Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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la vida a
quien te sea posible. Y ahora troquemos la armadura, a fin de que sepan todos que de ser
huéspedes paternos nos gloriamos.
232 Habiendo hablado así, descendieron de los carros y se estrecharon la mano en
prueba de amistad. Entonces Zeus Cronida hizo perder la razón a Glauco; pues permutó
sus armas por las de Diomedes Tidida, las de oro por las de bronce, las valoradas en cien
bueyes por las que en nueve se apreciaban.
237 Al pasar Héctor por la encina y las puertas Esceas, acudieron corriendo las esposas
a hijas de los troyanos y preguntáronle por sus hijos, hermanos, amigos y esposos; y él les encargó que unas tras otras orasen a los dioses, porque para muchas eran inminentes las
desgracias.
242 Cuando llegó al magnífico palacio de Príamo, provisto de bruñidos pórticos (en él
había cincuenta cámaras de pulimentada piedra, seguidas, donde dormían los hijos de Prí-
amo con sus legítimas esposas; y enfrente, dentro del mismo patio, otras doce construidas
igualmente con sillares, continuas y techadas, donde se acostaban los yernos de Príamo y
sus castas mujeres), le salió al encuentro su alma madre que iba en busca de Laódice, la
más hermosa de las princesas; y, asiéndole de la mano, le dijo:
254 -¡Hijo! ¿Por qué has venido, dejando el áspero combate? Sin duda los aqueos, de
aborrecido nombre, deben de estrecharnos, combatiendo alrededor de la ciudad, y tu co-
razón lo ha impulsado a volver con el fin de levantar desde la acrópolis las manos a Zeus.
Pero, aguarda, traeré vino dulce como la miel para que primeramente lo libes al padre
Zeus y a los demás inmortales, y luego te aproveche también a ti, si bebes. El vino
aumenta mucho el vigor del hombre fatigado y tú lo estás de pelear por los tuyos.
263 Respondióle el gran Héctor, el de tremolante casco:
264 -No me des vino dulce como la miel, veneranda madre; no sea que me enerves y
me prives del valor, y yo me olvide de mi fuerza. No me atrevo a libar el negro vino en
honor de Zeus sin lavarme las manos, ni es lícito orar al Cronión, el de las sombrías
nubes, cuando uno está manchado de sangre y polvo. Pero tú congrega a las matronas,
llévate perfumes, y, entrando en el templo de Atenea, que impera en las batallas, pon
sobre las rodillas de la deidad de hermosa cabellera el peplo mayor, más lindo y que más
aprecies de cuantos haya en el palacio; y vota a la diosa sacrificar en su templo doce
vacas de un año, no sujetas aún al yugo, si, apiadándose de la ciudad y de las esposas y
tiernos niños de los troyanos, aparta de la sagrada Ilio al hijo de Tideo, feroz guerrero,
cuya valentía causa nuestra derrota. Encamínate, pues, al templo de Atenea, que impera
en las batallas, y yo iré a la casa de Paris a llamarlo, si me quiere escuchar. ¡Así la tierra
se lo tragara! Criólo el Olímpico como una gran plaga para los troyanos y el magnánimo
Príamo y sus hijos. Creo que, si le viera descender al Hades, mi alma se olvidaría de los
enojosos pesares.
286 Así dijo. Hécuba, volviendo al palacio, llamó a las esclavas, y éstas anduvieron por
la ciudad y congregaron a las matronas; bajó luego al fragante aposento donde se guarda-
ban los peplos bordados, obra de las mujeres que se había llevado de Sidón el deiforme
Alejandro en el mismo viaje por el ancho ponto en que se llevó a Helena, la de nobles pa-
dres; tomó, para ofrecerlo a Atenea, el peplo mayor y más hermoso por sus bordaduras,
que resplandecía como un astro y se hallaba debajo de todos, y partió acompañada de mu-
chas matronas.
297 Cuando llegaron a la acrópolis, abrióles las puertas del templo de Atenea Teano, la
de hermosas mejillas, hija de Ciseide y esposa de Anténor, domador de caballos, a la cual
habían elegido los troyanos sacerdotisa de Atenea. Todas, con lúgubres lamentos,
levantaron las manos a la diosa. Teano, la de hermosas mejillas, tomó el peplo, lo puso
sobre las rodillas de Atenea, la de hermosa cabellera, y orando rogó así a la hija del gran
Zeus:
305 -¡Veneranda Atenea, protectora de la ciudad, divina entre las diosas! ¡Quiébrale la
lanza a Diomedes y concédenos que caiga de pechos en el suelo, ante las puertas Esceas,
para que to sacrifiquemos en este templo doce vacas de un año, no sujetas aún al yugo, si
de este modo to apiadas de la ciudad y de las esposas y tiernos niños


 

 
 

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