Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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botín. Con muchos de nosotros estaban en deuda los epeos, pues, como en Pilos éramos
pocos, nos ofendían; y en años anteriores había venido el fornido Heracles, que nos
maltrató y dio muerte a los principales ciudadanos. De los doce hijos del irreprensible
Neleo, tan sólo yo quedé con vida; todos los demás perecieron. Engreídos los epeos, de
broncíneas corazas, por tales hechos, nos insultaban y urdían contra nosotros inicuas
acciones.-El anciano Neleo tomó entonces un rebaño de bueyes y otro grande de cabras,
escogiendo trescientas de éstas con sus pastores, por la gran deuda que tenía que cobrar
en la divina Élide: había enviado cuatro corceles, vencedores en anteriores juegos,
uncidos a un carro, para aspirar al premio de la carrera, el cual consistía en un trípode; y
Augías, rey de hombres, se quedó con ellos y despidió al auriga, que se fue triste por lo
ocurrido. Airado por tales insultos y acciones, el anciano escogió muchas cosas y dio lo
restante al pueblo, encargando que se distribuyera y que nadie se viese privado de su
respectiva porción. Hecho el reparto, ofrecimos en la ciudad sacrificios a los dioses.- Tres
días después se presentaron muchos epeos con carros tirados por solípedos caballos y
toda la hueste reunida; y entre sus guerreros se hallaban ambos Molión, que entonces
eran niños y no habían mostrado aún su impetuoso valor. Hay una ciudad llamada
Trioesa, en la cima de un monte contiguo al Alfeo, en los confines de la arenosa Pilos: los epeos quisieron destruirla y la sitiaron. Mas así que hubieron atravesado la llanura,
Atenea descendió presurosa del Olimpo, cual nocturna mensajera, para que tomáramos
las armas, y no halló en Pilos un pueblo indolente, pues todos sentíamos vivos deseos de
combatir. A mí Neleo no me dejaba vestir las armas y me escondió los caballos, no
teniéndome por suficientemente instruido en las cosas de la guerra. Y con todo eso,
sobresalí, siendo infante, entre los nuestros, que combatían en carros; pues fue Atenea la
que dispuso de esta suerte el combate. Hay un río nombrado Minieo, que desemboca en
el mar cerca de Arene: a11í los caudillos de los pilios aguardamos que apareciera la
divina Aurora, y en tanto afluyeron los infantes. Reunidos todos y vestida la armadura,
marchamos, llegando al mediodía a la sagrada corriente del Alfeo. Hicimos hermosos
sacrificios al prepotente Zeus, inmolamos un toro al Alfeo, otro a Posidón y una gregal
vaca a Atenea, la de ojos de lechuza; cenamos sin romper las filas, y dormimos, con la
armadura puesta, a orillas del río. Los magnánimos epeos estrechaban el cerco de la
ciudad, deseosos de destruirla; pero antes de lograrlo se les presentó una gran acción de
Ares. Cuando el resplandeciente sol apareció en to alto, trabamos la batalla, después de
orar a Zeus y a Atenea. Y en la lucha de los pilios con los epeos, fui el primero que mató
a un hombre, al belicoso Mulio, cuyos solípedos corceles me llevé. Era éste yerno de
Augías, por estar casado con la rubia Agamede, la hija mayor, que conocía cuantas
drogas produce la vasta tierra. Y, acercándome a él, le envasé la broncínea lanza, lo
derribé en el polvo, salté a su carro y me coloqué entre los combatientes delanteros. Los
magnánimos epeos huyeron en desorden, aterrorizados de ver en el suelo al hombre que
mandaba a los que combatían en carros y tan fuerte era en la batalla. Lancéme a ellos cual
obscuro torbellino; tomé cincuenta carros, venciendo con mi lanza y haciendo morder la
tierra a los dos guerreros que en cada uno venían; y hubiera matado a entrambos Molión
Actorión, si su padre, el poderoso Posidón, que conmueve la tierra, no los hubiese
salvado, envolviéndolos en espesa niebla y sacándolos del combate. Entonces Zeus
concedió a los pilios una gran victoria. Perseguimos a los eleos por la espaciosa llanura,
matando hombres y recogiendo magníficas armas, hasta que nuestros corceles nos
llevaron a Buprasio, fértil en trigo, la roca Olenia y Alesio, al sitio llamado la colina,
donde Atenea hizo que el ejército se volviera. Allí dejé tendido al último hombre que
maté. Cuando desde Buprasio dirigieron los aqueos los rápidos corceles a Pilos, todos
daban gracias a Zeus entre los dioses y a Néstor entre los hombres. Tal era yo entre los
guerreros, si todo no ha sido un sueño.- Pero del valor de Aquiles sólo se aprovechará él


 

 
 

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