814 Y, respondiéndole, el fuerte Diomedes le dijo:
815 -Te conozco, oh diosa, hija de Zeus, que lleva la égida. Por esto
te hablaré gustoso,
sin ocultarte nada. No me domina el exánime terror ni flojedad alguna;
pero recuerdo
todavía las órdenes que me diste. No me dejabas combatir con los
bienaventurados
dioses; pero, si Afrodita, hija de Zeus, se presentara en la pelea, debía
herirla con el
agudo bronce, Pues bien: ahora retrocedo y he mandado que todos los argivos
se
replieguen aquí, porque comprendo que Ares impera en la batalla.
825 Contestóle Atenea, la diosa de ojos de lechuza:
826 -¡Diomedes Tidida, carísimo a mi corazón! No temas a
Ares ni a ninguno de los
inmortales; tanto te voy a ayudar. Ea, endereza los solípedos caballos
a Ares el primero,
hiérele de cerca y no respetes al furibundo dios, a ese loco voluble
y nacido para dañar,
que a Hera y a mí nos prometió combatir contra los troyanos en
favor de los argivos y
ahora está con aquéllos y se ha olvidado de sus palabras.
835 Apenas hubo dicho estas palabras, asió de la mano a Esténelo,
que saltó diligente
del carro a tierra. Montó la enardecida diosa, colocándose al
lado del ilustre Diomedes, y
el eje de encina recrujió a causa del peso porque llevaba a una diosa
terrible y a un varón
fortísimo. Palas Atenea, habiendo recogido el látigo y las riendas,
guió los solípedos
caballos hacia Ares el primero; el cual quitaba la vida al gigantesco Perifante,
preclaro
hijo de Oquesio y el más valiente de los etolios. A tal varón
mataba Ares, manchado de
homicidios; y Atenea se puso el casco de Hades para que el furibundo dios no
la
conociera.
846 Cuando Ares, funesto a los mortales, vio al ilustre Diomedes, dejó
al gigantesco
Perifante tendido donde le había muerto y se encaminó hacia Diomedes,
domador de
caballos. Al hallarse a corta distancia, Ares, que deseaba quitar la vida a
Diomedes, le
dirigió la broncínea lanza por cima del yugo y las riendas; pero
Atenea, la diosa de ojos
de lechuza, cogiéndola y alejándola del carro, hizo que aquél
diera el golpe en vano. A su
vez Diomedes, valiente en el combate, atacó a Ares con la broncínea
lanza, y Palas
Atenea, apuntándola a la ijada del dios, donde el cinturón le
ceñía, hirióle, desgarró el
hermoso cutis y retiró el arma. El broncíneo Ares clamó
como gritarían nueve o diez mil
hombres que en la guerra llegaran a las manos; y temblaron, amedrentados, aqueos
y
troyanos. ¡Tan fuerte bramó Ares, insaciable de combate!
864 Cual vapor sombrío que se desprende de las nubes por la acción
de un impetuoso
viento abrasador, tal le parecía a Diomedes Tidida el broncíneo
Ares cuando, cubierto de
niebla, se dirigía al anchuroso cielo. El dios llegó en seguida
al alto Olimpo, mansión de
las deidades; se sentó, con el corazón afligido, al lado de Zeus
Cronión, mostró la sangre
inmortal que manaba de la herida, y suspirando dijo estas aladas palabras:
872 -¡Padre Zeus! ¿No te indignas al presenciar tan atroces hechos?
Siempre los dioses
hemos padecido males horribles que recíprocamente nos causamos para complacer
a los
hombres; pero todos estamos airados contigo, porque engendraste una hija loca,
funesta,
que sólo se ocupa en acciones inicuas. Cuantos dioses hay en el Olimpo,
todos te
obedecen y acatan; pero a ella no la sujetas con palabras ni con obras, sino
que la
instigas, por ser tú el padre de esa hija perniciosa que ha movido al
insolente Diomedes,
hijo de Tideo, a combatir, en su furia, con los inmortales dioses. Primero hirió
de cerca a
Cipris en el puño, y después, cual si fuese un dios, arremetió
contra mí. Si no llegan a
salvarme mis ligeros pies, hubiera tenido que sufrir padecimientos durante largo
tiempo
entre espantosos montones de cadáveres, o quedar inválido, aunque
vivo, a causa de las
heridas que me hiciera el bronce.
888 Mirándolo con torva faz, respondió Zeus, que amontona las
nubes:
889 -¡Inconstante! No te lamentes, sentado junto a mí, pue me eres
más odioso que
ningún otro de los dioses del Olimpo. Siempre te han gustado las riñas,
luchas y peleas, y
tienes el espíritu soberbio, que nunca cede, de tu madre Hera a quien
apenas puedo
dominar con mis palabras. Creo que cuanto te ha ocurrido lo debes a sus consejos.
Pero
no permitiré que los dolores te atormenten, porque eres de mi linaje
y para mí te parió tu
madre. Si, siendo tan perverso hubieses nacido de algún otro dios, tiempo
ha que estaría
