animoso Dolopión, que
era sacerdote de Escamandro y el pueblo lo veneraba como a un dios. Perseguíalo
Eurípilo, hijo preclaro de Evemón; el cual, poniendo mano a la
espada, de un tajo en el
hombro le cercenó el robusto brazo, que ensangrentado cayó al
suelo. La purpúrea muerte
y el hado cruel velaron los ojos del troyano.
84 Así se portaban éstos en el reñido combate. En cuanto
al Tidida, no hubieras
conocido con quiénes estaba, ni si pertenecía a los troyanos o
a los aqueos. Andaba
furioso por la llanura cual hinchado torrente que en su rápido curso
derriba los diques
-pues ni los diques más trabados, ni los setos de los floridos campos
lo detienen-, y
presentándose repentinamente, cuando cae espesa la lluvia de Zeus, destruye
muchas
hermosas labores de los jóvenes; tal tumulto promovía el Tidida
en las densas falanges
troyanas que, con ser tan numerosas, no se atrevían a resistirlo.
95 Tan luego como el preclaro hijo de Licaón vio que Diomedes corna furioso
por la
llanura y desordenaba las falanges, tendió el corvo arco y lo hirió
en el hombro derecho,
por el hueco de la coraza, mientras aquél acometía. La cruel saeta
atravesó el hombro y la
coraza y se manchó de sangre. Y el preclaro hijo de Licaón, al
notarlo, gritó con voz
recia:
102 -¡Arremeted, troyanos de ánimo altivo, aguijadores de caballos!
Herido está el más
fuerte de los aqueos; y no creo que pueda resistir mucho tiempo la fornida saeta,
si fue re-
almente Apolo, hijo de Zeus, quien me movió a venir aquí desde
la Licia.
106 Así dijo gloriándose. Pero la veloz flecha no postró
a Diomedes; el cual,
retrocediendo hasta el carro y los caballos, se detuvo y dijo a Esténelo,
hijo de Capaneo:
109 -Corre, buen hijo de Capaneo, baja del carro y arráncame del hombro
la amarga
flecha.
111 Así dijo. Esténelo saltó del carro al suelo, se le
acercó, y sacóle del hombro la
aguda flecha; la sangre chocaba, al salir a borbotones, contra las mallas de
la túnica. Y
entonces Diomedes, valiente en el combate, hizo esta plegaria:
115 -¡Óyeme, hija de Zeus, que lleva la égida! ¡Indómita!
Si alguna vez amparaste
benévola a mi padre en la cruel guerra, séme ahora propicia, ¡oh
Atenea!, y haz que se
ponga a tiro de lanza y reciba la muerte de mi mano quien se me anticipó
hiriéndome, y
ahora se jacta de que pronto dejaré de contemplar la fúlgida luz
del sol.
121 Así dijo rogando. Palas Atenea lo oyó, agilitóle los
miembros todos y
especialmente los pies y las manos, y poniéndose a su lado pronunció
estas aladas
palabras:
124 -Cobra ánimo, Diomedes, y pelea con los troyanos; pues ya infundí
en tu pecho el
paterno intrépido valor que acostumbraba tener el jinete Tideo, agitador
del escudo, y
aparté la niebla que cubría tus ojos para que en la batalla conozcas
bien a los dioses y a
los hombres. Si alguno de aquéllos viene a tentarte, no quieras combatir
con los
inmortales; pero, si se presentara en la lid Afrodita, hija de Zeus, hiérela
con el agudo
bronce.
133 Dicho esto, fuese Atenea, la de ojos de lechuza. El Tidida volvió
a mezclarse con
los combatientes delanteros; y, si antes ardía en deseos de pelear contra
los troyanos, en-
tonces sintió que se le triplicaba el bno, como un león a quien
el pastor hiere levemente
en el campo, al asaltar un redil de lanudas ovejas, y no lo mata, sino que lo
excita la
fuerza: el pastor desiste de rechazarlo y entra en el establo; las ovejas, al
verse sin
defensa, huyen para caer pronto hacinadas unas sobre otras, y la fiera salta
afuera de la
elevada cerca. Con tal furia penetró en las filas troyanas el fuerte
Diomedes.
144 Entonces hizo morir a Astínoo y a Hipirón, pastor de hombres.
Al primero lo hirió
con la broncínea lanza encima del pecho; contra Hipirón desnudó
la gran espada, y de un
tajo en la clavícula separóle el hombro del cuello y la espalda.
Dejólos y fue al encuentro
de Abante y Polüdo, hijos de Euridamante, que era de provecta edad a intérprete
de sus
sueños: cuando fueron a la guerra, el anciano no les interpretaría
los sueños, pues
sucumbieron a manos del fuerte Diomedes, que los despojó de las armas.
Enderezó luego
los pasos hacia Janto y Toón, hijos de Fénope -éste los
había tenido en la triste vejez que
lo abrumaba y no engendró otro hijo que heredara sus riquezas-, y a entrambos
