mas el ancho y labrado
escudo paró los golpes, y ni aun consiguieron rasguñar la tierna
piel del héroe con el
cruel bronce, porque Posidón, que bate la tierra, defendió al
hijo de Néstor contra los
muchos tiros. Antíloco no se apartaba nunca de los enemigos, sino que
se agitaba en
medio de ellos; su lanza, lamas ociosa, siempre vibrante, se volvía a
todas partes, y él
pensaba en su mente si la arrojaría a alguien, o acometería de
cerca.
560 No se le ocultó a Adamante Asíada lo que Antíloco meditaba
en medio de la turba;
y, acercándosele, le dio con el agudo bronce un bote en medio del escudo;
pero Posidón,
el de cerúlea cabellera, no permitió que quitara la vida a Antíloco,
a hizo vano el golpe
rompiendo la lanza en dos partes, una de las cuales quedó clavada en
el escudo, como
estaca consumida por el fuego, y la otra cayó al suelo. Adamante retrocedió
hacia el
grupo de sus amigos, para evitar la muerte; pero Meriones corrió tras
él y arrojóle la
lanza, que penetró por entre el ombligo y las partes verendas, donde
son muy peligrosas
las heridas que reciben en la guerra los míseros mortales. Allí,
pues, se hundió la lanza, y
Adamante, cayendo encima de ella, se agitaba como un buey a quien los pastores
han
atado en el monte con recias cuerdas y llevan contra su voluntad; así
aquél, al sentirse
herido, se agitó algún tiempo, que no fue de larga duración
porque Meriones se le acercó,
arrancóle la lanza del cuerpo y las tinieblas velaron los ojos del guerrero.
576 Héleno dio a Deípiro un tajo en una sien con su gran espada
tracia, y le rompió el
casco. Éste, sacudido por el golpe, cayó al suelo, y rodando fue
a parar a los pies de un
guerrero aqueo que to alzó de tierra. A Deípiro tenebrosa noche
le cubrió los ojos.
581 Gran pesar sintió por ello el Atrida Menelao, valiente en el combate;
y, blandiendo
la aguda lanza, arremetió, amenazador, contra el héroe y príncipe
Héleno, quien, a su vez,
armó el arco. Ambos fueron a encontrarse, deseosos el uno de alcanzar
al contrario con la
aguda lanza, y el otro de herir a su enemigo con una flecha arrojada por el
arco. El
Priámida dio con la saeta en el pecho de Menelao, donde la coraza presentaba
una
concavidad; pero la cruel flecha fue rechazada y voló a otra parte. Como
en la espaciosa
era saltan del bieldo las negruzcas habas o los garbanzos al soplo sonoro del
viento y al
impulso del aventador, de igual modo, la amarga flecha, repelida por la coraza
del
glorioso Menelao, voló a to lejos. Por su parte Menelao Atrida, valiente
en la pelea, hirió
a Héleno en la mano en que llevaba el pulimentado arco: la broncínea
lanza atravesó la
palma y penetró en el arco. Héleno retrocedió hasta el
grupo de sus amigos, para evitar la
muerte; y su mano, colgando, arrastraba el asta de fresno. El magnánimo
Agenor se la
arrancó y le vendó la mano con una honda de lana de oveja, bien
tejida, que les facilitó el
escudero del pastor de hombres.
601 Pisandro embistió al glorioso Menelao. El hado funesto le llevaba
al fin de su vida,
empujándole para que fuese vencido por ti, oh Menelao, en la terrible
pelea. Así que en-
trambos se hallaron frente a frente, acometiéronse, y el Atrida erró
el golpe porque la
lanza se le desvió; Pisandro dio un bote en el escudo del glorioso Menelao,
pero no pudo
atravesar el bronce: resistió el ancho escudo y quebróse la lanza
por el asta cuando aquél
se regocijaba en su corazón con la esperanza de salir victorioso. Pero
el Atrida desnudó la
espada guarnecida de argénteos clavos y asaltó a Pisandro, quien,
cubriéndose con el
escudo, aferró una hermosa hacha, de bronce labrado, provista de un largo
y liso mango
de madera de olivo. Acometiéronse, y Pisandro dio un golpe a Menelao
en la cimera del
yelmo, adornado con crines de caballo, debajo del penacho; y Menelao hundió
su espada
en la frente del troyano, encima de la nariz: crujieron los huesos, y los ojos,
ensangrentados, cayeron en el polvo, a los pies del guerrero, que se encorvó
y vino a
tierra. El Atrida, poniéndole el pie en el pecho, le despojó de
la armadura; y, blasonando
del triunfo, dijo:
620 -¡Así dejaréis las naves de los aqueos, de ágiles
corceles, oh troyanos soberbios a
insaciables de la pelea horrenda! No os basta haberme inferido una vergonzosa
afrenta,
infames perros, sin que vuestro corazón temiera la ira terrible del tonante
Zeus
hospitalario, que algún día destruirá vuestra ciudad excelsa.
