Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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les quitó
la dulce vida, causando llanto y triste pesar al anciano, que no pudo recibirlos de vuelta
de la guerra; y más tarde los parientes se repartieron la herencia.
159 En seguida alcanzó a Equemón y a Cromio, hijos de Príamo Dardánida, que iban
en el mismo carro. Cual león que, penetrando en la vacada, despedaza la cerviz de una
vaca o de una becerra que pace en el soto, así el hijo de Tideo los derribó violentamente
del carro, les quitó la armadura y entregó los corceles a sus camaradas para que los
llevaran a las naves.
166 Eneas advirtió qué Diomedes destruía las hileras de los troyanos, y fue en busca del
divino Pándaro por la liza y entre el estruendo de las lanzas. Halló por fin al fuerte y exi-
mio hijo de Licaón; y deteniéndose a su lado, le dijo:
171 -¡Pándaro! ¿Dónde guardas el arco y las voladoras flechas? ¿Qué es de tu fama?
Aquí no tienes rival y en la Licia nadie se gloría de aventajarte. Ea, levanta las manos a
Zeus y dispara una flecha contra ese hombre que triunfa y causa males sin cuento a los
troyanos -de muchos valientes ha quebrado ya las rodillas-, si por ventura no es un dios
airado con los troyanos a causa de los sacrificios, pues la cólera de una deidad es terrible.
179 Respondióle el preclaro hijo de Licaón:
180 -¡Eneas, consejero de los troyanos, de broncíneas túnicas! Parécese por entero al
aguerrido Tidida: reconozco su escudo, su casco de alta cimera y agujeros a guisa de ojos
y sus corceles, pero no puedo asegurar si es un dios. Si ese guerrero es en realidad el
belicoso hijo de Tideo, no se mueve con tal furia sin que alguno de los inmortales lo
acompañe, cubierta la espalda con una nube, y desvíe las veloces flechas que hacia él
vuelan. Arrojéle una saeta que lo hirió en el hombro derecho, penetrando por el hueco de
la coraza; creí enviarle a Aidoneo, y sin embargo de esto no lo maté; sin duda es un dios
irritado. No tengo aquí corceles ni carros que me lleven, aunque en el palacio de Licaón
quedaron once carros hermosos, sólidos, de reciente construcción, cubiertos con fundas y
con sus respectivos pares de caballos que comen blanca cebada y avena. Licaón, el
guerrero anciano, entre los muchos consejos que me dio cuando partí del magnífico
palacio, me recomendó que en el duro combate mandara a los troyanos subido en un carro; mas yo no me dejé convencer -mucho mejor hubiera sido seguir su consejo- y
rehusé llevarme los corceles por el temor de que, acostumbrados a comer bien, se
encontraran sin pastos en una ciudad sitiada. Dejélos, pues, y vine como infante a Ilio,
confiando en el arco que para nada me había de servir. Contra dos próceres lo he
disparado, el Tidida y el Atrida; a entrambos les causé heridas, de las que manaba
verdadera sangre, y sólo conseguí excitarlos más. Con mala suerte descolgué del clavo el
corvo arco el día en que vine con mis troyanos a la amena Ilio para complacer al divino
Héctor. Si logro regresar y ver con estos ojos mi patria, mi mujer y mi casa espaciosa y
de elevado techo, córteme la cabeza un enemigo si no rompo y tiro al relumbrante fuego
este arco, ya que su compañía me resulta inútil.
217 Replicóle Eneas, caudillo de los troyanos:
218 -No hables así. Las cosas no cambiarán hasta que, montados nosotros en el carro,
acometamos a ese hombre y probemos la suerte de las armas. Sube a mi carro, para que
veas cuáles son los corceles de Tros y cómo saben así perseguir acá y acullá de la llanura
como huir ligeros; ellos nos llevarán salvos a la ciudad, si Zeus concede de nuevo la vic-
toria a Diomedes Tidida. Ea, coma el látigo y las lustrosas riendas, y bajaré del carro para
combatir; o encárgate tú de pelear, y yo me cuidaré de los caballos.
229 Contestó el preclaro hijo de Licaón:
230-¡Eneas! Recoge tú las riendas y guía los corceles, porque tirarán mejor del corvo
carro obedeciendo al auriga a que están acostumbrados, si nos pone en fuga el hijo de
Tideo. No sea que, echando de menos tu voz, se espanten y desboquen y no quieran
sacarnos de la liza, y el hijo del magnánimo Tideo nos embista y mate y se lleve los
solípedos caballos. Guía, pues, el carro y los corceles, y yo con la aguda lanza esperaré su
acometida.
239 Así hablaron; y, subidos en el labrado carro, guiaron animosamente los briosos
corceles en derechura al Tidida. Advirtiólo Esténelo, preclaro hijo de Capaneo, y al punto


 

 
 

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