un cazador azuza a
los perros de blancos dientes contra un montaraz jabalí o contra un león,
así Héctor Priá-
mida, igual a Ares, funesto a los mortales, incitaba a los magnánimos
troyanos contra los
aqueos. Muy alentado, abrióse paso por los combatientes delanteros, y
cayó en la batalla
como tempestad que viene de to alto y alborota el violáceo ponto.
299 ¿Cuál fue el primero, cuál el último de los
que entonces mató Héctor Priámida
cuando Zeus le dio gloria?
301 Aseo, el primero, y después Autónoo, Opites, Dólope
Clítida, Ofeltio, Agelao,
Esimno, Oro y el bravo Hipónoo. A tales caudillos dánaos dio muerte,
y además a
muchos hombres del pueblo. Como el Céfiro agita y se lleva en furioso
torbellino las
nubes que el veloz Noto tenía reunidas, y gruesas olas se levantan y
la espuma llega a to
alto por el soplo del errabundo viento; de esta manera caían delante
de Héctor muchas
cabezas de gente del pueblo.
310 Entonces gran estrago a irreparables males se hubieran próducido,
y los aqueos,
dándose a la fuga, no habrían parado hasta las naves, si Ulises
no hubiese exhortado al
Tidida Diomedes:
313 -¡Tidida! ¿Por qué no mostramos nuestro impetuoso valor?
Ea, ven aquí, amigo;
ponte a mi lado. Vergonzoso fuera que Héctor, el de tremolante casco,
se apoderase de
las naves.
316 Respondióle el fuerte Diomedes:
317 -Yo me quedaré y resistiré, aunque será poco el provecho
que logremos; pues Zeus,
que amontona las nubes, quiere conceder la victoria a los troyanos y no a nosotros.
320 Dijo, y derribó del carro a Timbreo, envasándole la pica en
la tetilla izquierda;
mientras Ulises hería al escudero del mismo rey, a Molión, igual
a un dios. Dejáronlos
tan pronto como los pusieron fuera de combate, y penetrando por la turba causaron
confusión y terror, como dos embravecidos jabalíes que acometen
a perros de caza. Así,
habiendo vuelto a combatir, mataban a los troyanos; y en tanto los aqueos, que
huían de
Héctor, pudieron respirar placenteramente.
328 Dieron también alcance a dos hombres que eran los más valientes
de su pueblo y
venían en un mismo carro, a los hijos de Mérope percosio: éste
conocía como nadie el
arte adivinatoria, y no quería que sus hijos fuesen a la homicida guerra;
pero ellos no lo
obedecieron, impelidos por las parcas de la negra muerte. Diomedes Tidida, famoso
por
su lanza, les quitó el alma y la vida y los despojó de las magníficas
armaduras. Ulises
mató a Hipódamo y a Hipéroco.
336 Entonces el Cronida, que desde el Ida contemplaba la batalla, igualó
el combate en
que troyanos y aqueos se mataban. El hijo de Tideo dio una lanzada en la cadera
al héroe
Agástrofo Peónida, que por no tener cerca los corceles no pudo
huir, y ésta fue la causa
de su desgracia: el escudero tenía el carro algo distante, y él
se revolvía furioso entre los
combatientes delanteros, hasta que perdió la vida. Atisbó Héctor
a Ulises y a Diomedes,
los arremetió gritando, y pronto siguieron tras él las falanges
de los troyanos. Al verlo,
estremecióse el valeroso Diomedes, y dijo a Ulises, que estaba a su lado:
347 -Contra nosotros viene esa calamidad, el impetuoso Héctor. Ea, aguardémosle
a pie
firme y cerremos con él.
349 Dijo; y apuntando a la cabeza de Héctor, blandió y arrojó
la ingente lanza, y no le
erró, pues fue a dar en la cima del yelmo; pero el bronce rechazó
al bronce, y la punta no
llegó al hermoso cutis por impedírselo el casco de tres dobleces
y agujeros a guisa de
ojos, regalo de Febo Apolo. Héctor entonces retrocedió un buen
trecho, y, penetrando por
la turba, cayó de rodillas, apoyó la robusta mano en el suelo
y obscura noche cubrió sus
ojos. Mientras el Tidida atravesaba las primeras filas para recoger la lanza
que en el suelo
se había clavado, Héctor tornó en su sentido, subió
de un salto al carro, y, dirigiéndolo
por en medio de la multitud, evitó la negra muerte. Y el fuerte Diomedes,
que lanza en
mano lo perseguía, exclamó:
362 -¡Otra vez te has librado de la muerte, perro! Muy cerca tuviste la
perdición, pero
te salvó Febo Apolo, a quien debes de rogar cuando sales al campo antes
de oír el
estruendo de los dardos. Yo acabaré contigo si más tarde to encuentro
y un dios me
ayuda. Y ahora perseguiré a los demás que se me pongan al alcance.
368 Dijo; y empezó a despojar el cadáver del Peónida, famoso
por su lanza. Pero
Alejandro, esposo de Helena, la de hermosa cabellera, que se apoyaba en una
