Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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en el palacio de su
padre, el hermoso peplo bordado que ella misma había tejido y labrado con sus manos;
vistió la túnica de Zeus, que amontona las nubes, y se armó para la luctuosa guerra.
Suspendió de sus hombros la espantosa égida floqueada que el terror corona: allí están la
Discordia, la Fuerza y la Persecución horrenda; a11í la cabeza de la Gorgona, monstruo
cruel y horripilante, portento de Zeus, que Ileva la égida. Cubrió su cabeza con áureo
casco de doble cimera y cuatro abolladuras, apto para resistir a la infantería de cien
ciudades. Y, subiendo al flamante carro, asió la lanza ponderosa, larga, fornida, con que
la hija del prepotente padre destruye filas enteras de héroes cuando contra ellos monto en
cólera. Hera picó con el látigo a los corceles, y de propio impulso abriéronse rechinando
las puertas del cielo de que cuidan las Horas -a ellas está confiado el espacioso cielo y el
Olimpo- para remover o colocar delante la densa nube. Por a11í, por entre las puertas,
dirigieron los corceles dóciles al látigo y hallaron al Cronión, sentado aparte de los otros
dioses, en la más alta de las muchas cumbres del Olimpo. Hera, la diosa de los níveos
brazos, detuvo entonces los corceles, para hacer esta pregunta al excelso Zeus Cronida:
757 -¡Padre Zeus! ¿No te indignas contra Ares al presenciar sus atroces hechos?
¡Cuántos y cuáles varones aqueos ha hecho perecer temeraria a injustamente! Yo me
afijo, y Cipris y Apolo, que lleva arco de plata, se alegran de haber excitado a ese loco
que no conoce ley alguna. Padre Zeus, ¿te irritarás conmigo si a Ares le ahuyento del
combate causándole funestas heridas?
764 Respondióle Zeus, que amontona las nubes:
765 -Ea, aguija contra él a Atenea, que impera en las batallas, pues es quien suele
causarle más vivos dolores.
767 Así dijo. Hera, la diosa de los níveos brazos, le obedeció, y picó a los corceles, que
volaron gozosos entre la tierra y el estrellado cielo. Cuanto espacio alcanza a ver el que,
sentado en alta cumbre, fija sus ojos en el vinoso ponto, otro tanto salvan de un brinco los
caballos, de sonoros relinchos, de los dioses. Tan luego como ambas deidades llegaron a
Troya, Hera, la diosa de los níveos brazos, paró el carro en el lugar donde los dos ríos
Simoente y Escamandro juntan sus aguas; desunció los corceles, cubriólos de espesa
niebla, y el Simoente hizo nacer la ambrosía para que pacieran.
778 Las diosas empezaron a andar, semejantes en el paso a tímidas palomas,
impacientes por socorrer a los argivos. Cuando llegaron al sitio donde estaba el fuerte
Diomedes, domador de caballos, con los más y mejores de los adalides que parecían
carniceros leones o puercos monteses, cuya fuerza es grande, se detuvieron; y Hera, la
diosa de los níveos brazos, tomando el aspecto del magnánimo Esténtor, que tenía
vozarrón de bronce y gritaba tanto como otros cincuenta, exclamó:
787 -¡Qué vergüenza, argivos, hombres sin dignidad, admirables sólo por la figura!
Mientras el divino Aquiles asistía a las batallas, los troyanos, amedrentados por su formidable pica, no pasaban de las puertas dardanias; y ahora combaten lejos de la
ciudad, junto a las cóncavas naves.
792 Con tales palabras les excitó a todos el valor y la fuerza. Atenea, la diosa de ojos de
lechuza, fue en busca del Tidida y halló a este príncipe junto a su carro y sus corceles,
refrescando la herida que Pándaro con una flecha le había causado. El sudor le molestaba
debajo de la ancha abrazadera del redondo escudo, cuyo peso sentía el héroe; y, alzando
éste con su cansada mano la correa, se enjugaba la denegrida sangre. La diosa apoyó la
diestra en el yugo de los caballos y dijo:
800 -¡Cuán poco se parece a su padre el hijo de Tideo! Era éste de pequeña estatura,
pero belicoso. Y aunque no le dejase combatir ni señalarse -como en la ocasión en que,
habiendo ido por embajador a Teba, se encontró lejos de los suyos entre multitud de
cadmeos y le di orden de que comiera tranquilo en el palacio-, conservaba siempre su es-
píritu valeroso, y, desafiando a los jóvenes cadmeos, los vencía fácilmente en toda clase
de luchas. ¡De tal modo lo protegía! Ahora es a ti a quien asisto y defiendo, exhortándote
a pelear animosamente con los troyanos. Mas, o el excesivo trabajo de la guerra ha
fatigado tus miembros, o te domina el exánime terror. No, tú no eres el hijo del aguerrido
Tideo Enida.


 

 
 

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