de los troyanos!
311 Así dijo rogando, pero Palas Atenea no accedió. Mientras invocaban
de este modo
a la hija del gran Zeus, Héctor se encaminó al magnífico
palacio que para Alejandro
había labrado él mismo con los más hábiles constructores
de la fértil Troya; éstos le
hicieron una cámara nupcial, una sala y un patio, en la acrópolis,
cerca de los palacios de
Príamo y de Héctor. A11í entró Héctor, caro
a Zeus, llevando una lanza de once codos,
cuya broncínea y reluciente punta estaba sujeta por áureo anillo.
En la cámara halló a
Alejandro que acicalaba las magníficas armas, escudo y coraza, y probaba
el corvo arco;
y a la argiva Helena, que, sentada entre sus esclavas, ocupábalas en
primorosas labores. Y
en viendo a aquél, increpólo con injuriosas palabras:
326 -¡Desgraciado! No es decoroso que guardes en el corazón ese
rencor. Los hombres
perecen combatiendo al pie de los altos muros de la ciudad; el bélico
clamor y la lucha se
encendieron por tu causa alrededor de nosotros, y tú mismo reconvendrías
a quien cejara
en la pelea horrenda. Ea, levántate. No sea que la ciudad llegue a ser
pasto de las voraces
llamas.
332 Respondióle el deiforme Alejandro:
333 -¡Héctor! Justos y no excesivos son tus baldones, y por lo
mismo voy a contestarte.
Atiende y óyeme. Permanecía aquí, no tanto por estar airado
o resentido con los troyanos,
cuanto porque deseaba entregarme al dolor. En este instante mi esposa me exhortaba
con
blandas palabras a volver al combate; y también a mí me parece
preferible, porque la vic-
toria tiene sus alternativas para los guerreros. Ea, pues, aguarda, y visto
las marciales
armas; o vete y te sigo, y creo que lograré alcanzarte.
342 Así dijo. Héctor, el de tremolante casco, nada contestó.
Y Helena hablóle con
dulces palabras:
3- -¡Cuñado mío, de esta perra maléfica y abominable!
¡Ojalá que, cuando mi madre
me dio a luz, un viento tempestuoso se me hubiese llevado al monte o al estruendoso
mar,
para hacerme juguete de las olas, antes que tales hechos ocurrieran! Y ya que
los dioses
determinaron causar estos males, debió tocarme ser esposa de un varón
más fuerte, a
quien dolieran la indignación y los muchos baldones de los hombres. Éste
ni tiene
firmeza de ánimo ni la tendrá nunca, y creo que recogerá
el debido fruto. Pero entra y
siéntate en esta silla, cuñado, que la fatiga te oprime el corazón
por mí, perra, y por la
falta de Alejandro; a quienes Zeus nos dio mala suerte a fin de que a los venideros
les
sirvamos de asunto para sus cantos.
359 Respondióle el gran Héctor, el de tremolante casco:
360-No me ofrezcas asiento, Helena, aunque me aprecies, pues no lograrás
persuadirme: ya mi corazón desea socorrer a los troyanos que me aguardan
con
impaciencia. Pero tú haz levantar a ése y él mismo se dé
prisa para que me alcance dentro
de la ciudad, mientras voy a mi casa y veo a los criados, a la esposa querida
y al tierno
niño; que ignoro si volveré de la batalla, o los dioses dispondrán
que sucumba a manos de
los aqueos.
369 Apenas hubo dicho estas palabras, Héctor, el de tremolante casco,
se fue. Llegó en
seguida a su palacio, que abundaba de gente, mas no encontró a Andrómaca,
la de níveos
brazos, pues con el niño y la criada de hermoso peplo estaba en la torre
llorando y
lamentándose. Héctor, como no hallara dentro a su excelente esposa,
detúvose en el
umbral y habló con las esclavas:
376 -¡Ea, esclavas, decidme la verdad! ¿Adónde ha ido Andrómaca,
la de níveos
brazos, desde el palacio? ¿A visitar a mis hermanas o a mis cuñadas
de hermosos peplos?
¿O, acaso, al templo de Atenea, donde las troyanas, de lindas trenzas,
aplacan a la terrible
diosa?
381 Respondióle con estas palabras la fiel despensera:
382 -¡Héctor! Ya que tanto nos mandas decir la verdad, no fue a
visitar a tus hermanas
ni a tus cuñadas de hermosos peplos, ni al templo de Atenea, donde las
troyanas, de
lindas trenzas, aplacan a la terrible diosa, sino que subió a la gran
torre de Ilio, porque
supo que los troyanos llevaban la peor parte y era grande el ímpetu
de los aqueos. Partió
hacia la muralla, ansiosa, como loca, y con ella se fue la nodriza que lleva
el niño.
390 Así habló la despensera, y Héctor, saliendo presuroso
de la casa, desanduvo el
camino por las bien trazadas calles. Tan luego como, después de atravesar
