Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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del lomo
erizadas y los ojos brillantes como ascuas aguza los dientes y se dispone a rechazar la
acometida de perros y cazadores, de igual manera Idomeneo, famoso por su lanza,
aguardaba sin arredrarse a Eneas, ágil en la lucha, que le salía al encuentro; pero llamaba
a sus compañeros, poniendo los ojos en Ascálafo, Afareo, Deípiro, Meriones y Antíloco,
aguerridos campeones, y los exhortaba con estas aladas palabras:
481 -Venid, amigos, y ayudadme; pues estoy solo y temo mucho a Eneas, ligero de
pies, que contra mí arremete. Es muy vigoroso para matar hombres en el combate, y se
halla en la flor de la juventud, cuando mayor es la fuerza. Si con el ánimo que tengo,
fuésemos de la misma edad, pronto o alcanzaría él una gran victoria sobre mí, o yo la
alcanzana sobre él.
487 Así dijo; y todos con el mismo ánimo en el pecho y los escudos en los hombros se
pusieron al lado de Idomeneo. También Eneas exhortaba a sus amigos, echando la vista a
Deífobo, Paris y el divino Agenor, que eran asimismo capitanes de los troyanos.
Inmediatamente marcharon las tropas detrás de los jefes, como las ovejas siguen al
carnero cuando después del pasto van a beber, y el pastor se regocija en el alma; así se
alegró el corazón de Eneas en el pecho, al ver el grupo de hombres que tras él seguía.
496 Pronto trabaron alrededor del cadaver de Alcátoo un combate cuerpo a cuerpo,
blandiendo grandes picas; y el bronce resonaba de horrible modo en los pechos al darse
botes de lanza los unos a los otros. Dos hombres belicosos y señalados entre todos, Eneas
a Idomeneo, iguales a Ares, deseaban herirse recíprocamente con el cruel bronce. Eneas
arrojó el primero la lanza a Idomeneo; pero, como éste la viera venir, evitó el golpe: la
broncínea punta clavóse en tierra, vibrando, y el arma fue echada en balde por el robusto
brazo. Idomeneo hundió la suya en el vientre de Enómao y el bronce rompió la
concavidad de la coraza y desgarró las entrañas: el troyano, caído en el polvo, asió el
suelo con las manos. Acto continuo, Idomeneo arrancó del cadaver la ingente lanza, pero
no le pudo quitar de los hombros la magnífica armadura, porque estaba abrumado por los
tiros. Como ya no tenía seguridad en sus pies para recobrar la lanza que había arrojado, ni
para librarse de la que le arrojasen, evitaba la cruel muerte combatiendo a pie firme; y, no
pudiendo tampoco huir con ligereza, retrocedía paso a paso. Deífobo, que constantemente
le odiaba, le tiró la lanza reluciente y erró el golpe, pero hirió a Ascálafo, hijo de Enialio;
la impetuosa lanza se clavó en la espalda, y el guerrero, caído en el polvo, asió el suelo
con las manos. Y el ruidoso y robusto Ares no se enteró de que su hijo hubiese
sucumbido en el duro combate porque se hallaba detenido en la cumbre del Olimpo,
debajo de áureas nubes, con otros dioses inmortales por la voluntad de Zeus, el cual no
permitía que intervinieran en la batalla.
526 La pelea cuerpo a cuerpo se encendió entonces en torno de Ascálafo, a quien
Deífobo logró quitar el reluciente casco, pero Meriones, igual al veloz Ares, dio a
Deífobo una lanzada en el brazo y le hizo soltar el casco con agujeros a guisa de ojos, que
cayó al suelo produciendo ronco sonido. Meriones, abalanzándose a Deífobo con la
celeridad del buitre, arrancóle la impetuosa lanza de la parte superior del brazo y
retrocedió hasta el grupo de sus amigos. A Deífobo sacóle del horrísono combate su
hermano carnal Polites: abrazándole por la cintura, to condujo adonde tenía los rápidos corceles con el labrado carro, que estaban algo distantes de la lucha y del combate,
gobernados por un auriga. Ellos llevaron a la ciudad al héroe, que se sentía agotado, daba
hondos suspiros y le manaba sangre de la herida que en el brazo acababa de recibir.
540 Los demás combatían y alzaban una gritería inmensa. Eneas, acometiendo a Afareo
Caletórida, que contra él venía, hirióle en la garganta con la aguda lanza: la cabeza se
inclinó a un lado, arrastrando el casco y el escudo, y la muerte destructora rodeó al
guerrero. Antíloco, como advirtiera que Toón volvía pie atrás, arremetió contra él y le
hirió: cortóle la vena que, corriendo por el dorso, llega hasta el cuello, y el troyano cayó
de espaldas en el polvo y tendía los brazos a los compañeros queridos. Acudió Antíloco y
le quitó de los hombros la armadura, mirando a todos lados, mientras los troyanos iban
cercándole ya por éste, ya por aquel lado, a intentaban herirle;


 

 
 

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