a ningún
hombre mortal que coma el fruto de Deméter y pueda ser herido con el
bronce o con
grandes piedras; ni siquiera se retiraría a vista de Aquiles, que rompe
las filas de los
guerreros, en un combate a pie firme; pues en la carrera Aquiles no tiene rival.
Vamos,
pues, a la izquierda del ejército, para ver si presto daremos gloria
a alguien, o alguien nos
la dará a nosotros.
328 Así dijo; y Meriones, igual al veloz Ares, echó a andar hasta
que llegaron al
ejército por donde Idomeneo le aconsejaba.
330 Cuando los troyanos vieron a Idomeneo, que por su impetuosidad parecía
una
llama, y a su escudero, ambos revestidos de labradas armas, animáronse
unos a otros por
entre la turba y arremetieron todos contra aquél. Y se trabó una
refriega, sostenida con
igual tesón por ambas partes, junto a las popas de las naves. Como aparecen
de repente
las tempestades, suscitadas por los sonoros vientos un día en que los
caminos están llenos
de polvo y se levanta una gran nube del mismo, así entonces unos y otros
vinieron a las
manos, deseando en su corazón matarse recíprocamente con el agudo
bronce por entre la
turba. La batalla, destructora de hombres, se presentaba horrible con las largas
picas que
desgarran la carne y que los guerreros manejaban; cegaba los ojos el resplandor
del
bronce de los lucientes cascos, de las corazas recientemente bruñidas
y de los escudos
refulgentes de cuantos iban a encontrarse; y hubiera tenido corazón muy
audaz quien al
contemplar aquella acción se hubiese alegrado en vez de afligirse.
345 Los dos hijos poderosos de Crono, disintiendo en el modo de pensar, preparaban
deplorables males a los héroes. Zeus quería que triunfaran Héctor
y los troyanos para glo-
rificar a Aquiles, el de los pies ligeros; mas no por eso deseaba que el ejército
aqueo
pereciera totalmente delante de Ilio, pues sólo intentaba honrar a Tetis
y a su hijo, de áni-
mo esforzado. Posidón había salido ocultamente del espumoso mar,
recorría las filas y
animaba a los argivos, porque le afligía que fueran vencidos por los
troyanos, y se indig-
naba mucho contra Zeus. Igual era el origen de ambas deidades y una misma su
prosapia,
pero Zeus había nacido primero y sabía más, por esto Posidón
evitaba el socorrer
abiertamente a aquéllos, y, transfigurado en hombre, discurría,
sin darse a conocer, por el
ejército y le amonestaba. Y los dioses inclinaban alternativamente en
favor de unos y de
otros la reñida pelea y el indeciso combate; y tendían sobre ellos
una cadena
inquebrantable a indisoluble que a muchos les quebró las rodillas.
361 Entonces Idomeneo, aunque ya semicano, animó a los dánaos,
arremetió contra los
troyanos, llenándoles de pavor, y mató a Otrioneo. Éste
había acudido de Cabeso a Ilio
cuando tuvo noticia de la guerra y pedido en matrimonio a Casandra, la más
hermosa de
las hijas de Príamo, sin obligación de dotarla; pero ofreciendo
una gran cosa: que echaría
de Troya a los aqueos. El anciano Príamo accedió y consintió
en dársela; y el héroe
combatía, confiando en la promesa. Idomeneo tiróle la reluciente
lanza y le hirió mientras
se adelantaba con arrogante paso, la coraza de bronce que llevaba no resistió,
clavóse
aquélla en medio del vientre, cayó el guerrero con estrépito,
a Idomeneo dijo con
jactancia:
374 -¡Otrioneo! Te ensalzaría sobre todos los mortales si cumplieras
lo que ofreciste a
Príamo Dardánida cuando te prometió a su hija. También
nosotros te haremos promesas
con intención de cumplirlas: traeremos de Argos la más bella de
las hijas del Atrida y te
la daremos por mujer, si junto con los nuestros destruyes la populosa ciudad
de Ilio. Pero
sígueme, y en las naves surcadoras del ponto nos pondremos de acuerdo
sobre el
casamiento; que no somos malos suegros.
383 Hablóle así el héroe Idomeneo, mientras le asía
de un pie y le arrastraba por el
campo de la dura batalla; y Asio se adelantó para vengarlo, presentándose
como peón
delante de su carro, cuyos corceles, gobernados por el auriga, sobre los mismos
hombros
del guerrero resoplaban. Asio deseaba en su corazón herir a Idomeneo,
pero anticipósele
éste y le hundió la pica en la garganta, debajo de la barba, hasta
que el bronce salió al
otro lado. Cayó el troyano como en el monte la encina, el álamo
o el elevado pino que
unos artífices cortan con afiladas hachas para convertirlo en mástil
de navío; así yacía
