Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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y noche y
supliques a los caudillos de los auxiliares venidos de lejas tierras, que resistan firmemente
y no se hagan acreedores a graves censuras. 493 Así habló Sarpedón. Sus palabras royéronle el ánimo a Héctor, que en seguida saltó
del carro al suelo, sin dejar las armas; y, blandiendo un par de afiladas picas, recorrió el
ejército, animóle a combatir y promovió una terrible pelea. Los troyanos volvieron la cara
a los aqueos para embestirlos, y los argivos sostuvieron apiñados la acometida y no se
arredraron. Como en el abaleo, cuando la rubia Deméter separa el grano de la paja al
soplo del viento, el aire lleva el tamo por las sagradas eras y los montones de paja
blanquean; del mismo modo los aqueos se tornaban blanquecinos por el polvo que
levantaban hasta el cielo de bronce los pies de los corceles de cuantos volvían a
encontrarse en la refriega. Los aurigas guiaban los caballos al combate y los guerreros
acometían de frente con toda la fuerza de sus brazos. El furibundo Ares cubrió el campo
de espesa niebla para socorrer a los troyanos y a todas partes iba; cumpliendo así el
encargo que le hizo Febo Apolo, el de la áurea espada, de que excitara el ánimo de
aquéllos, cuando vio que Palas Atenea, la protectora de los dánaos, se ausentaba.
512 El dios sacó a Eneas del suntuoso templo; e, infundiendo valor al pastor de
hombres, le dejó entre sus compañeros, que se alegraron de verlo vivo, sano y revestido
de valor; pero no le preguntaron nada, porque no se lo permitía el combate suscitado por
el dios del arco de plata, por Ares, funesto a los mortales, y por la Discordia, cuyo furor
es insaciable.
519 Ambos Ayantes, Ulises y Diomedes enardecían a los dánaos en la pelea; y éstos, en
vez de atemorizarse ante la fuerza y las voces de los troyanos, aguardábanlos tan firmes
como las nubes que el Cronida deja inmóviles en las cimas de los montes durante la
calma, cuando duermen el Bóreas y demás vientos fuertes que con sonoro soplo disipan
los pardos nubarrones; tan firmemente esperaban los dánaos a los troyanos, sin pensar en
la fuga. El Atrida bullía entre la muchedumbre y a todos exhortaba:
529 -¡Oh amigos! ¡Sed hombres, mostrad que tenéis un corazón esforzado y
avergonzaos de parecer cobardes en el duro combate! De los que sienten este temor, son
más los que se salvan que los que mueren; los que huyen ni alcanzan gloria, ni entre sí se
ayudan.
533 Dijo, y despidiendo con ligereza el dardo hirió al caudillo Deicoonte Pergásida,
compañero del magnánimo Eneas; a quien veneraban los troyanos como a la prole de
Príamo, por su arrojo en pelear en las primeras filas. El rey Agamenón acertó a darle un
bote en el escudo, que no logró detener el dardo; éste lo atravesó, y, rasgando el cinturón,
clavóse el bronce en el empeine del guerrero. Deicoonte cayó con estrépito y sus armas
resonaron.
541 Eneas mató a dos hijos de Diocles, Cretón y Orsíloco, varones valentísimos, cuyo
padre vivía en la bien construida Fera abastado de bienes, y era descendiente del
anchuroso Alfeo, que riega el país de los pilios. El Alfeo engendró a Ortíloco, que reinó
sobre muchos hombres; Ortíloco fue padre del magnánimo Diocles, y de éste nacieron los
dos mellizos Cretón y Orsíloco, diestros en toda especie de combates; quienes, apenas
llegados a la juventud, fueron en negras naves y junto con los argivos a Ilio, la de
hermosos corceles, para vengar a los Atridas Agamenón y Menelao, y allí hallaron su fin,
pues los envolvió la muerte. Como dos leones, criados por su madre en la espesa selva de
la cumbre de un monte, devastan los establos, robando bueyes y pingües ovejas, hasta
que los hombres los matan con afilado bronce; del mismo modo, aquéllos, que parecían
altos abetos, cayeron vencidos por las manos de Eneas.
561 Al verlos derribados en el suelo, condolióse Menelao, caro a Ares, y en seguida,
revestido de luciente bronce y blandiendo la lanza, se abrió camino por las primeras filas:
Ares le excitaba el valor para que sucumbiera a manos de Eneas. Pero Antíloco, hijo del
magnánimo Néstor, que lo advirtió, se fue en pos del pastor de hombres temiendo que le ocurriera algo y les frustrara la empresa. Cuando los dos guerreros, deseosos de pelear,
calaban las agudas lanzas para acometerse, colocóse Antíloco muy cerca del pastor de


 

 
 

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