muerte antes de que pudieses evitarla. ¡Ah mísero! A ti, una vez
muerto, ni el padre ni la
veneranda madre te cerrarán los ojos, sino que te desgarrarán
las carnívoras aves
cubriéndote con sus tupidas alas; mientras que a mí, si muero,
los divinos aqueos me
harán honras fúnebres.
456 Así diciendo, arrancó de su cuerpo y del abollonado escudo
la ingente lanza que
Soco le había arrojado; brotó la sangre y afligióle el
corazón. Los magnánimos troyanos,
al ver la sangre, se exhortaron mutuamente entre la turba y embistieron todos
a Ulises, y
éste retrocedió, llamando a voces a sus compañeros. Tres
veces gritó cuanto un varón
puede hacerlo a voz en cuello; tres veces Menelao, caro a Ares, to oyó,
y al punto dijo a
Ayante, que estaba a su lado:
465 -¡Ayante Telamonio, del linaje de Zeus, príncipe de hombres!
Oigo la voz del
paciente Ulises como si los troyanos, habiéndole aislado en la terrible
lucha, lo estuviesen
acosando. Acudámosle, abriéndonos calle por la turba, pues lo
mejor es llevarle socorro.
Temo que a pesar de su valentía le suceda alguna desgracia solo entre
los troyanos, y que
después los dánaos te echen muy de menos.
47z Así diciendo, partió y siguióle Ayante, varón
igual a un dios. Pronto dieron con
Ulises, caro a Zeus, a quien los troyanos acometían por todos lados como
los rojizos cha-
cales circundan en el monte a un cornígero ciervo herido por la flecha
que un hombre le
disparó con el arco -sálvase el ciervo, merced a sus pies, y huye
en tanto que la sangre
está caliente y las rodillas ágiles; póstralo luego la
veloz saeta, y, cuando carnívoros
chacales lo despedazan en la espesura de un monte, trae la fortuna un voraz
león que,
dispersando a los chacales, devora a aquél-; así entonces muchos
y robustos troyanos
arremetían al aguerrido y sagaz Ulises; y el héroe, blandiendo
la pica, apartaba de sí la
cruel muerte. Pero llegó Ayante con su escudo como una torre, se puso
al lado de Ulises
y los troyanos se espantaron y huyeron a la desbandada. Y el marcial Menelao,
asiendo
de la mano al héroe, sacólo de la turba mientras el escudero acercaba
el carro.
489 Ayante, acometiendo a los troyanos, mató a Doriclo, hijo bastardo
de Príamo, a
hirió a Pándoco, Lisandro, Píraso y Pilartes. Como el hinchado
torrente que acreció la
lluvia de Zeus baja rebosante por los montes a la llanura, arrastra muchos pinos
y encinas
secas, y arroja al mar gran cantidad de cieno, así entonces el ilustre
Ayante desordenaba y
perseguía por el campo a los enemigos y destrozaba corceles y guerreros.
Héctor no lo
había advertido, porque peleaba en la izquierda de la batalla, cerca
de la orilla del
Escamandro: a11í las cabezas caían en mayor número y un
inmenso vocerío se dejaba oír
alrededor del gran Néstor y del marcial Idomeneo. Entre todos revolvíase
Héctor, que,
haciendo arduas proezas con su lanza y su habilidad ecuestre, destruía
las falanges de
jóvenes guerreros. Y los divinos aqueos no retrocedieran aún,
si Alejandro, esposo de
Helena, la de hermosa cabellera, no hubiese puesto fuera de combate a Macaón,
pastor de
hombres, mientras descollaba en la pelea, hiriéndolo en la espalda derecha
con trifurcada
saeta. Los aqueos, aunque respiraban valor, temieron que la lucha se inclinase,
y aquél
fuera muerto. Y al punto habló Idomeneo al divino Néstor:
511 -¡Oh Néstor Nelida, gloria insigne de los aqueos! Ea, sube
al carro, póngase
Macaón junto a ti, y dirige presto a las naves los solípedos corceles.
Pues un médico vale
por muchos hombres, por su pericia en arrancar flechas y aplicar drogas calmantes.
516 Dijo; y Néstor, caballero gerenio, no dejó de obedecerlo.
Subió al carro, y tan
pronto como Macaón, hijo del eximio médico Asclepio, lo hubo seguido,
picó con el
látigo a los caballos y éstos volaron de su grado hacia las cóncavas
naves, pues les
gustaba volver a ellas.
521 Cebríones, que acompañaba a Héctor en el carro, notó
que los troyanos eran
derrotados, y le dijo:
523 -¡Héctor! Mientras nosotros combatimos aquí con los
dánaos en un extremo de la
batalla horrísona, los demás troyanos son desbaratados y se agitan
en confuso tropel hom-
bres y caballos. Ayante Telamonio es quien los desordena; bien lo conozco por
el ancho
escudo que cubre sus espaldas. Enderecemos a aquel sitio los corceles del carro,
que a11í
es más empeñada la pelea, mayor la matanza de peones y de los
