Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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y, después de lavar con
agua tibia la negra sangre, espolvoreó la herida con una raíz amarga y calmante que
previamente había desmenuzado con la mano. La raíz le calmó todos los dolores, secóse
la herida y la sangre dejó de correr.
CANTO XII*
Combate en la muralla
* Los troyanos asaltan con éxito la muralla y el foso del campamento aqueo. Héctor, con una gran piedra,
derriba la puerta de entrada al campamento y abre una vía de acceso a sus tropas. 1 En tanto que el fuerte hijo de Menecio curaba, dentro de la tienda, a Eurípilo herido,
acometíanse confusamente argivos y troyanos. Ya no había de contener a éstos ni el foso
ni el ancho muro que al borde del mismo construyeron los dánaos, sin ofrecer a los dioses
hecatombes perfectas, para que los defendiera a ellos y las veleras naves y el mucho botín
que dentro se guardaba. Levantado el muro contra la voluntad de los inmortales dioses,
no debía subsistir largo tiempo. Mientras vivió Héctor, estuvo Aquiles irritado y la ciudad
del rey Príamo no fue expugnada, la gran muralla de los aqueos se mantuvo firme. Pero,
cuando hubieron muerto los más valientes troyanos, de los argivos unos perecierón y
otros se salvaron, la ciudad de Príamo fue destruida en el décimo año, y los argivos se
embarcaron para regresar a su patria; Posidón y Apolo decidieron arruinar el muro con la
fuerza de los ríos que corren de los montes ideos al mar: el Reso, el Heptáporo, el Careso,
el Rodio, el Gránico, el Esepo, el divino Escamandro y el Simoente, en cuya ribera
cayeron al polvo muchos cascos, escudos de boyuno cuero y la generación de los
hombres semidioses.- Febo Apolo desvió el curso de todos estos ríos y dirigió sus
corrientes a la muralla por espacio de nueve días, y Zeus no cesó de llover para que más
presto se sumergiese en el mar. Iba al frente de aquéllos el mismo Posidón, que bate la
tierra, con el tridente en la mano, y tiró a las olas todos los cimientos de troncos y piedras
que con tanta fatiga echaron los aqueos, arrasó la orilla del Helesponto, de rápida
corriente, enarenó la gran playa en que estuvo el destruido muro y volvió los ríos a los
cauces por donde discurrían sus cristalinas aguas.
34 De tal modo Posidón y Apolo debían proceder más tarde. Entonces ardía el
clamoroso combate al pie del bien labrado muro, y las vigas de las torres resonaban al
chocar de los dardos. Los argivos, vencidos por el azote de Zeus, encerrábanse en el
cerco de las cóncavas naves por miedo a Héctor, cuya valentía les causaba la derrota, y
éste seguía peleando y parecía un torbellino. Como un jabalí o un león se revuelve,
orgulloso de su fuerza, entre perros y cazadores que agrupados le tiran muchos venablos
-la fiera no siente en su ánimo audaz ni temor ni espanto, y su propio valor la mata- y va
de un lado a otro, probando las hileras de los hombres, y se apartan aquéllos hacia los que
se dirige, de igual modo agitábase Héctor entre la turba y exhortaba a sus compañeros a
pasar el foso. Los corceles, de pies ligeros, no se atrevían a hacerlo, y parados en el borde
relinchaban, porque el ancho foso les daba horror. No era fácil, en efecto, salvarlo ni
atravesarlo, pues tenía escarpados precipicios a uno y otro lado, y en su parte alta grandes
y puntiagudas estacas, que los aqueos clavaron espesas para defenderse de los enemigos.
Un caballo tirando de un carro de hermosas ruedas difícilmente hubiera entrado en el
foso, y los peones meditaban si podrían realizarlo. Entonces llegóse Polidamante al audaz
Héctor, y dijo:
61 -¡Héctor y demás caudillos de los troyanos y sus auxiliares! Dirigimos
imprudentemente los veloces caballos al foso, y éste es muy difícil de pasar, porque está
erizado de agudas estacas y a lo largo de él se levanta el muro de los aqueos. Allí no
podríamos apearnos del carro ni combatir, pues se trata de un sitio estrecho donde temo
que pronto seríamos heridos. Si Zeus altitonante, meditando males contra los aqueos,
quiere destruirlos completamente para favorecer a los troyanos, deseo que lo realice
cuanto antes y que aquéllos perezcan sin gloria en esta tierra, lejos de Argos. Pero si los
aqueos se volviesen, y viniendo de las naves nos obligaran a repasar el profundo foso, me
figuro que ni un mensajero podría retornar a la ciudad huyendo de los aqueos que


 

 
 

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