cometiendo una gran falta.
Airada la deidad que se complace en tirar flechas, hizo aparecer un jabalí,
de albos
dientes, que causó gran destrozo en el campo de Eneo, desarraigando altísimos
árboles y
echándolos por tierra cuando ya con la llor prometían el fruto.
Al fin lo mató Meleagro,
hijo de Eneo, ayudado por cazadores y perros de muchas ciudades -pues no era
posible
vencerlo con poca gente, ¡tan corpulento era!, y ya a muchos los había
hecho subir a la
triste pira-, y la diosa suscitó entonces una clamorosa contienda entre
los curetes y los
magnánimos etolios por la cabeza y la hirsuta piel del jabalí.
Mientras Meleagro, caro a
Ares, combatió, les fue mal a los curetes, que no podían, a pesar
de ser tantos, acercarse a
los muros. Pero el héroe, irritado con su madre Altea, se dejó
dominar por la cólera que
perturba la mente de los más cuerdos y se quedó en el palacio
con su linda esposa
Cleopatra, hija de Marpesa Evenina, la de hermosos tobillos, y de Idas, el más
fuerte de
los hombres que entonces poblaban la tierra. (Atrevióse Idas a armar
el arco contra el
soberano Febo Apolo, a causa de la joven de hermosos tobillos, y desde entonces
pusiéronle a Cleopatra su padre y su veneranda madre el sobrenombre de
Alcíone, porque
la madre, sufriendo la suerte del sufridísimo alción, deshacíase
en lágrimas mientras Febo
Apolo, que hiere de lejos, se la Ilevaba.) Retirado, pues, con su esposa, devoraba
Meleagro la acerba cólera que le causaron las imprecaciones de su madre;
la cual,
acongojada por la muerte violenta de un hermano, oraba mucho a los dioses, y,
puesta de
rodillas y con el seno bañado en lágrimas, golpeaba mucho el fértil
suelo invocando a
Hades y a la terrible Perséfone para que dieran muerte a su hijo. Erinias,
que vaga en las
tinieblas y tiene un corazón inexorable, la oyó desde el Érebo,
y en seguida creció el
tumulto y la gritería ante las puertas de la ciudad, las torres fueron
atacadas y los etolios
ancianos enviaron a los eximios sacerdotes de los dioses para que suplicaran
a Meleagro
que saliera a defenderlos, ofreciéndole un rico presente: donde el suelo
de la amena
Calidón fuera más fértil, escogería él mismo
un hermoso campo de cincuenta yugadas,
mitad viña y mitad tierra labrantía. Presentóse también
en el umbral del alto aposento el
anciano jinete Eneo; y, llamando a la puerta, dirigió a su hijo muchas
súplicas. Rogáronle
asimismo muchas veces sus hermanas y su venerable madre. Pero él se negaba
cada vez
más. Acudieron sus mejores y más caros amigos, y tampoco consiguieron
mover su
corazón, ni persuadirlo a que no aguardara, para salir del cuarto, a
que llegaran hasta él
los enemigos. Y los curetes escalaron las torres y empezaron a pegar fuego a
la gran ciu-
dad. Entonces la esposa, de bella cintura, instó a Meleagro llorando
y refiriéndole las
desgracias que padecen los hombres, cuya ciudad sucumbe: Matan a los varones,
le
decía; el fuego destruye la ciudad, y son reducidos a la esclavitud los
niños y las mujeres
de estrecha cintura. Meleagro, al oír estos males, sintió que
se le conmovía el corazón; y,
dejándose llevar por su ánimo, vistió las lucientes armas
y libró del funesto día a los
etolios; pero ya no le dieron los muchos y hermosos presentes, a pesar de haberlos
salvado de la ruina. Y ahora tú, amigo, no pienses de igual manera, ni
un dios te induzca
a obrar así; será peor que difieras el socorro para cuando las
naves sean incendiadas; ve,
pues, por los regalos, y los aqueos te venerarán como a un dios, porque,
si intervinieres
en la homicida guerra cuando ya no te ofrezcan dones, no alcanzarás tanta
honra aunque
rechaces a los enemigos.
606 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros:
607 -¡Fénix, anciano padre, alumno de Zeus! Para nada necesito
tal honor; y espero
que, si Zeus quiere, seré honrado en las cóncavas naves mientras
la respiración no falte a
mi pecho y mis rodillas se muevan. Otra cosa voy a decirte, que grabarás
en tu memoria:
No me conturbes el ánimo con llanto y gemidos por complacer al héroe
Atrida, a quien
no debes querer si deseas que el afecto que te profeso no se convierta en odio;
mejor es
que aflijas conmigo a quien me aflige. Ejerce el mando conmigo y comparte mis
honores.
Ésos llevarán la respuesta, tú quédate y acuéstate
en blanda cama, y al despuntar la aurora
determinaremos si nos conviene regresar a nuestros hogares o quedarnos aquí
todavía.
620 Dijo, y ordenó a Patroclo, haciéndole con las cejas silenciosa
señal, que dispusiera
