Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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dijo al Tidida estas aladas palabras:
243 -¡Diomedes Tidida, carísimo a mi corazón! Veo que dos robustos varones, cuya
fuerza es grandísima, desean combatir contigo: el uno, Pándaro, es hábil arquero y se
jacta de ser hijo de Licaón; el otro, Eneas, se gloría de haber sido engendrado por el
magnánimo Anquises y su madre es Afrodita. Ea, subamos al carro, retirémonos, y cesa
de revolverte furioso entre los combatientes delanteros para que no pierdas la dulce vida.
251 Mirándolo con torva faz, le respondió el fuerte Diomedes:
252 -No me hables de huir, pues no creo que me persuadas. Sería impropio de mí
batirme en retirada o amedrentarme. Mis fuerzas aún siguen sin menoscabo. Desdeño
subir al carro, y tal como estoy iré a encontrarlos, pues Palas Atenea no me deja temblar.
Sus ágiles corceles no los llevarán lejos de aquí, si por ventura alguno de aquéllos puede
escapar. Otra cosa voy a decir que tendrás muy presence: Si la sabia Atenea me concede
la gloria de matar a entrambos, sujeta estos veloces caballos, amarrando las bridas al
barandal, y no se te olvide de apoderarte de los corceles de Eneas para sacarlos de los
troyanos y traerlos a los aqueos de hermosas grebas; pues pertenecen a la raza de aquéllos
que el largovidente Zeus dio a Tros en pago de su hijo Ganimedes, y son, por canto, los
mejores de cuantos viven debajo del sol y la aurora. Anquises, rey de hombres, logró
adquirir, a hurto, caballos de esta raza ayuntando yeguas con aquéllos sin que
Laomedonte lo advirtiera; naciéronle seis en el palacio, crió cuatro en su pesebre y dio
esos dos a Eneas, que pone en fuga a sus enemigos. Si los cogiéramos, alcanzaríamos
gloria no pequeña.
274 Así éstos conversaban. Pronto Eneas y Pándaro, picando a los ágiles corceles, se
les acercaron. Y el preclaro hijo de Licaón exclamó el primero: 277 -¡Corazón fuerte, hombre belicoso, hijo del ilustre Tideo! Ya que la veloz y dañosa
flecha no lo derribó, voy a probar si lo hiero con la lanza.
280 Dijo; y blandiendo la ingente arma, dio un bote en el escudo del Tidida: la
broncínea punta atravesó la rodela y llegó muy cerca de la coraza. El preclaro hijo de
Licaón gritó en seguida:
284 -Tienes el ijar atravesado de parte a parte, y no creo que resistas largo tiempo.
Inmensa es la gloria que acabas de darme.
286 Sin turbarse, le replicó el fuerte Diomedes:
287 -Erraste el golpe, no has acertado; y creo que no dejaréis de combatir, hasta que
uno de vosotros caiga y harte de sangre a Ares, el infatigable luchador.
290 Dijo, y le arrojó la lanza que, dirigida por Atenea a la nariz junto al ojo, le atravesó
los blancos dientes. El duro bronce cortó la punta de la lengua y apareció por debajo de la
barba. Pándaro cayó del carro, sus lucientes y labradas armas resonaron, espantáronse los
corceles de ágiles pies, y a11í acabaron la vida y el valor del guerrero.
297 Saltó Eneas del carro con el escudo y la larga pica; y, temiendo que los aqueos le
quitaran el cadáver, defendíalo como un león que confía en su bravura: púsose delante del
muerto enhiesta la lanza y embrazado el liso escudo, y profiriendo horribles gritos se
disponía a matar a quien se le opusiera. Mas el Tidida, cogiendo una gran piedra que dos
de los hombres actuales no podrían llevar y que él manejaba fácilmente, hirió a Eneas en
la articulación del isquion con el fémur que se llama cótila; la áspera piedra rompió la
cótila, desgarró ambos tendones y arrancó la piel. El héroe cayó de rodillas, apoyó la
robusta mano en el suelo y la noche obscura cubrió sus ojos.
311 Y allí pereciera el rey de hombres Eneas, si al punto no lo hubiese advertido su
madre Afrodita, hija de Zeus, que lo había concebido de Anquises, pastor de bueyes. La
diosa tendió sus níveos brazos al hijo amado y lo cubrió con un doblez del refulgente
manto, para defenderlo de los tiros; no fuera que alguno de los dánaos, de ágiles corceles,
clavándole el bronce en el pecho, le quitara la vida.
318 Mientras Afrodita sacaba a Eneas de la liza, el hijo de Capaneo no echó en olvido
las órdenes que le diera Diomedes, valiente en el combate: sujetó allí, separadamente de
la refriega, sus solípedos caballos, amarrando las bridas al barandal; y, apoderándose de
los corceles, de lindas crines, de Eneas, hízolos pasar de los troyanos a los aqueos de
hermosas grebas y entrególos a Deípilo, el compañero a quien más honraba entre los de la
misma edad a causa de su prudencia, para que los llevara a las cóncavas


 

 
 

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