Os llevasteis, además de
muchas riquezas, a mi legítima esposa, que os había recibido amigablemente;
y ahora
deseáis arrojar el destructor fuego en las naves surcadoras del ponto,
y dar muerte a los
héroes aqueos; pero quizás os hagamos renunciar al combate, aunque
tan enardecidos os
mostréis. ¡Padre Zeus! Dicen que superas en inteligencia a los
demás dioses y hombres, y
todo esto procede de ti. ¿Cómo favoreces a los troyanos, a esos
hombres insolentes, de
espíritu siempre perverso, y que nunca se pueden hartar de la guerr a
a todos tan funesta?
De todo llega el hombre a saciarse: del sueño, del amor, del dulce canto
y de la agradable
danza, cosas más apetecibles que la pelea; pero los troyanos no se cansan
de combatir.
640 En diciendo esto, el eximio Menelao quitóle al cadáver la
ensangrentada armadura;
y, entregándola a sus amigos, volvió a pelear entre los combatientes
delanteros.
643 Entonces le salió al encuentro Harpalión, hijo del rey Pilémenes,
que fue a Troya
con su padre a combatir y no había de volver a la patria tierra: el troyano
dio un bote de
lanza en medio del escudo del Atrida, pero no pudo atravesar el bronce y retrocedió
hacia
el grupo de sus amigos para evitar la muerte, mirando a todos lados, no fuera
alguien a
herirlo con el bronce. Mientras él se iba, Meriones le asestó
el arco, y la broncínea saeta
se hundió en la nalga derecha del troyano, atravesó la vejiga
por debajo del hueso y salió
al otro lado. Y Harpalión, cayendo a11í en brazos de sus amigos,
dio el alma y quedó
tendido en el suelo como un gusano; de su cuerpo fluía negra sangre que
mojaba la tierra.
Pusiéronse a su alrededor los magnánimos paflagones, y, colocando
el cadáver en un
carro, lleváronlo, afligidos, a la sagrada Ilio; el padre iba con ellos
derramando lágrimas,
y ninguna venganza pudo tomar de aquella muerte.
660 Paris, muy irritado en su espíritu por la muerte de Harpalión,
que era su huésped en
la populosa Paflagonia, arrojó una broncínea flecha. Había
un cierto Euquenor, rico y
valiente, que era vástago del adivino Poliido, habitaba en Corinto y
se embarcó para
Troya, no obstante saber la funesta suerte que a11í le aguardaba. El
buen anciano Poliido
habíale dicho repetidas veces que moriría en penosa dolencia en
el palacio o sucumbiría a
manos de los troyanos en las naves aqueas, y él, queriendo evitar los
baldones de los
aqueos y la enfermedad odiosa con sus dolores, decidió it a Ilio. A éste,
pues, Paris le
clavó la flecha por debajo de la quijada y de la oreja: la vida huyó
de los miembros del
guerrero, y la obscuridad horrible le envolvió.
673 Así combatían con el ardor de encendido fuego. Héctor,
caro a Zeus, aún no se
había enterado, a ignoraba por entero que sus tropas fuesen destruidas
por los argivos a la
izquierda de las naves. Pronto la victoria hubiera sido de los aqueos. ¡De
tal suerte
Posidón, que ciñe y sacude la tierra, los alentaba y hasta los
ayudaba con sus propias
fuerzas! Estaba Héctor en el mismo lugar adonde había llegado
después que pasó las
puertas y el muro y rompió las cerradas filas de los escudados dánaos.
A11í, en la playa
del espumoso mar, habían sido colocadas las naves de Ayante y Protesilao;
y se había
levantado para defenderlas un muro bajo, porque los hombres y corceles acampados
en
aquel paraje eran muy valientes en la guerra.
685 Los beocios, los jonios, de rozagante vestidura, los locrios, los ptiotas
y los ilustres
epeos detenían al divino Héctor, que, semejante a una llama, porfiaba
en su empeño de ir
hacia las naves; pero no conseguían que se apartase de ellos. Los atenienses
habían sido
designados para las primeras filas y los mandaba Menesteo, hijo de Péteo,
a quien se-
guían Fidante, Estiquio y el valeroso Biante. De los epeos eran caudillos
Meges Filida,
Anfión y Dracio. Al frente de los ptiotas estaban Medonte y el belicoso
Podarces: aquél
era hijo bastardo del divino Oileo y hermano de Ayante, y vivía en Fílace,
lejos de su
patria, por haber dado muerte a un hermano de Eriópide, su madrastra
y mujer de Oileo; y
el otro era hijo de Ificlo Filácida. Ambos se habían armado y
puesto al frente de los
magnánimos ptiotas, y combatían en unión con los beocios
para defender las naves.
701 El ágil Ayante de Oileo no se apartaba un instante de Ayante Telamonio:
como en
tierra noval dos negros bueyes tiran con igual ánimo del sólido
arado, abundante sudor
