Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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aquél, tendido delante de los corceles y del carro, rechinándole los dientes y cogiendo con
las manos el polvo ensangrentado. Turbóse el escudero, y ni siquiera se atrevió a torcer la
rienda a los caballos para escapar de las manos de los enemigos. Y el belicoso Antíloco
se llegó a él y le atravesó con la lanza, pues la broncínea coraza no pudo evitar que se la
clavase en el vientre. El auriga, jadeante, cayó del bien construido carro; y Antíloco, hijo
del magnánimo Néstor, sacó los caballos de entre los troyanos y se los llevó hacia los
aqueos, de hermosas grebas.
402 Deífobo, irritado por la muerte de Asio, se acercó mucho a Idomeneo y le arrojó la
reluciente lanza. Mas Idomeneo advirtiólo y burló el golpe encongiéndose debajo de su
liso escudo, que estaba formado por boyunas pieles y una lámina de bruñido bronce con
dos abrazaderas, la broncínea lanza resbaló por la superficie del escudo, que sonó ron-
camente, y no fue lanzada en balde por el robusto brazo de aquél, pues fue a clavarse en
el hígado, debajo del diafragma, de Hipsenor Hipásida, pastor de hombres, haciéndole
doblar las rodillas. Y Deífobo se jactaba así, dando grandes voces:
414 -Asio yace en tierra, pero ya está vengado. Figúrome que, al descender a la morada
de sólidas puertas del terrible Hades, se holgará su espíritu de que le haya procurado un
compañero.
417 Así habló. Sus jactanciosas frases apesadumbraron a los argivos y conmovieron el
corazón del belicoso Antíloco; pero éste, aunque afligido, no abandonó a su compañero,
sino que corriendo se puso cerca de él y le cubrió con el escudo. E introduciéndose por
debajo dos amigos fieles, Mecisteo, hijo de Equio, y el divino Alástor, llevaron a
Hipsenor, que daba hondos suspiros, hacia las cóncavas naves.
424 Idomeneo no dejaba que desfalleciera su gran valor y deseaba siempre o sumir a
algún troyano en tenebrosa noche, o caer él mismo con estrépito, librando de la ruina a
los aqueos. Posidón dejó que sucumbiera a manos de Idomeneo, el hijo querido de
Esietes, alumno de Zeus, el héroe Alcátoo (era yerno de Anquises y tenía por esposa a
Hipodamía, la hija primogénita, a quien el padre y la veneranda madre amaban
cordialmente en el palacio porque sobresalía en hermosura, destreza y talento entre todas
las de su edad, y a causa de esto casó con ella el hombre más ilustre de la vasta Troya): el
dios ofuscóle los brillantes ojos y paralizó sus hermosos miembros, y el héroe no pudo
huir ni evitar la acometida de Idomeneo, que le envainó la lanza en medio del pecho,
mientras estaba inmóvil como una columna o un árbol de alta copa, y le rompió la coraza
que siempre le había salvado de la muerte, y entonces produjo un sonido ronco al
quebrarse por el golpe de la lanza. El guerrero cayó con estrépito; y, como la lanza se
había clavado en el corazón, movíanla las palpitaciones de éste; pero pronto el arma
impetuosa perdió su fuerza. E Idomeneo con gran jactancia y a voz en grito exclamó:
446-¡Deífobo! Ya que tanto te glorías, ¿no te parece que es una buena compensación
haber muerto a tres, por uno que perdimos? Ven, hombre admirable, ponte delante y
verás quién es este descendiente de Zeus que aquí ha venido; porque Zeus engendró a
Minos, protector de Creta, Minos fue padre del eximio Deucalión, y de éste nací yo, que
reino sobre muchos hombres en la vasta Creta y vine en las naves para ser una plaga para
ti, para to padre y para los demás troyanos.
455 Así dijo; y Deífobo vacilaba entre retroceder para que se le juntara alguno de los
magnánimos troyanos o atacar él solo a Idomeneo. Parecióle lo mejor ir en busca de
Eneas, y le halló entre los últimos; pues siempre estaba irritado con el divino Príamo, que
no le honraba como por su bravura merecía. Y deteniéndose a su lado, le dijo estas aladas
palabras: 463 -¡Eneas, príncipe de los troyanos! Es preciso que defiendas a tu cuñado, si por él
sientes algún interés. Sígueme y vayamos a combatir por tu cuñado Alcátoo, que te crió
cuando eras niño y ha muerto a manos de Idomeneo, famoso por su lanza.
468 Así dijo. Eneas sintió que en el pecho se le conmovía el corazón, y se fue hacia
Idomeneo con grandes deseos de pelear. Éste no se dejó vencer del temor, cual si fuera un
niño, sino que to aguardó como el jabalí que, confiando en su fuerza, espera en un paraje
desierto del monte el gran tropel de hombres que se avecina, y con las cerdas


 

 
 

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