una mullida cama para Fénix, a fin de que los demás pensaran en
salir cuanto antes de la
tienda. Y Ayante Telamoníada, igual a un dios, habló diciendo:
624 -¡Laertíada, del linaje de Zeus! ¡Ulises, fecundo en
ardides! ¡Vámonos! No espero
lograr nuestro propósito por este camino, y hemos de anunciar la respuesta,
aunque sea
desfavorable, a los dánaos que están aguardando. Aquiles tiene
en su pecho un corazón
feroz y soberbio. ¡Cruel! En nada aprecia la amistad de sus compañeros,
con la cual lo
honrábamos en el campamento más que a otro alguno. ¡Despiadado!
Por la muerte del
hermano o del hijo se recibe una compensación; y, una vez pagada la importante
cantidad, el matador se queda en el pueblo, y el corazón y el ánimo
airado del ofendido se
apaciguan con la compensación recibida, y a ti los dioses te han llenado
el pecho de
implacable y funesto rencor por una sola joven. Siete excelentes te ofrecemos
hoy y otras
muchas cosas; séanos tu corazón propicio y respeta tu morada,
pues estamos debajo de tu
techo, enviados por el ejército dánao, y anhelamos ser para ti
los más apreciados y los
más amigos de los aqueos todos.
643 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros:
644 -¡Ayante Telamonio, del linaje de Zeus, príncipe de hombres!
Creo que has dicho
lo que sientes, pero mi corazón se enciende en ira cuando me acuerdo
de aquéllos y del
menosprecio con que el Atrida me trató en presencia de los argivos, cual
si yo fuera un
miserable advenedizo. Id y publicad mi respuesta: No me ocuparé en la
cruenta guerra
hasta que el hijo del aguerrido Príamo, Héctor divino, llegue
matando argivos a las
tiendas y naves de los mirmidones y las incendie. Creo que Héctor, aunque
esté
enardecido, se abstendrá de combatir tan pronto como se acerque a mi
tienda y a mi negra
nave.
656 Así dijo. Cada uno tomó una copa de doble asa; y, hecha la
libación, los enviados,
con Ulises a su frente, regresaron a las naves. Patroclo ordenó a sus
compañeros y a las
esclavas que aderezaran al momento una mullida cama para Fénix; y ellas,
obedeciendo
el mandato, hiciéronla con pieles de oveja una colcha y finísima
cubierta del mejor lino.
Allí descansó el viejo, aguardando la divina Aurora. Aquiles durmió
en lo más retirado de
la sólida tienda con una mujer que se había llevado de Lesbos:
con Diomede, hija de
Forbante, la de hermosas mejillas. Y Patroclo se acostó junto a la pared
opuesta, teniendo
a su lado a Ifis, la de bella cintura, que le había regalado Aquiles
al tomar la excelsa
Esciro, ciudad de Enieo.
669 Cuando los enviados llegaron a la tienda del Atrida, los aqueos, puestos
en pie, les
presentaban áureas copas y les hacían preguntas. Y el rey de hombres,
Agamenón, los
interrogó diciendo:
673 -¡Ea! Dime, célebre Ulises, gloria insigne de los aqueos. ¿Quiere
librar a las naves
del fuego enemigo, o se niega porque su corazón soberbio se halla aún
dominado por la
cólera?
676 Contestó el paciente divino Ulises:
677 -¡Gloriosísimo Atrida, rey de hombres, Agamenón! No
quiere aquél deponer la
cólera, sino que se enciende aún más su ira y te desprecia
a ti y tus dones. Manda que
deliberes con los argivos cómo podrás salvar las naves y al pueblo
aqueo, dice en son de
amenaza que echará al mar sus corvos bajeles, de muchos bancos, al descubrirse
la nueva
aurora, y aconseja que los demás se embarquen y vuelvan a sus hogares,
porque ya no
conseguiréis arruinar la excelsa Ilio: el largovidente Zeus extendió
el brazo sobre ella, y
sus hombres están llenos de confianza. Así dijo, como pueden referirlo
éstos que fueron
conmigo: Ayante y los dos heraldos, que ambos son prudentes. El anciano Fénix
se
acostó allí por orden de aquél, para que mañana
vuelva a la patria tierra, si así lo desea,
porque no ha de llevarle a viva fuerza.
693 Así habló, y todos callaron, asombrados de sus palabras, pues
era muy grave lo que
acababa de decir. Largo rato duró el silencio de los afligidos aqueos;
mas al fin exclamó
Diomedes, valiente en el combate:
697 -¡Gloriosísimo Atrida, rey de hombres, Agamenón! No
debiste rogar al eximio
Pelión, ni ofrecerle innumerables regalos; ya era altivo, y ahora has
dado pábulo a su
soberbia. Pero dejémoslo, ya se vaya, ya se quede: volverá a combatir
cuando el corazón
que tiene en el pecho se lo ordene y un dios le incite. Ea, obremos todos como
