gemido y golpeándose el muslo, exclamó indigando:
164 -¡Padre Zeus! Muy falaz te has vuelto, pues yo no esperaba que los
héroes aqueos
opusieran resistencia a nuestro valor a invictas manos. Como las abejas o las
flexibles
avispas que han anidado en fragoso camino y no abandonan su hueca morada al
acercarse
los cazadores, sino que luchan por los hijuelos, así aquéllos,
con ser dos solamente, no
quieren retirarse de las puertas mientras no perezcan, o la libertad no pierdan.
173 Así dijo; pero sus palabras no cambiaron la mente de Zeus, que deseaba
conceder
cal gloria a Héctor.
175 Otros peleaban delante de otras puertas, y me sería difícil,
no siendo un dios,
contarlo todo. Por doquiera ardía el combate al pie del lapídeo
muro; los argivos, aunque
llenos de angustia, veíanse obligados a defender las naves; y estaban
apesarados todos los
dioses que en la guerra protegían a los dánaos. Entonces fue cuando
los lapitas
empezaron el combate y la refriega.
182 El fuerte Polipetes, hijo de Pintoo, hirió a Dámaso con la
lanza por el casco de
broncíneas carrilleras: el casco de bronce no detuvo a aquélla
cuya punta, de bronce
también, rompió el hueso; conmovióse el cerebro y el guerrero
sucumbió mientras
combatía con denuedo. Aquél mató luego a Pilón y
a órmeno. Leonteo, hijo de Antímaco
y vástago de Ares, arrojó un dardo a Hipómaco y se lo clavó
junto al ceñidor; luego
desenvainó la aguda espada, y, acometiendo por en medio de la muchedumbre
a
Antífates, lo hirió y lo tiró de espaldas; y después
derribó sucesivamente a Menón, Yá-
meno y Orestes, que fueron cayendo al almo suelo.
195 Mientras ambos héroes quitaban a los muertos las lucientes armas,
adelantaron la
marcha con Polidamante y Héctor los más y más valientes
de los jóvenes, que sentían un
vivo deseo de romper el muro y pegar fuego a las naves. Pero detuviéronse
indecisos en
la orilla del foso, cuando ya se disponían a atravesarlo, por haber aparecido
encima de
ellos, y dejando el pueblo, a la izquierda, un ave agorera: un águila
de alto vuelo,
llevando en las garras un enorme dragón sangriento, vivo, que se estremecía
y no se había
olvidado de la lucha, pues encorvándose hacia atrás hirióla
en el pecho, cerca del cuello.
El águila, penetrada de dolor, dejó caer el dragón en medio
de la turba; y, chillando, voló
con la rapidez del viento. Los troyanos estremeciéronse al ver en medio
de ellos la
manchada sierpe, prodigio de Zeus, que lleva la égida. Entonces acercóse
Polidamante al
audaz Héctor, y le dijo:
211 -¡Héctor! Siempre me increpas en las juntas, aunque lo que
proponga sea bueno;
mas no es decoroso que un ciudadano hable en las reuniones o en la guerra contra
lo de-
bido, sólo para acrecentar tu poder. También ahora he de manifestar
lo que considero
conveniente. No vayamos a combatir con los dánaos cerca de las naves.
Creo que nos
ocurrirá lo que diré, si vino realmente para los troyanos, cuando
deseaban atravesar el
foso, esta ave agorera: un águila de alto vuelo, que dejaba el pueblo
a la izquierda y
llevaba en las garras un enorme dragón sangriento y vivo, y lo hubo de
soltar presto antes
de llegar al nido y darlo a sus polluelos. De semejante modo, si con gran ímpetu
rompemos ahora las puertas y el muro, y los aqueos retroceden, luego no nos
será posible
volver de las naves en buen orden por el mismo camino; y dejaremos a muchos
troyanos
tendidos en el suelo, a los cuales los aqueos, combatiendo en defensa de sus
naves,
habrán muerto con las broncíneas armas. Así lo interpretaría
un augur que, por ser muy
entendido en prodigios, mereciera la confianza del pueblo.
230 Encarándole la torva vista, respondió Héctor, el de
tremolante casco:
231 -¡Polidamante! No me place lo que propones y podías haber pensado
algo mejor. Si
realmente hablas con seriedad, los mismos dioses te han hecho perder el juicio;
pues me
aconsejas que, olvidando las promesas que Zeus tonante me hizo y ratificó
luego,
obedezca a las aves aliabiertas, de las cuales no me cuido ni en ellas paro
mientes, sea
que vayan hacia la derecha por donde aparecen la aurora y el sol, sea que se
dirijan a la
izquierda, al tenebroso ocaso. Confiemos en las promesas del gran Zeus, que
reina sobre
todos, mortales a inmortales. El mejor agüero es éste: combatir
por la patria. ¿Por qué te
dan miedo el combate y la pelea? Aunque los demás fuéramos muertos
en las naves
