Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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escarpado y
grande, que en la ribera del espumoso mar resiste el ímpetu de los sonoros vientos y de
las ingentes olas que a11í se rompen, así los dánaos aguardaban a pie firme a los troyanos
y no huían. Y Héctor, resplandeciente como el fuego, saltó al centro de la turba como la
ola impetuosa levantada por el viento cae desde to alto sobre la ligera nave, llenándola de
espuma, mientras el soplo terrible del huracán brama en las velas y los marineros tiem-
blan amedrentados porque se hallan muy cerca de la muerte, de tal modo vacilaba el
ánimo en el pecho de los aqueos. Como dañino león acomete un rebaño de muchas vacas
que pacen a orillas de extenso lago y son guardadas por un pastor que, no sabiendo luchar
con las fieras para evitar la muerte de alguna vaca de retorcidos cuernos, va siempre con
las primeras o con las últimas reses; y el león salta al centro, devora una vaca y las demás
huyen espantadas, así los aqueos todos fueron puestos en fuga por Héctor y el padre
Zeus, pero Héctor mató a uno solo, a Perifetes de Micenas, hijo de aquel Copreo que
llevaba los mensajes del rey Euristeo al fornido Heracles. De este padre obscuro nació tal
hijo, que superándole en toda clase de virtudes, en la carrera y en el combate, campeó por
su talento entre los primeros ciudadanos de Micenas y entonces dio a Héctor gloria
excelsa. Pues al volverse tropezó con el borde del escudo que le cubría de pies a cabeza y
que llevaba para defenderse de los tiros, y, enredándose con él, cayó de espaldas, y el
casco resonó de un modo horrible en torno de las sienes. Héctor to advirtió en seguida,
acudió corriendo, metió la pica en el pecho de Perifetes y le mató cerca de sus mismos
compañeros que, aunque afligidos, no pudieron socorrerle, pues temían mucho al divino
Héctor.
653 Por fin llegaron a las naves. Defendíanse los argivos detrás de las que se habían
sacado primero a la playa, y los troyanos fueron a perseguirlos: Aquéllos, al verse
obligados a retirarse de las primeras naves, se colocaron apiñados cerca de las tiendas, sin
dispersarse por el ejército porque la vergüenza y el temor se to impedían, y mutua a
incesantemente se exhortaban. Y especialmente Néstor, protéctor de los aqueos, dirigíase
a todos los guerreros, y en nombre de sus padres así les suplicaba:
661 -¡Oh amigos! Sed hombres y mostrad que tenéis un corazón pundonoroso delante
de los demás varones. Acordaos de los hijos, de las esposas, de los bienes, y de los pa-
dres, vivan aún o hayan fallecido. En nombre de estos ausentes os suplico que resistáis
firmemente y no os entreguéis a la fuga.
667 Con estas palabras les excitó a todos el valor y la fuerza. Entonces Atenea les quitó
de los ojos la densa y divina nube que los cubría, y apareció la luz por ambos lados, en
las naves y en la lid sostenida por los dos ejércitos con igual tesón. Vieron a Héctor,
valiente en la pelea, y a sus propios compañeros, así a cuantos estaban detrás de los
bajeles y no combatían, como a los que junto a las veleras naves daban batalla al
enemigo. 674 No le era grato al corazón del magnánimo Ayante permanecer donde los demás
aqueos se habían retirado; y el héroe, andando a paso largo, iba de nave en nave llevando
en la mano una gran percha de combate naval que medía veintidós codos y estaba
reforzada con clavos. Como un diestro cabalgador escoge cuatro caballos entre muchos,
los guía desde la llanura a la gran ciudad por la carretera, muchos hombres y mujeres le
admiran, y él salta continuamente y con seguridad del uno al otro, mientras los corceles
vuelan; así Ayante, andando a paso seguido, recorría las cubiertas de muchas naves y su
voz llegaba al éter. Sin cesar daba horribles gritos, para exhortar a los dánaos a defender
naves y tiendas. Tampoco Héctor permanecía en la turba de los troyanos, armados de
fuertes corazas: como el águila negra se echa sobre una bandada de alígeras aver -gansos,
grullas o cisnes cuellilargos- que están comiendo a orillas de un río; así Héctor corría en
derechura a una nave de negra proa, empujado por la mano poderosa de Zeus, y el dios
incitaba también a la tropa para que le acompañara.
696 De nuevo se trabó un reñido combate al pie de los bajeles. Hubieras dicho que, sin
estar cansado ni fatigados, comenzaban entonces a pelear. ¡Con tal denuedo luchaban! He


 

 
 

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