Y con estas ideas asaltábanse unos a otros.
704 Héctor llegó a tocar la popa de una nave surcadora del ponto, bella y de curso
rápido; aquélla en que Protesilao llegó a Troya y que luego no había de llevarle otra vez a
la patria tierra. Por esta nave se mataban los aqueos y los troyanos: sin aguardar desde
lejos los tiros de flechas y dardos, combatían de cerca y con igual ánimo, valiéndose de
agudas hachas, segures, grandes espadas y lanzas de doble filo. Muchas hermosas dagas,
de obscuro recazo, provistas de mango, cayeron al suelo, ya de las manos, ya de los
hombros de los combatientes; y la negra tierra manaba sangre. Héctor, desde que cogió la
popa, no la soltaba y, teniendo entre sus manor la parte superior de la misma, animaba a
los troyanos:
718 -¡Traed fuego, y todos apiñados, trabad la batalla! Zeus nos concede un día que lo
compensa todo, pues vamos a tomar las naves que vinieron contra la voluntad de los
dioses y nos han ocasionado muchas calamidades por la cobardía de los viejos, que no me
dejaban pelear cerca de aquéllas y detenían al ejército. Mas, si entonces el largovidente
Zeus ofuscaba nuestra razón, ahora él mismo nos impele y anima.
726 Así dijo; y ellos acometieron con mayor ímpetu a los argivos. Ayante ya no
resistió, porque estaba abrumado por los tiros: temiendo morir, dejó la cubierta,
retrocedió hasta un banco de remeros que tenía siete pies, púsose a vigilar, y con la pica
apartaba del navío a cuantos llevaban el voraz fuego, en tanto que exhortaba a los dánaos
con espantosos gritos:
733 -¡Oh amigos, héroes dánaos, servidores de Ares! Sed hombres y mostrad vuestro
impetuoso valor. ¿Creéis, por ventura, que hay a nuestra espalda otros defensores o un
muro más sólido que libre a los hombres de la muerte? Cerca de aquí no existe ciudad
alguna defendida con torres, en la que hallemos refugio y cuyo pueblo nos dé auxilio para
alcanzar ulterior victoria; sino que nor hallamos en la llanura de los troyanos, de fuertes
corazas, a orillas del mar y lejos de la patria tierra. La salvación, por consiguiente, está en
los puños; no en ser flojos en la pelea.
742 Dijo, y acometió furioso con la aguda lanza. Y cuantos troyanos, movidos por las
excitaciones de Héctor, quisieron llevar ardiente fuego a las cóncavas naves, a todos los
hirió Ayante con su larga pica. Doce fueron los que hirió de cerca, delante de los bajeles.
CANTO XVI* Patroclea
* Al advertirlo, Patroclo suplica a Aquiles que rechace al enemigo; y, no consiguiéndolo, le ruega que,
por lo menos, le preste sus armas y le permita ponerse al frente de los mirmídones para ahuyentar a los
troyanos. Accede Aquiles, y le recomienda que se vuelva atrás cuando los haya echado de las naves, pues
el destino no le tiene reservada la gloria de apoderarse de Troya. Mas Patroclo, enardecido por sus
hazañas, entre ellas la de dar muerte a Sarpedón, hijo de Zeus, persigue a los troyanos por la llanura hasta
que Apolo le desata la coraza. Euforbo lo hiere y Héctor lo mata. 1 Así peleaban por la nave de muchos bancos. Patroclo se presentó a Aquiles, pastor de
hombres, derramando ardientes lágrimas como fuente profunda que vierte sus aguas som-
brías por escarpada roca. Tan pronto como le vio el divino Aquiles, el de los pies ligeros,
compadecióse de él y le dijo estas aladas palabras:
7 -¿Por qué lloras, Patroclo, como una niña que va con su madre y deseando que la
tome en brazos, la tira del vestido, la detiene a pesar de que lleva prisa, y la mira con ojos
llorosos para que la levante del suelo? Como ella, oh Patrocio, derramas tiernas lágrimas.
¿Vienes a participarnos algo a los mirmidones o a mí mismo? ¿Supiste tú solo alguna
noticia de Ftía? Dicen que Menecio, hijo de Áctor, existe aún; vive también Peleo Eácida
entre los mirmidones, y es la muerte dé aquél o de éste to que más nos podría afligir. ¿O
lloras quizás porque los argivos perecen, cerca de las cóncavas naves, por la injusticia
que cometieron? Habla, no me ocultes lo que piensas, para que ambos lo sepamos.
20 Dando profundos suspiros, respondiste así, caballero Patroclo:
21 -¡Oh Aquiles, hijo de Peleo, el más valiente de los aqueos! No te irrites, porque es
muy grande el pesar que los abruma. Los que antes eran los más fuertes, heridos unos de
cerca y otros de lejos, yacen en las naves -con arma arrojadiza fue herido el


 

 
 

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