columna
del sepulcro de Ilo Dardánida, antiguo anciano honrado por el pueblo,
armó el arco y lo
asestó al hijo de Tideo, pastor de hombres. Y mientras éste quitaba
al cadáver del
valeroso Agástrofo la labrada coraza, el manejable escudo de debajo del
pecho y el
pesado casco, aquél tiró del arco y disparó; y la flecha
no salió inútilmente de su mano,
sino que le atravesó al héroe el empeine del pie derecho y se
clavó en tierra. Alejandro
salió de su escondite, y con grande y regocijada risa se gloriaba diciendo:
380 -Herido estás; no se perdió el tiro. Ojalá que, acertándote
en un ijar, lo hubiese
quitado la vida. Así los troyanos tendrían un desahogo en sus
males, pues te temen como
al león las baladoras cabras.
384 Sin turbarse le respondió el fuerte Diomedes:
385 -¡Flechero, insolente, experto sólo en manejar el arco, mirón
de doncellas! Si frente
a frente midieras conmigo las armas, no te valdría el arco ni las abundantes
flechas.
Ahora te alabas sin motivo, pues sólo me rasguñaste el empeine
del pie. Tanto me cuido
de la herida como si una mujer o un insipiente niño me la hubiese causado,
que poco
duele la flecha de un hombre vil y cobarde. De otra clase es el agudo dardo
que yo arrojo:
por poco que penetre deja exánime al que to recibe, y la mujer del muerto
desgarra sus
mejillas, sus hijos quedan huérfanos, y el cadáver se pudre enrojeciendo
con su sangre la
tierra y teniendo a su alrededor más aves de rapiña que mujeres.
396 Así dijo. Ulises, famoso por su lanza, acudió y se le puso
delante. Diomedes se
sentó, arrancó del pie la aguda flecha y un dolor terrible recorrió
su cuerpo. Entonces
subió al carro y con el corazón afligido mandó al auriga
que lo llevase a las cóncavas
naves.
401 Ulises, famoso por su lanza, se quedó solo; ningún argivo
permaneció a su lado,
porque el terror los poseía a todos. Y gimiendo, a su magnánimo
espíritu así le hablaba:
404 -¡Ay de mí! ¿Qué me ocurrirá? Muy malo
es huir, temiendo a la muchedumbre, y
peor aún que me cojan quedándome solo, pues a los demás
dánaos el Cronión los puso en
fuga. Mas ¿por qué en tales cosas me hace pensar el corazón?
Sé que los cobardes huyen
del combate, y quien descuella en la batalla debe mantenerse firme, ya sea herido,
ya a
otro hiera.
411 Mientras revolvía tales pensamientos en su mente y en su corazón,
llegaron las
huestes de los escudados troyanos, y, rodeándole, su propio mal entre
ellos encerraron.
Como los perros y los florecientes mozos cercan y embisten a un jabalí
que sale de la
espesa selva aguzando en sus corvas mandíbulas los blancos colmillos,
y aunque la fiera
cruja los dientes y aparezca terrible, resisten firmemente; así los troyanos
acometían
entonces por todos lados a Ulises, caro a Zeus. Mas él dio un salto y
clavó la aguda pica
en un hombro del eximio Deyopites; mató luego a Toón y a Ennomo;
alanceó en el
ombligo por debajo del cóncavo escudo a Quersidamante, que se apeaba
del carro y cayó
en el polvo y cogió el suelo con las manos; y, dejándolos a todos,
envasó la lanza a
Cárope Hipásida, hermano carnal del noble Soco. Éste, que
parecía un dios, vino a
defenderlo, y, deteniéndose cerca de Ulises, hablóle de este modo:
430 -¡Célebre Ulises, varón incansable en urdir engaños
y en trabajar! Hoy, o podrás
gloriarte de haber muerto y despojado de las armas a ambos Hipásidas,
o perderás la vida,
herido por mi lanza.
434 Cuando esto hubo dicho, le dio un bote en el liso escudo: la fornida lanza
atravesó
el luciente escudo, clavóse en la labrada coraza y levantó la
piel del costado; pero Palas
Atenea no permitió que llegara a las entrañas del varón.
Entendió Ulises que por el sitio
la herida no era mortal, y retrocediendo dijo a Soco estas palabras:
441 -¡Ah infortunado! Grande es la desgracia que sobre ti ha caído.
Lograste que cesara
de luchar con los troyanos, pero yo te digo que la perdición y la negra
muerte te
alcanzarán hoy; y, vencido por mi lanza, me darás gloria, y a
Hades, el de los famosos
corceles, el alma.
446 Dijo, y como Soco se volviera para huir, clavóle la lanza en el dorso,
entre los
hombros, y le atravesó el pecho. El guerrero cayó con estrépito,
y el divino Ulises se
jactó de su obra:
450 -¡Oh Soco, hijo del aguerrido Hípaso, domador de caballos!
Te sorprendió la
