Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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hombres; Eneas, al ver a los dos varones que estaban juntos, aunque era luchador brioso,
no se atrevió a esperarlos; y ellos pudieron llevarse hacia los aqueos los cadáveres de
aquellos infelices, ponerlos en las manos de sus amigos y volver a combatir en el punto
más avanzado.
576 Entonces mataron a Pilémenes, igual a Ares, caudillo de los valientes y escudados
paflagones: el Atrida Menelao, famoso por su pica, envasóle la lanza junto a la clavícula.
Antíloco hirió de una pedrada en el codo al buen escudero Midón Atimníada, cuando éste
revolvía los solípedos caballos -las ebúrneas riendas cayeron de sus manos al polvo-, y,
acometiéndolo con la espada, le dio un tajo en las sienes. Midón, anhelante, cayó del bien
construido carro: hundióse su cabeza con el cuello y parte de los hombros en la arena que
a11í abundaba, y así permaneció un buen espacio hasta que los corceles, pataleando, lo
tiraron al suelo; Antíloco se apoderó del carro, picó a los corceles, y se los llevó al
campamento aqueo.
590 Héctor atisbó a los dos guerreros en las filas, arremetió a ellos, gritando, y lo
siguieron las fuertes falanges troyanas que capitaneaban Ares y la venerable Enio; ésta
promovía el horrible tumulto de la pelea; Ares manejaba una lanza enorme, y ya precedía
a Héctor, ya marchaba detrás del mismo.
596 Al verlo, estremecióse Diomedes, valiente en el combate. Como el inexperto
viajero, después que ha atravesado una gran llanura, se detiene al llegar a un río de rápida
corriente que desemboca en el mar, percibe el murmurio de las espumosas aguas y vuelve
con presteza atrás, de semejante modo retrocedió el Tidida, gritando a los suyos:
601 -¡Oh amigos! ¿Cómo nos admiramos de que el divino Héctor sea hábil lancero y
audaz luchador? A su lado hay siempre alguna deidad para librarlo de la muerte, y ahora
es Ares, transfigurado en mortal, quien lo acompaña. Emprended la retirada, con la cara
vuelta hacia los troyanos, y no queráis combatir denodadamente con los dioses.
607 Así dijo. Los troyanos llegaron muy cerca de ellos, y Héctor mató a dos varones
diestros en la pelea que iban en un mismo carro: Menestes y Anquíalo. Al verlos
derribados por el suelo, compadecióse el gran Ayante Telamonio; y, deteniéndose muy
cerca del enemigo, arrojó la pica reluciente a Anfio, hijo de Sélago, que moraba en Peso,
era riquísimo en bienes y sembrados y había ido -impulsábale el hado- a ayudar a Príamo
y sus hijos. Ayante Telamonio acertó a darle en el cinturón, la larga pica se clavó en el
empeine, y el guerrero cayó con estrépito. Corrió el esclarecido Ayante a despojarlo de
las armas -los troyanos hicieron llover sobre el héroe agudos relucientes dardos, de los
cuales recibió muchos el escudo-, y, poniendo el pie encima del cadáver, arrancó la
broncínea lanza; pero no pudo quitarle de los hombros la magnífica armadura, porque
estaba abrumado por los tiros. Temió verse encerrado dentro de un fuerte círculo por los
arrogantes troyanos, que en gran número y con valentía le enderezaban sus lanzas; y,
aunque era corpulento, vigoroso a ilustre, fue rechazado y hubo de retroceder.
627 Así se portaban éstos en el duro combate. El hado poderoso llevó contra Sarpedón,
igual a un dios, a Tlepólemo Heraclida, valiente y de gran estatura. Cuando ambos hé-
roes, hijo y nieto de Zeus, que amontona las nubes, se hallaron frente a frente, Tlepólemo
fue el primero en hablar y dijo:
633 -¡Sarpedón, príncipe de los licios! ¿Qué necesidad tienes, no estando ejercitado en
la guerra, de venir a temblar? Mienten cuantos afirman que eres hijo de Zeus, que lleva la
égida, pues desmereces mucho de los varones engendrados en tiempos anteriores por este
dios, como dicen que fue mi intrépido padre, el fornido Heracles, que resistía audazmente
y tenía el ánimo de un león; el cual, habiendo venido por los caballos de Laomedonte, con seis solas naves y pocos hombres, consiguió saquear la ciudad y despoblar sus calles.
Pero tú eres de ánimo apocado, dejas que las tropas perezcan, y no creo que tu venida de
la Licia sirva para la defensa de los troyanos por muy vigoroso que seas; pues, vencido
por mí, entrarás por las puertas del Hades.
647 Respondióle Sarpedón, caudillo de los licios:
648 -¡Tlepólemo! Aquél destruyó, con efecto, la sacra Ilio a causa de la perfidia del
ilustre Laomedonte, que pagó con injuriosas palabras sus beneficios y


 

 
 

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