Agamenón
Atrida, insultándome, me ha quitado la recompensa que él mismo
me diera. Decídselo
públicamente, os lo encargo, para que los demás aqueos se indignen,
si con su habitual
impudencia pretendiese engañar a algún otro dánao. No se
atrevería, por desvergonzado
que sea, a mirarme cara a cara, con él no deliberaré ni haré
cosa alguna, y, si me engañó y
ofendió, ya no me embaucará más con sus palabras; séale
esto bastante y corra tranquilo a
su perdición, puesto que el próvido Zeus le ha quitado el juicio.
Sus presentes me son
odiosos, y hago tanto caso de él como de un cabello. Aunque me diera
diez o veinte veces
más de lo que posee o de lo que a poseer llegare, o cuanto entra en Orcómeno,
o en la
egipcia Teba, cuyas casas guardan muchas riquezas -cien puertas dan ingreso
a la ciudad
y por cada una pasan diariamente doscientos hombres con caballos y carros-,
o tanto,
cuantas son las arenas o los granos de polvo, ni aun así aplacaría
Agamenón mi enojo, si
antes no me pagaba la dolorosa afrenta. No me casaré con la hija de Agamenón
Atrida,
aunque en hermosura rivalice con la dorada Afrodita y en las labores compita
con
Atenea, la de ojos de lechuza; ni siendo así me desposaré con
ella; elija aquel otro aqueo
que le convenga y sea rey más poderoso. Si, salvándome los dioses,
vuelvo a mi casa, el
mismo Peleo me buscará consorte. Gran número de aqueas hay en
la Hélade y en Ftía,
hijas de príncipes que gobiernan las ciudades; la que yo quiera será
mi mujer. Mucho me
aconseja mi corazón varonil que tome legítima esposa, digna cónyuge
mía, y goce allá de
las riquezas adquiridas por el anciano Peleo; pues no creo que valga lo que
la vida ni
cuanto dicen que se encerraba en la populosa ciudad de Ilio en tiempo de paz,
antes que
vinieran los aqueos, ni cuanto contiene el lapídeo templo de Apolo, que
hiere de lejos, en
la rocosa Pito. Se pueden apresar los bueyes y las pingües ovejas, se pueden
adquirir los
trípodes y los tostados alazanes; pero no es posible prender ni coger
el alma humana para
que vuelva, una vez ha salvado la barrera que forman los dientes. Mi madre,
la diosa
Tetis, de argentados pies, dice que las parcas pueden llevarme al fin de la
muerte de una
de estas dos maneras: Si me quedo aquí a combatir en torno de la ciudad
troyana, no
volveré a la patria tierra, pero mi gloria será inmortal; si regreso,
perderé la ínclita fama,
pero mi vida será larga, pues la muerte no me sorprenderá tan
pronto. Yo os aconsejo que
os embarquéis y volváis a vuestros hogares, porque ya no conseguiréis
arruinar la excelsa
Ilio: el largovidente Zeus extendió el brazo sobre ella y sus hombres
están llenos de
confianza. Vosotros llevad la respuesta a los príncipes aqueos -que ésta
es la misión de
los legados-, a fin de que busquen otro medio de salvar las cóncavas
naves y a los aqueos
que hay a su alrededor, pues aquél en que pensaron no puede emplearse
mientras subsista
mi enojo. Y Fénix quédese con nosotros, acuéstese y mañana
volverá conmigo a la patria
tierra, si así to desea, que no he de llevarlo a viva fuerza.
430 Así dijo, y todos enmudecieron, asombrados de oírlo; pues
fue mucha la
vehemencia con que se negó. Y el anciano jinete Fénix, que sentía
gran temor por las
naves aqueas, dijo después de un buen rato y saltándole las lágrimas:
434 -Si piensas en el regreso, preclaro Aquiles, y te niegas en absoluto a
defender del
voraz fuego las veleras naves, porque la ira penetró en tu corazón,
¿cómo podría quedar-
me solo y sin ti, hijo querido? El anciano jinete Peleo quiso que yo te acompañase
el día
en que te envió desde Ftía a Agamenón, todavía niño
y sin experiencia de la funesta gue-
rra ni del ágora, donde los varones se hacen ilustres; y me mandó
que te enseñara a hablar
bien y a realizar grandes hechos. Por esto, hijo querido, no querría
verme abandonado de
ti, aunque un dios en persona me prometiera rasparme la vejez y dejarme tan
joven como
cuando salí de la Hélade, de lindas mujeres, huyendo de las imprecaciones
de Amíntor
Orménida, mi padre, que se irritó conmigo por una concubina de
hermosa cabellera, a
quien amaba con ofensa de su esposa y madre mía. Ésta me suplicaba
continuamente,
abrazando mis rodillas, que me juntara con la concubina para que aborreciese
al anciano.
Quise obedecerla y lo hice; mi padre, que no tardó en conocerlo, me maldijo
repetidas
veces pidió a las horrendas Erinias que jamás pudiera sentarse
