Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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naves. Acto
continuo el héroe subió al carro, asió las lustrosas riendas y guió solícito hacia el Tidida
los caballos de duros cascos. El héroe perseguía con el cruel bronce a Cipris, conociendo
que era una deidad débil, no de aquéllas que imperan en el combate de los hombres,
como Atenea o Enio, asoladora de ciudades. Tan pronto como llegó a alcanzarla por entre
la multitud, el hijo del magnánimo Tideo, calando la afilada pica, rasguñó la tierna mano
de la diosa: la punta atravesó el peplo divino, obra de las mismas Gracias, y rompió la
piel de la palma. Brotó la sangre divina, o por mejor decir, el icor; que tal es lo que tienen
los bienaventurados dioses, pues no comen pan ni beben el negro vino, y por esto carecen
de sangre y son llamados inmortales. La diosa, dando una gran voz, apartó a su hijo, que
Febo Apolo recibió en sus brazos y envolvió en espesa nube; no fuera que alguno de los
dánaos, de ágiles corceles, clavándole el bronce en el pecho, le quitara la vida. Y
Diomedes, valiente en el combate, dijo a voz en cuello:
348 -¡Hija de Zeus, retírate del combate y la pelea! ¿No te basta engañar a las débiles
mujeres? Creo que, si intervienes en la batalla, te dará horror la guerra, aunque te
encuentres a gran distancia de donde la haya. 352 Así dijo. La diosa retrocedió turbada y muy afligida; Iris, de pies veloces como el
viento, asiéndola por la mano, la sacó del tumulto cuando ya el dolor la abrumaba y el
hermoso cutis se ennegrecía; y como aquélla encontrara al furibundo Ares sentado a la
izquierda de la batalla, con la lanza y los veloces caballos envueltos en una nube, se hincó
de rodillas y pidióle con instancia los corceles de áureas bridas:
359 -¡Querido hermano! Compadécete de mí y dame los caballos para que pueda volver
al Olimpo, a la mansión de los inmortales. Me duele mucho la herida que me infirió un
hombre, el Tidida, quien sería capaz de pelear con el padre Zeus.
363 Dijo, y Ares le cedió los corceles de áureas bridas. Afrodita subió al carro con el
corazón afligido; Iris se puso a su lado, y tomando las riendas avispó con el látigo a
aquéllos, que gozosos alzaron el vuelo. Pronto llegaron a la morada de los dioses, al alto
Olimpo; y la diligente Iris, la de pies ligeros como el viento, detuvo los caballos, los
desunció del carro y les echó un pasto divino. La diosa Afrodita se refugió en el regazo
de su madre Dione; la cual, recibiéndola en los brazos y halagándola con la mano, le dijo:
373 -¿Cuál de los celestes dioses, hija querida, de tal modo te maltrató, como si a su
presencia hubieses cometido alguna falta?
375 Respondióle al punto Afrodita, amante de la risa:
376 -Hirióme el hijo de Tideo, Diomedes soberbio, porque sacaba de la liza a mi hijo
Eneas, carísimo para mí más que otro alguno. La enconada lucha ya no es sólo de troya-
nos y aqueos, pues los dánaos ya se atreven a combatir con los inmortales.
381 Contestó Dione, divina entre las diosas:
382 -Sufre el dolor, hija mía, y sopórtalo aunque estés afligida; que muchos de los que
habitamos olímpicos palacios hemos tenido que tolerar ofensas de los hombres, a quienes
excitamos para causarnos, unos dioses a otros, horribles males.- Las toleró Ares cuando
Oto y el fornido Efialtes, hijos de Aloeo, lo tuvieron trece meses atado con fuertes
cadenas en una cárcel de bronce: a11í pereciera el dios insaciable de combate, si su
madrastra, la bellísima Eribea, no lo hubiese participado a Hermes, quien sacó
furtivamente de la cárcel a Ares casi exánime, pues las crueles ataduras lo agobiaban.-
Las toleró Hera cuando el vigoroso hijo de Anfitrión hirióla en el pecho diestro con
trifurcada flecha; vehementísimo dolor atormentó entonces a la diosa.- Y las toleró
también el ingente Hades cuando el mismo hijo de Zeus, que lleva la égida, disparándole
en Pilos veloz saeta, to entregó al dolor entre los muertos: con el corazón afligido,
traspasado de dolor, pues la flecha se le había clavado en la robusta espalda y abatía su
ánimo, fue el dios al palacio de Zeus, al vasto Olimpo, y, como no había nacido mortal,
curólo Peón, esparciendo sobre la herida drogas calmantes. ¡Osado! ¡Temerario! No se
abstenía de cometer acciones nefandas y contristaba con el arco a los dioses que habitan
el Olimpo.- A ése lo ha excitado contra ti Atenea, la diosa de ojos de lechuza. ¡Insensato!
Ignora el hijo de Tideo que quien lucha con los inmortales ni llega a viejo ni los hijos lo
reciben, llamándole padre y abrazando sus rodillas, de vuelta del combate


 

 
 

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