armadura, tomó un par
de lanzas y volvió a salir, semejante al encendido relámpago que
el Cronión agita en su
mano desde el resplandeciente Olimpo para mostrarlo a los hombres como señal,
tanto
centelleaba el bronce en el pecho de Idomeneo mientras éste corría.
Encontróse con él, no
muy lejos de la tienda, el valiente escudero Meriones, que iba en busca de una
lanza; y el
fuerte Diomedes dijo:
249 -¡Meriones, hijo de Molo, el de los pies ligeros, mi companero más
querido! ¿Por
qué vienes, dejando el combate y la pelea? ¿Acaso estás
herido y te agobia puntiaguda
flecha? ¿Me traes, quizás, alguna noticia? Pues no deseo quedarme
en la tienda, sino
pelear.
234 Respondióle el prudente Meriones:
Zss -¡Idomeneo, príncipe de los cretenses, de broncíneas
corazas! Vengo por una lanza,
si la hay en tu tienda; pues la que tenía se ha roto al dar un bote en
el escudo del feroz
Deífobo.
259 Contestó Idomeneo, caudillo de los cretenses:
260 -Si la deseas, hallarás, en la tienda, apoyadas en el lustroso muro,
no una, sino
veinte lanzas, que he quitado a los troyanos muertos en la batalla; pues jamás
combato a
distancia del enemigo. He aquí por qué tengo lanzas, escudos abollonados,
cascos y
relucientes corazas.
266 Replicó el prudente Meriones:
267 También poseo yo en la tienda y en la negra nave muchos despojos
de los troyanos,
mas no están cerca para tomarlos; que nunca me olvido de mi valor, y
en el combate,
donde los hombres se hacen ilustres, aparezco siempre entre los delanteros desde
que se
traba la batalla. Quizá algún otro de los aqueos de broncíneas
corazas no habrá fijado su
atención en mi persona cuando peleo, pero no dudo que tú me has
visto.
274 Idomeneo, caudillo de los cretenses, díjole entonces:
275 -Sé cuán grande es tu valor. ¿Por qué me refieres
estas cosas? Si los más señalados
nos reuniéramos junto a las naves para armar una celada, que es donde
mejor se conoce la
bravura de los hombres y donde fácilmente se distingue al cobarde del
animoso -el
cobarde se pone demudado, ya de un modo, ya de otro; y, como no sabe tener firme
áni-
mo en el pecho, no permanece tranquilo, sino que dobla las rodillas y se sienta
sobre los
pies y el corazón le da grandes saltos por el temor de las parcas y los
dientes le crujen; y
el animoso no se inmuta ni tiembla, una vez se ha emboscado, sino que desea
que cuanto
antes principie el funesto combate---, ni a11í podrían baldonarse
to valor y la fuerza de
tus brazos. Y, si peleando te hirieran de cerca o de lejos, no sería
en la nuca o en la
espalda, sino en el pecho o en el vientre, mientras fueras hacia adelante con
los guerreros
más avanzados. Mas, ea, no hablemos de estas cosas, permaneciendo ociosos
como unos
simples; no sea que alguien nos increpe duramente. Ve a la tienda y toma la
fornida
lanza.
295 Así dijo; y Meriones, igual al veloz Ares, entrando en la tienda,
cogió en seguida
una broncínea lanza y fue en seguimiento de Idomeneo, muy deseoso de
volver al comba-
te. Como va a la guerra Ares, funesto a los mortales, acompañado de la
Fuga, su hija
querida, fuerte a intrépida, que hasta el guerrero valeroso causa espanto;
y los dos se ar-
man y saliendo de la Tracia enderezan sus pasos hacia los éfiros y los
magnánimos flegis,
y no escuchan los ruegos de ambos pueblos, sino que dan la victoria a uno de
ellos, de la
misma manera, Meriones a Idomeneo, caudillos de hombres, se encaminaban a la
batalla,
armados de luciente bronce. Y Meriones fue el primero que habló, diciendo:
307 -¡Deucálida! ¿Por dónde quieres que penetremos
en la turba: por la derecha del
ejército, por en medio o por la izquierda? Pues no creo que los melenudos
aqueos dejen
de pelear en parte alguna.
311 Respondióle Idomeneo, caudillo de los cretenses:
312 -Hay en el centro quienes defiendan las naves: los dos Ayantes y Teucro,
el más
diestro arquero aqueo y esforzado también en el combate a pie firme;
ellos se bastan para
rechazar a Héctor Priámida por fuerte que sea y por incitado que
esté a la batalla. Difícil
será, aunque tenga muchos deseos de pelear, que, triunfando del valor
y de las manos in-
victas de aquéllos, llegue a incendiar los bajeles; a no ser que el mismo
Cronión arroje
una tea encendida en las ligeras naves. El gran Ayante Telamonio no cedería
