mismo, y creo que ha de ser grandísimo su llanto cuando el ejército
perezca. ¡Oh amigo!
Menecio to hizo un encargo el día en que to envió desde Ftía
a Agamenón, estábamos
dentro del palacio yo y el divino Ulises y oímos cuanto aquél
to encargó. Nosotros, que
entonces reclutábamos tropas en la fértil Acaya, habíamos
llegado a la bien habitada casa
de Peleo, donde encontramos al héroe Menecio, a ti y a Aquiles. Peleo,
el anciano jinete,
quemaba dentro del patio pingües muslos de buey en honor de Zeus, que se
complace en
lanzar rayos; y con una copa de oro vertía el negro vino en la ardiente
llama del
sacrificio, mientras vosotros preparabais carnes de buey. Nos detuvimos en el
vestíbulo;
Aquiles se levantó sorprendido, y cogiéndonos de la mano nos introdujo,
nos hizo sentar
y nos ofreció presentes de hospitalidad, como se acostumbra hacer con
los forasteros.
Satisficimos de bebida y de comida el apetito, y empecé a exhortaros
para que os
vinierais con nosotros; ambos to anhelabais y vuestros padres os daban muchos
consejos.
El anciano Peleo recomendaba a su hijo Aquiles que descollara siempre y sobresaliera
entre los demás, y a su vez Menecio, hijo de Áctor, lo aconsejaba
así: «¡Hijo mío!
Aquiles te aventaja por su abolengo, pero tú le superas en edad; aquél
es mucho más
fuerte, pero hazle prudentes advertencias, amonéstalo a instrúyelo
y te obedecerá para su
propio bien.» Así lo aconsejaba el anciano, y tú lo olvidas.
Pero aún podrías recordárselo
al aguerrido Aquiles y quizás lograras persuadirlo. ¿Quién
sabe si con la ayuda de algún
dios conmoverías su corazón? Gran fuerza tiene la exhortación
de un amigo. Y si se
abstiene de combatir por algún vaticinio que su madre, enterada por Zeus,
le ha revelado,
que a lo menos te envíe a ti con los demás mirmidones, por si
llegas a ser la aurora de sal-
vación de los dánaos, y to permita llevar en el combate su magnífica
armadura para que
los troyanos te confundan con él y cesen de pelear, los belicosos aqueos
que tan abatidos
están se reanimen, y la batalla tenga su tregua, aunque sea por breve
tiempo. Vosotros,
que no os halláis extenuados de fatiga, rechazaríais fácilmente
de las naves y tiendas
hacia la ciudad a esos hombres que de pelear están cansados.
804 Así dijo, y conmovióle el corazón dentro del pecho.
Patroclo fuese corriendo por
entre las naves para volver a la tienda de Aquiles Eácida. Mas cuando,
corriendo, llegó a
los bajeles del divino Ulises -allí se celebraba el ágora y se
administraba justicia ante los
altares erigidos a los dioses- regresaba del combate, cojeando, Eurípilo
Evemónida, del
linaje de Zeus, que había recibido un flechazo en el muslo: abundante
sudor corría por su
cabeza y sus hombros, y la negra sangre brotaba de la grave herida, pero su
inteligencia
permanecía firme. Violo el esforzado hijo de Menecio, se compadeció
de él y,
suspirando, dijo estas aladas palabras:
816 -¡Ah infelices caudillos y príncipes de los dánaos!
¡Así debíais en Troya, lejos de
los amigos y de la patria tierra, saciar con vuestra blanca grasa a los ágiles
perros! Pero
dime, héroe Eurípilo, alumno de Zeus: ¿Podrán los
aqueos sostener el ataque del ingente
Héctor, o perecerán vencidos por su lanza?
822 Respondióle Eurípilo herido:
823 -¡Patroclo, del linaje de Zeus! Ya no habrá defensa para los
aqueos que corren a
refugiarse en las negras naves. Cuantos fueron hasta aquí los más
valientes yacen en sus
bajeles, heridos unos de cerca y otros de lejos por mano de los troyanos, cuya
fuerza va
en aumento. Pero sálvame llevándome a la negra nave, arráncame
la flecha del muslo,
lava con agua tibia la negra sangre que fluye de la herida y ponme en ella drogas
calmantes y salutíferas que, según dicen, te dio a conocer Aquiles,
instruido por Quirón,
el más justo de los centauros. Pues de los dos médicos, Podalirio
y Macaón, el uno creo
que está herido en su tienda, y a su vez necesita de un buen médico,
y el otro sostiene
vivo combate en la llanura troyana.
837 Contestó el esforzado hijo de Menecio:
838 -¿Cómo acabará esto? ¿Qué haremos, héroe
Eurípilo? Iba a decir al aguerrido
Aquiles to que Néstor gerenio, protector de los aqueos, me encargó;
pero no te dejaré así,
abrumado por el dolor.
842 Dijo; y, cogiendo al pastor de hombres por el pecho, llevólo a la
tienda. El
escudero, al verlos venir, extendió en el suelo pieles de buey. Patroclo
recostó en ellas a
Eurípilo y sacó del muslo, con la daga, la aguda y acerba flecha;
