en sus rodillas un hijo mío,
y los dioses -el Zeus subterráneo y la terrible Perséfone -ratificaron
sus imprecaciones.
[Pensé matar a mi padre con el agudo bronce; mas alguno de los inmortales
calmó mi
cólera, haciendo que a mi corazón se representara la fama que
tendría yo entre los
hombres y los muchos baldones que de ellos recibiría, a fin de que no
fuese llamado
parricida entre los aqueos.] Desde entonces no tuve ánimo para vivir
en el palacio con mi
padre enojado. Amigos y deudos querían retenerme allí y me dirigían
insistentes súplicas:
degollaron gran copia de pingües ovejas y flexípedes bueyes de retorcidos
cuernos;
pusieron a asar muchos puercos grasos sobre la llama de Hefesto; bebióse
buena parte del
vino que las tinajas del anciano contenían; y nueve noches seguidas durmieron
aquéllos a
mi lado, vigilándome por turno y teniendo encendidas dos hogueras, una
en el pórtico del
bien cercado patio y otra en el vestíbulo ante la puerta de la habitación.
Al llegar por
décima vez la tenebrosa noche, salí del aposento rompiendo las
tablas fuertemente unidas
de la puerta; salté con facilidad el muro del patio, sin que mis guardianes
ni las sirvientas
lo advirtieran, y, huyendo por la espaciosa Hélade, llegué a la
fértil Ftía, madre de ovejas,
a la casa del rey Peleo. Este me acogió benévolo; me amó
como debe de amar un padre al
hijo unigénito que haya tenido en la vejez, viviendo en la opulencia;
enriquecióme y
púsome al frente de numeroso pueblo, y desde entonces viví en
un confín de la Ftía,
reinando sobre los dólopes. Y te crié hasta hacerte cual eres,
oh Aquiles semejante a los
dioses, con cordial cariño; y tú ni querías it con otro
al banquete, ni comer en el palacio,
hasta que, sentándote en mis rodillas, te saciaba de carne cortada en
pedacitos y te
acercaba el vino. ¡Cuántas veces durante la molesta infancia me
manchaste la túnica en el
pecho con el vino que devolvías! Mucho padecí y trabajé
por tu causa, y, considerando
que los dioses no me habían dado descendencia, te adopté por hijo,
oh Aquiles semejante
a los dioses, para que un día me librases del cruel infortunio. Pero,
Aquiles, refrena tu
ánimo fogoso; no conviene que tengas un corazón despiadado, cuando
los dioses mismos
se dejan aplacar, no obstante su mayor virtud, dignidad y poder. Con sacrificios,
votos
agradables, libaciones y vapor de grasa quemada los desenojan cuantos infringieron
su
ley y pecaron. Pues las Súplicas son hijas del gran Zeus, y aunque cojas,
arrugadas y
bizcas, cuidan de ir tras de Ofuscación: ésta es robusta, de pies
ligeros, y por lo mismo se
adelanta, y, recorriendo la tierra, ofende a los hombres: y aquéllas
reparan luego el daño
causado. Quien acata a las hijas de Zeus cuando se le presentan, consigue gran
provecho
y es por ellas atendido si alguna vez tiene que invocarlas. Mas si alguien las
desatiende y
se obstina en rechazarlas, se dirigen a Zeus Cronida y le piden que Ofuscación
acompañe
siempre a aquél para que con el daño sufra la pena. Concede tú
también a las hijas de
Zeus, oh Aquiles, la debida consideración, por la cual el espíritu
de otros valientes se
aplacó. Si el Atrida no te brindara esos presentes, ni te hiciera otros
ofrecimientos para lo
futuro, y conservara pertinazmente su cólera, no te exhortaría
a que, deponiendo la ira,
socorrieras a los argivos, aunque es grande la necesidad en que se hallan. Pero
te da
muchas cosas, te promete más y te envía, para que por él
rueguen, varones excelentes,
escogiendo en el ejército aqueo los argivos que te son más caros.
No desprecies las
palabras de éstos, ni dejes sin efecto su venida, ya que no se te puede
reprender que antes
estuvieras irritado. Todos hemos oído contar hazañas de los héroes
de antaño, y sabemos
que, cuando estaban poseídos de feroz cólera, eran placables con
dones y exorables a los
ruegos. Recuerdo lo que pasó en cierto caso, no reciente, sino antiguo,
y os lo voy a
referir a vosotros, que sois todos amigos míos. Curetes y bravos etolios
combatían en tor-
no de Calidón y unos a otros se mataban, defendiendo los etolios su hermosa
ciudad y
deseando los curetes asolarla por medio de Ares. Había promovido esta
contienda
Ártemis, la de áureo trono, enojada porque Eneo no le dedicó
los sacrificios de la siega en
el fértil campo: los otros dioses regaláronse con las hecatombes,
y sólo a la hija del gran
Zeus dejó aquél de ofrecerlas, por olvido o por inadvertencia,
