Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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144 Respondióle el preclaro hijo de Hipóloco:
145 -¡Magnánimo Tidida! ¿Por qué me interrogas sobre el abolengo? Cual la
generación de las hojas, así la de los hombres. Esparce el viento las hojas por el suelo, y
la selva, reverdeciendo, produce otras al llegar la primavera: de igual suerte, una
generación humana nace y otra perece. Pero ya que deseas saberlo, te diré cuál es mi
linaje, de muchos conocido. Hay una ciudad llamada Éfira en el riñón de Argos, criadora
de caballos, y en ella vivía Sísifo Eólida, que fue el más ladino de los hombres. Sísifo
engendró a Glauco, y éste al eximio Belerofonte, a quien los dioses concedieron gentileza
y envidiable valor. Mas Preto, que era muy poderoso entre los argivos, pues Zeus los
había sometido a su cetro, hízole blanco de sus maquinaciones y to echó de la ciudad. La
divina Antea, mujer de Preto, había deseado con locura juntarse clandestinamente con
Belerofonte; pero no pudo persuadir al prudente héroe, que sólo pensaba en cosas honestas, y mintiendo dijo al rey Preto: «¡Preto! Ojalá te mueras, o mata a Belerofonte,
que ha querido juntarse conmigo, sin que yo lo deseara.» Así dijo. El rey se encendió en
ira al oírla; y, si bien se abstuvo de matar a aquél por el religioso temor que sintió su
corazón, le envió a la Licia; y, haciendo mortíferas señales en una tablita que se doblaba,
entrególe los perniciosos signos con orden de que los mostrase a su suegro para que éste
lo perdiera. Belerofonte, poniéndose en camino debajo del fausto patrocinio de los dioses,
llegó a la vasta Licia y a la corriente del Janto: el rey recibióle con afabilidad, hospedóle
durante nueve días y mandó matar otros tantos bueyes; pero, al aparecer por décima vez
la Aurora, la de rosáceos dedos, lo interrogó y quiso ver la nota que de su yerno Preto le
traía. Y así que tuvo la funesta nota, ordenó a Belerofonte que lo primero de todo matara
a la ineluctable Quimera, ser de naturaleza no humana, sino divina, con cabeza de león,
cola de dragón y cuerpo de cabra, que respiraba encendidas y horribles llamas; y aquél le
dio muerte, alentado por divinales indicaciones. Luego tuvo que luchar con los afamados
sólimos, y decía que éste fue el más recio combate que con hombres sostuvo. En tercer
lugar quitó la vida a las varoniles amazonas. Y, cuando regresaba a la ciudad, el rey,
urdiendo otra dolosa trama, armóle una celada con los varones más fuertes que halló en la
espaciosa Licia; y ninguno de éstos volvió a su casa, porque a todos les dio muerte. el
eximio Belerofonte. Comprendió el rey que el héroe era vástago ilustre de alguna deidad
y lo retuvo allí, lo casó con su hija y compartió con él la dignidad regia; los licios, a su
vez, acotáronle un hermoso campo de frutales y sembradío que a los demás aventajaba,
para que pudiese cultivarlo. Tres hijos dio a luz la esposa del aguerrido Belerofonte:
Isandro, Hipóloco y Laodamia; y ésta, amada por el próvido Zeus, dio a luz al deiforme
Sarpedón, que lleva armadura de bronce. Cuando Belerofonte se atrajo el odio de todas
las deidades, vagaba solo por los campos de Alea, royendo su ánimo y apartándose de los
hombres; Ares, insaciable de pelea, hizo morir a Isandro en un combate con los afamados
sólimos, y Artemis, la que usa riendas de oro, irrítada, mató a su hija. A mí me engendró
Hipóloco -de éste, pues, soy hijo- y envióme a Troya, recomendándome muy mucho que
descollara y sobresaliera siempre entre todos y no deshonrase el linaje de mis
antepasados, que fueron los hombres más valientes de Efira y la extensa Licia. Tal alcur-
nia y tal sangre me glorío de tener.
212 Así dijo. Alegróse Diomedes, valiente en el combate; y, clavando la pica en el
almo suelo, respondió con cariñosas palabras al pastor de hombres:
213 -Pues eres mi antiguo huésped paterno, porque el divino Eneo hospedó en su
palacio al eximio Belorofonte, le tuvo consigo veinte días y ambos se obsequiaron con
magníficos presentes de hospitalidad. Eneo dio un vistoso tahalí teñido de púrpura, y
Belerofonte una áurea copa de doble asa, que en mi casa quedó cuando me vine. A Tideo
no lo recuerdo; dejóme muy niño al salir para Teba, donde pereció el ejército aqueo. Soy,
por consiguiente, tu caro huésped en el centro de Argos, y tú lo serás mío en la Licia
cuando vaya a to pueblo. En adelante no nos acometamos con la lanza por entre la turba.
Muchos troyanos y aliados ilustres me restan, para matar a quien, por la voluntad de un
dios, alcance en la carrera; y asimismo te quedan muchos aqueos, para quitar


 

 
 

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