Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

    LIBROS GRATIS

    Libros Gratis
    Libros para Leer Online
    Recetas de Cocina
    Letras de Tangos
    Guia Medica
    Filosofia
    Derecho Privado



armadura, tomó un par
de lanzas y volvió a salir, semejante al encendido relámpago que el Cronión agita en su
mano desde el resplandeciente Olimpo para mostrarlo a los hombres como señal, tanto
centelleaba el bronce en el pecho de Idomeneo mientras éste corría. Encontróse con él, no
muy lejos de la tienda, el valiente escudero Meriones, que iba en busca de una lanza; y el
fuerte Diomedes dijo:
249 -¡Meriones, hijo de Molo, el de los pies ligeros, mi companero más querido! ¿Por
qué vienes, dejando el combate y la pelea? ¿Acaso estás herido y te agobia puntiaguda
flecha? ¿Me traes, quizás, alguna noticia? Pues no deseo quedarme en la tienda, sino
pelear. 234 Respondióle el prudente Meriones:
Zss -¡Idomeneo, príncipe de los cretenses, de broncíneas corazas! Vengo por una lanza,
si la hay en tu tienda; pues la que tenía se ha roto al dar un bote en el escudo del feroz
Deífobo.
259 Contestó Idomeneo, caudillo de los cretenses:
260 -Si la deseas, hallarás, en la tienda, apoyadas en el lustroso muro, no una, sino
veinte lanzas, que he quitado a los troyanos muertos en la batalla; pues jamás combato a
distancia del enemigo. He aquí por qué tengo lanzas, escudos abollonados, cascos y
relucientes corazas.
266 Replicó el prudente Meriones:
267 También poseo yo en la tienda y en la negra nave muchos despojos de los troyanos,
mas no están cerca para tomarlos; que nunca me olvido de mi valor, y en el combate,
donde los hombres se hacen ilustres, aparezco siempre entre los delanteros desde que se
traba la batalla. Quizá algún otro de los aqueos de broncíneas corazas no habrá fijado su
atención en mi persona cuando peleo, pero no dudo que tú me has visto.
274 Idomeneo, caudillo de los cretenses, díjole entonces:
275 -Sé cuán grande es tu valor. ¿Por qué me refieres estas cosas? Si los más señalados
nos reuniéramos junto a las naves para armar una celada, que es donde mejor se conoce la
bravura de los hombres y donde fácilmente se distingue al cobarde del animoso -el
cobarde se pone demudado, ya de un modo, ya de otro; y, como no sabe tener firme áni-
mo en el pecho, no permanece tranquilo, sino que dobla las rodillas y se sienta sobre los
pies y el corazón le da grandes saltos por el temor de las parcas y los dientes le crujen; y
el animoso no se inmuta ni tiembla, una vez se ha emboscado, sino que desea que cuanto
antes principie el funesto combate---, ni a11í podrían baldonarse to valor y la fuerza de
tus brazos. Y, si peleando te hirieran de cerca o de lejos, no sería en la nuca o en la
espalda, sino en el pecho o en el vientre, mientras fueras hacia adelante con los guerreros
más avanzados. Mas, ea, no hablemos de estas cosas, permaneciendo ociosos como unos
simples; no sea que alguien nos increpe duramente. Ve a la tienda y toma la fornida
lanza.
295 Así dijo; y Meriones, igual al veloz Ares, entrando en la tienda, cogió en seguida
una broncínea lanza y fue en seguimiento de Idomeneo, muy deseoso de volver al comba-
te. Como va a la guerra Ares, funesto a los mortales, acompañado de la Fuga, su hija
querida, fuerte a intrépida, que hasta el guerrero valeroso causa espanto; y los dos se ar-
man y saliendo de la Tracia enderezan sus pasos hacia los éfiros y los magnánimos flegis,
y no escuchan los ruegos de ambos pueblos, sino que dan la victoria a uno de ellos, de la
misma manera, Meriones a Idomeneo, caudillos de hombres, se encaminaban a la batalla,
armados de luciente bronce. Y Meriones fue el primero que habló, diciendo:
307 -¡Deucálida! ¿Por dónde quieres que penetremos en la turba: por la derecha del
ejército, por en medio o por la izquierda? Pues no creo que los melenudos aqueos dejen
de pelear en parte alguna.
311 Respondióle Idomeneo, caudillo de los cretenses:
312 -Hay en el centro quienes defiendan las naves: los dos Ayantes y Teucro, el más
diestro arquero aqueo y esforzado también en el combate a pie firme; ellos se bastan para
rechazar a Héctor Priámida por fuerte que sea y por incitado que esté a la batalla. Difícil
será, aunque tenga muchos deseos de pelear, que, triunfando del valor y de las manos in-
victas de aquéllos, llegue a incendiar los bajeles; a no ser que el mismo Cronión arroje
una tea encendida en las ligeras naves. El gran Ayante Telamonio no cedería


 

 
 

Copyright (C) 1996- 2000 Escolar.com, All Rights Reserved. This web site or any pages within may not be reporoduced without express written permission