Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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los ojos del guerrero.-
Penéleo y Licón fueron a encontrarse, y, habiendo arrojado sus lanzas en vano, pues
ambos erraron el tiro, se acometieron con las espadas: Licaón dio a su enemigo un tajo en
la cimera del casco, que adornaban crines de caballo; pero la espada se le rompió junto a
la empuñadura; Penéleo hundió la suya en el cuello de Licón, debajo de la oreja, y se lo
cortó por entero: la cabeza cayó a un lado, sostenida tan sólo por la piel, y los miembros
perdieron su vigor.- Meriones dio alcance con sus ligeros pies a Acamante, cuando subía
al carro, y le hirió en el hombro derecho: el troyano cayó en tierra, y las tinieblas
cubrieron sus ojos.- A Erimante metióle Idomeneo el cruel bronce por la boca: la lanza
atravesó la cabeza por debajo del cerebro, rompió los blancos huesos y conmovió los
dientes; los ojos llenáronse con la sangre que fluía de las narices y de la boca abierta, y la
muerte, cual si fuese obscura nube, envolvió al guerrero.
351 Cada uno de estos caudillos dánaos mató, pues, a un hombre. Como los voraces
lobos acometen a corderos o cabritos, arrebatándolos de un hato que se dispersa en el
monte por la impericia del pastor, pues así que aquéllos los ven se los llevan y despedazan por tener los últimos un corazón tímido; así los dánaos cargaban sobre los
troyanos, y éstos, pensando en la fuga horrísona, olvidábanse de su impetuoso valor.
358 El gran Ayante deseaba constantemente arrojar su lanza a Héctor, armado de
bronce; pero el héroe, que era muy experto en la guerra, cubriendo sus anchos hombros
con un escudo de pieles de toro, estaba atento al silbo de las flechas y al ruido de los
dardos. Bien conocía que la victoria se inclinaba del lado de los enemigos, pero resistía
aún y procuraba salvar a sus compañeros queridos.
364 Como se va extendiendo una nube desde el Olimpo al cielo, después de un día
sereno, cuando Zeus prepara una tempestad, así los troyanos huyeron de las naves, dando
gritos, y ya no fue con orden como repasaron el foso. A Héctor le sacaron de a11í, con
sus armas, los corceles de ligeros pies; y el héroe desamparó la turba de los troyanos, a
quienes detenía, mal de su grado, el profundo foso. Muchos veloces corceles, rompiendo
los carros de los caudillos por el extremo del timón, a11í los dejaron.- Patroclo iba
adelante, exhortando vehementemente a los dánaos y pensando en causar daño a los
troyanos; los cuales, una vez puestos en desorden, llenaban todos los caminos huyendo
con gran clamoreo; la polvareda llegaba a to alto debajo de las nubes, y los solípedos
caballos volvían a la ciudad desde las naves y las tiendas. Patroclo, donde veía más gente
del pueblo desordenada, a11í se encaminaba vociferando; los guerreros caían de cara
debajo de los ejes de sus carros, y éstos volcaban con gran estruendo. A1 llegar al foso,
los caballos inmortales que los dioses habían regalado a Peleo como espléndido presente
lo salvaron de un salto, deseosos de seguir adelante; y, cuando a Patroclo el ánimo le
impulsó a ir hacia Héctor para herirlo, ya los veloces corceles de éste se to habían
llevado. Como en el otoño descarga una tempestad sobre la negra tierra, cuando Zeus
envía violenta lluvia, irritado contra los hombres que en el foro dan sentencias inicuas y
echan a la justicia, no temiendo la venganza de los dioses; y todos los ríos salen de madre
y los torrentes cortan muchas colinas, braman al correr desde lo alto de las montañas al
mar purpúreo y destruyen las labores del campo; de semejante modo corrían las yeguas
troyanas, dando lastimeros relinchos.
394 Patroclo, cuando hubo separado de los demás enemigos a los que formaban las
últimas falanges, les obligó a volver hacia los bajeles, en vez de permitirles que subiesen
a la ciudad; y, acometiéndoles entre las naves, el río y el alto muro, los mataba para
vengar a muchos de los suyos. Entonces envasóle a Prónoo la brillante lanza en el pecho,
donde éste quedaba sin defensa al lado del escudo, y le dejó sin vigor los miembros: el
troyano cayó con estrépito. Luego acometió a Téstor, hijo de Enope, que se hallaba
encogido en el lustroso asiento y en su turbación había dejado que las riendas se le fuesen
de la mano: clavóle desde cerca la lanza en la mejilla derecha, se la hizo pasar por los
dientes y to levantó por cima del barandal. Como el pescador sentado en una roca pro-


 

 
 

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