Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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607 Respondió Aquiles, el de los pies ligeros:
608 -¡Divino Menecíada, carísimo a mi corazón! Ahora espero que los aqueos vendrán
a suplicarme y se postrarán a mis plantas, porque no es llevadera la necesidad en que se
hallan. Pero ve Patroclo, caro a Zeus, y pregunta a Néstor quién es el herido que saca del
combate. Por la espalda tiene gran semejanza con Macaón el Asclepíada, pero no le vi el
rostro; pues las yeguas, deseosas de llegar cuanto antes, pasaron rápidamente por mi lado.
616 Así dijo. Patroclo obedeció al amado compañero y se fue corriendo a las tiendas y
naves aqueas.
618 Cuando aquéllos hubieron llegado a la tienda del Nelida, descendieron del carro al
almo suelo, y Eurimedonte, servidor del anciano, desunció los corceles. Néstor y Macaón
dejaron secar el sudor que mojaba sus corazas, poniéndose al soplo del viento en la orilla
del mar; y, penetrando luego en la tienda, se sentaron en sillas. Entonces les preparó una
mixtura Hecamede, la de hermosa cabellera, hija del magnánimo Arsínoo, que el anciano
se había llevado de Ténedos cuando Aquiles entró a saco en esta ciudad: los aqueos se la
adjudicaron a Néstor, que a todos superaba en el consejo. Hecamede acercó una mesa
magnífica, de pies de acero, pulimentada; y puso encima una fuente de bronce con
cebolla, manjar propio para la bebida, miel reciente y .sacra harina de flor, y una bella
copa guarnecida de áureos clavos que el anciano se había llevado de su palacio y tenía
cuatro asas -Dada una entre dos palomas de oro- y dos sustentáculos. A otro anciano le
hubiese sido difícil mover esta copa cuando después de llenarla se ponía en la mesa, pero
Néstor la levantaba sin esfuerzo. En ella la mujer, que parecía una diosa, les preparó la bebida: echó vino de Pramnio, raspó queso de cabra con un rallo de bronce, espolvoreó la
mezcla con blanca harina y los invitó a beber así que tuvo compuesto el potaje. Ambos
bebieron, y, apagada la abrasadora sed, se entregaron al deleite de la conversación cuando
Patroclo, varón igual a un dios, apareció en la puerta. Violo el anciano; y, levantándose
del vistoso asiento, le asió de la mano, le hizo entrar y le rogó que se sentara; pero
Patroclo se excusó diciendo:
648 -No puedo sentarme, anciano alumno de Zeus; no lograrás convencerme.
Respetable y temible es quien me envía a preguntar a qué guerrero trajiste herido; pero ya
lo sé, pues estoy viendo a Macaón, pastor de hombres. Voy a llevar, como mensajero, la
noticia a Aquiles. Bien sabes tú, anciano alumno de Zeus, lo violento que es aquel
hombre y cuán pronto culparía hasta a un inocente.
655 Respondióle Néstor, caballero gerenio:
656 -¿Cómo es que Aquiles se compadece de los aqueos que han recibido heridas? ¡No
sabe en qué aflicción está sumido el ejército! Los más fuertes, heridos unos de cerca y
otros de lejos, yacen en las naves. Con arma arrojadiza fue herido el poderoso Tidida
Diomedes; con la pica, Ulises, famoso por su lanza, y Agamenón; a Eurípilo flecháronle
en el muslo, y acabo de sacar del combate a este otro, herido también por una saeta que
un arco despidió. Pero Aquiles, a pesar de su valentía, ni se cura de los dánaos ni se
apiada de ellos. ¿Aguarda acaso que las veleras naves sean devoradas por el fuego
enemigo en la orilla del mar, sin que los argivos puedan impedirlo, y que unos en pos de
otros sucumbamos todos? Ya el vigor de mis ágiles miembros no es el de antes. ¡Ojalá
fuese tan joven y mis fuerzas tan robustas como cuando en la contienda levantada entre
los eleos y nosotros por el robo de bueyes, maté a Itimoneo, al valiente Hiperóquida, que
vivía en la Elide, y tomé represalias! Itimoneo defendía sus vacas, pero cayó en tierra
entre los primeros, herido por el dardo que le arrojó mi mano, y los demás campesinos
huyeron espantados. En aquel campo logramos un espléndido botín: cincuenta vacadas,
otras tantas manadas de ovejas, otras tantas piaras de cerdos, otros tantos rebaños
copiosos de cabras y ciento cincuenta yeguas bayas, muchas de ellas con sus potros.
Aquella misma noche lo llevamos a Pilos, ciudad de Neleo, y éste se alegró en su corazón
de que me correspondiera una gran parte, a pesar de ser yo tan joven cuando fui al com-
bate. Al alborear, los heraldos pregonaron con voz sonora que se presentaran todos
aquéllos a quienes se les debía algo en la divina Élide, y los caudillos pilios repartieron el


 

 
 

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