nuevamente entraran en combate. Ea, procedamos todos como voy a decir. Los escuderos
tengan los caballos en la orilla del foso y nosotros sigamos a Héctor
a pie, con armas y
todos reunidos; pues los aqueos no resistirán el ataque si sobre ellos
pende la ruina.
80 Así dijo Polidamante, y su prudente consejo plugo a Héctor,
el cual, en seguida y sin
dejar las armas, saltó del carro a tierra. Los demás troyanos
tampoco permanecieron en
sus carros; pues así que vieron que el divino Héctor lo dejaba,
apeáronse todos, mandaron
a los aurigas que pusieran los caballos en línea junto al foso, y, habiéndose
ordenado en
cinco grupos, emprendieron la marcha con los respectivos jefes.
88 Iban con Héctor y Polidamante los más y mejores, que anhelaban
romper el muro y
pelear cerca de las cóncavas naves; su tercer jefe era Cebríones,
porque Héctor había
dejado a otro auriga inferior para cuidar del carro. De otro grupo eran caudillos
Paris,
Alcátoo y Agenor. El tercero lo mandaban Héleno y el deiforme
Deífobo, hijos de
Príamo, y el héroe Asio Hirtácida, que había venido
de Arisbe, de las orillas del río
Seleente, en un carro tirado por altos y fogosos corceles. El cuarto lo regía
Eneas,
valiente hijo de Anquises, y con él Arquéloco y Acamante, hijos
de Anténor, diestros en
toda suerte de combates. Por último, Sarpedón se puso al frente
de los ilustres aliados,
eligiendo por compañeros a Glauco y al belicoso Asteropeo, a quienes
tenía por los más
valientes después de sí mismo, pues él descollaba entre
todos. Tan pronto como hubieron
embrazado los fuertes escudos y cerrado las filas, marcharon animosos contra
los dánaos;
y esperaban que éstos, en vez de oponerles resistencia, se refugiarían
en las negras naves.
108 Todos los troyanos y sus auxiliares venidos de lejas tierras siguieron el
consejo del
eximio Polidamante, menos Asio Hirtácida, príncipe de hombres,
que, negándose a dejar
el carro y al auriga, se acercó con ellos a las veleras naves. ¡Insensato!
No había de
librarse de las funestas parcas, ni volver, ufano de sus corceles y de su carro,
de las naves
a la ventosa Ilio; porque su hado infausto lo hizo morir atravesado por la lanza
del ilustre
Idomeneo Deucálida. Fuese, pues, hacia la izquierda de las naves, al
sitio por donde los
aqueos solían volver de la llanura con los caballos y carros; hacia aquel
lugar dirigió los
corceles, y no halló las puertas cerradas y aseguradas con el gran cerrojo,
porque unos
hombres las tenían abiertas, con el fin de salvar a los compáñeros
que, huyendo del
combate, llegaran a las naves. A aquel paraje enderezó los caballos,
y los demás to
siguieron dando agudos gritos, porque esperaban que los aqueos, en vez de oponer
resistencia, se refugiarían en las negras naves. ¡Insensatos! En
las puertas encontraron a
dos valentísimos guérreros, hijos gallardos de los belicosos lapitas:
el esforzado
Polipetes, hijo de Pirítoo, y Leonteo, igual a Ares, funesto a los mortales.
Ambos estaban
delante de las altas puertas, como en el monte unas encinas de elevada copa,
fijas al suelo
por raíces gruesas y extensas, desafían constantemente el viento
y la lluvia; de igual
manera aquéllos, confiando en sus manos y en su valor, aguardaron la
llegada del gran
Asio y no huyeron. Los troyanos se encaminaron con gran alboroto al bien construido
muro, levantando los escudos de secas pieles de buey, mandados por el rey Asio,
Yámeno, Orestes, Adamante Asíada, Toón y Enómao.
Polipetes y Leonteo hallábanse
dentro a instigaban a los aqueos, de hermosas grebas, a pelear por las naves;
mas, así que
vieron a los tróyanos atacando la muralla y a los dánaos en clamorosa
fuga, salieron
presurosos a combatir delante de las puertas, semejantes a montaraces jabalíes
que en el
monte son terrero de la acometida de hombres y canes, y en curva carrera tronchan
y
arrancan de raíz las plantas de la selva, dejando oír el crujido
de sus dientes, hasta que los
hombres, tirándoles venablos, les quitan la vida; de parecido modo resonaba
el luciente
bronce en el pecho de los héroes a los golpes que recibían, pues
peleaban con gran
denuedo, confiando en los guerreros de encima de la muralla y en su propio valor.
Desde
las torres bien construidas los aqueos tiraban para defenderse a sí mismos,
las tiendas y
las naves de ligero andar. Como caen al suelo los copos de nieve que impetuoso
viento,
agitando las pardas nubes, derrama en abundancia sobre la fértil tierra,
así llovían los
dardos que arrojaban aqueos y troyanos, y lbs cascos y abollonados escudos sonaban
secamente al chocar con ellos las ingentes piedras. Entonces Asio Hirtácida,
dando un
