Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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que combaten en carros,
a inmensa la gritería que se levanta.
531 Habiendo hablado así, azotó con el sonoro látigo a los caballos de hermosas crines.
Sintieron éstos el golpe y arrastraron velozmente por entre troyanos y aqueos el veloz ca-
rro, pisando cadáveres y escudos; el eje tenía la parte inferior cubierta de sangre y los
barandales estaban salpicados de sanguinolentas gotas que los cascos de los corceles y las
llantas de las ruedas despedían. Héctor, deseoso de penetrar y deshacer aquel grupo de
hombres, promovía gran tumulto entre los dánaos, no dejaba la lanza quieta, recorría las
filas de aquéllos y peleaba con la lanza, la espada y grandes piedras; solamente evitaba el
encuentro con Ayante Telamonio [porque Zeus se irritaba contra él cuando combatía con
un guerrero más valiente].
544 El padre Zeus, que tiene su trono en las alturas, infundió temor en Ayante y éste se
quedó atónito, se echó a la espalda el escudo formado por siete boyunos cueros, paseó su
mirada por la turba, como una fiera, y retrocedió volviéndose con frecuencia y andando a
paso lento. Como los canes y los pastores del campo ahuyentan del boíl a un tostado león,
y, vigilando toda la noche, no le dejan llegar a los pingües bueyes; y el león, ávido de
carne, acomete furioso y nada consigue, porque caen sobre él multitud de venablos
arrojados por robustas manos y encendidas teas que le dan miedo, y, cuando empieza a
clarear el día, se escapa la fiera con ánimo afligido; así Ayante se alejaba entonces de los
troyanos, contrariado y con el corazón entristecido, porque temía mucho por las naves de
los aqueos. De la suerte que un tardo asno se acerca a un campo, y venciendo la
resistencia de los niños que rompen en sus espaldas muchas varas, penetra en él y
destroza las crecidas mieses; los muchachos lo apalean; pero, como su fuerza es poca,
sólo consiguen echarlo con trabajo, después que se ha hartado de comer; de la misma
manera los animosos troyanos y sus auxiliares, reunidos en gran número, perseguían al
gran Ayante, hijo de Telamón, y le golpeaban el escudo con las lanzas. Ayante unas veces mostraba su impetuoso valor, y revolviendo detenía las falanges de los troyanos,
domadores de caballos; otras, tornaba a huir; y, moviéndose con furia entre los troyanos y
los aqueos, conseguía que los enemigos no se encaminasen a las veleras naves. Las lanzas
que manos audaces despedían se clavaban en el gran escudo o caían en el suelo delante
del héroe, antes de llegar a su blanca piel, deseosas de saciarse de su carne.
575 Cuando Eurípilo, preclaro hijo de Evemón, vio que Ayante estaba tan abrumado
por los copiosos tiros, se colocó a su lado, arrojó la reluciente lanza y se la clavó en el hí-
gado, debajo del diafragma, a Apisaón Fausíada, pastor de hombres, dejándole sin vigor
las rodillas. Corrió en seguida hacia él y se puso a quitarle la armadura. Pero advirtiólo el
deiforme Alejandro, y disparando el arco contra Eurípilo logró herirlo en el muslo
derecho: la caña de la saeta se rompió, quedó colgando y apesgaba el muslo del guerrero.
Éste retrocedió al grupo de sus amigos, para evitar la muerte, y, dando grandes voces,
decía a los dánaos:
587 -¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos! Deteneos, volved la cara al
enemigo, y librad del día cruel a Ayante que está abrumado por los tiros y no creo que
escape con vida del horrísono combate. Pero deteneos afrontando a los contrarios, y
rodead al gran Ayante, hijo de Telamón.
592 Tales fueron las palabras de Eurípilo al sentirse herido, y ellos se colocaron junto a
él con los escudos sobre los hombros y las picas levantadas. Ayante, apenas se juntó con
sus compañeros, detúvose y volvió la cara a los troyanos.
596 Siguieron, pues, combatiendo con el ardor de encendido fuego; y, entre tanto, las
yeguas de Neleo, cubiertas de sudor, sacaban del combate a Néstor y a Macaón, pastor de
pueblos. Reconoció al último el divino Aquiles, el de los pies ligeros, que desde la popa
de la ingente nave contemplaba la gran derrota y deplorable fuga, y en seguida llamó,
desde la nave, a Patroclo, su compañero: oyólo éste, y, parecido a Ares, salió de la tienda.
Tal fue el origen de su desgracia. El esforzado hijo de Menecio habló el primero,
diciendo:
606 -¿Por qué me llamas, Aquiles? ¿Necesitas de mí?


 

 
 

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