Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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no quiso entregarle
los caballos por los que había venido de tan lejos. Pero yo te digo que la perdición y la
negra muerte de mi mano te vendrán; y muriendo, herido por mi lanza, me darás gloria, y
a Hades, el de los famosos corceles, el alma.
655 Así dijo Sarpedón, y Tlepólemo alzó la lanza de fresno. Las luengas lanzas
partieron a un mismo tiempo de las manos. Sarpedón hirió a Tlepólemo: la dañosa punta
atravesó el cuello, y las tinieblas de la noche velaron los ojos del guerrero. Tlepólemo dio
con su gran lanza en el muslo izquierdo de Sarpedón y el bronce penetró con ímpetu
hasta el hueso; pero todavía su padre lo libró de la muerte.
663 Los ilustres compañeros de Sarpedón, igual a un dios, sacáronlo del combate, con
la gran lanza que, al arrastrarse, le pesaba; pues con la prisa nadie advirtió la lanza de
Fresno, ni pensó en arrancársela del muslo, para que aquél pudiera subir al carro. Tanta
era la fatiga con que to cuidaban.
668 A su vez, los aqueos, de hermosas grebas, se llevaron del campo a Tlepólemo. El
divino Ulises, de ánimo paciente, violo, sintió que se le enardecía el corazón, y revolvió
en su mente y en su espíritu si debía perseguir al hijo de Zeus tonante o privar de la vida a
muchos licios. No le había concedido el hado al magnánimo Ulises matar con el agudo
bronce al esforzado hijo de Zeus, y por esto Atenea le inspiró que acometiera a la
multitud de los licios. Mató entonces a Cérano, Alástor, Cromio, Alcandro, Halio,
Noemón y Prítanis, y aun a más licios hiciera morir el divino Ulises, si no lo hubiese
notado muy presto el gran Héctor, el de tremolante casco; el cual, cubierto de luciente
bronce, se abrió calle por los combatientes delanteros a infundió terror a los dánaos.
Holgóse de su llegada Sarpedón, hijo de Zeus, y profirió estas lastimeras palabras:
684 -¡Priámida! No permitas que yo, tendido en el suelo, llegue a ser presa de los
dánaos; socórreme y pierda la vida luego en vuestra ciudad, ya que no he de alegrar,
volviendo a mi casa y a la patria tierra, ni a mi esposa querida ni al tierno infante.
689 Así dijo. Héctor, el de tremolante casco, pasó corriendo, sin responderle, porque
ardía en deseos de rechazar cuanto antes a los argivos y quitar la vida a muchos
guerreros. Los ilustres camaradas de Sarpedón, igual a un dios, lleváronlo al pie de una
hermosa encina consagrada a Zeus, que lleva la égida; y el valeroso Pelagonte, su
compañero amado, le arrancó del muslo la lanza de fresno. Amortecido quedó el héroe y
obscura niebla cubrió sus ojos; pero pronto volvió en su acuerdo, porque el soplo del
Bóreas lo reanimó cuando ya apenas respirar podía.
699 Los argivos, al acometerlos Ares y Héctor armado de bronce, ni se volvían hacia
las negras naves, ni rechazaban el ataque, sino que se batían en retirada desde que
supieron que aquel dios se hallaba con los troyanos.
703 ¿Cuál fue el primero, cuál el último de los que entonces mataron Héctor, hijo de
Príamo, y el broncíneo Ares? Teutrante, igual a un dios; Orestes, aguijador de caballos;
Treco, lancero etolio; Enómao; Héleno Enópida y Oresbio, el de tremolante mitra, quien,
muy ocupado en cuidar de sus bienes, moraba en Hila, a orillas del lago Cefisis, con otros
beocios que constituían un opulento pueblo.
711 Cuando Hera, la diosa de níveos brazos, vio que ambos mataban a muchos argivos
en el duro combate, dijo a Atenea estas aladas palabras: 714 -¡Oh dioses! ¡Hija de Zeus, que lleva la égida! ¡Indómita! Vana será la promesa
que hicimos a Menelao de que no se iría sin destruir la bien murada Ilio, si dejamos que
el pernicioso Ares ejerza sus furores. Ea, pensemos en prestar al héroe poderoso auxilio.
719 Dijo; y Atenea, la diosa de ojos de lechuza, no desobedeció. Hera, deidad
veneranda hija del gran Crono, aparejó los corceles con sus áureas bridas, y Hebe puso
diligentemente en el férreo eje, a ambos lados del carro, las corvas ruedas de bronce que
tenían ocho rayos. Era de oro la indestructible pina, de bronce las ajustadas admirables
llantas, y de plata los torneados cubos. El asiento descansaba sobre tiras de oro y de plata,
y un doble barandal circundaba el carro. Por delante salía argéntea lanza, en cuya punta
ató la diosa un hermoso yugo de oro con bridas de oro también; y Hera, que anhelaba el
combate y la pelea, unció los corceles de pies ligeros.
733 Atenea, hija de Zeus, que lleva la égida, dejó caer al suelo,


 

 
 

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