Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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cadmeos reunidos
en banquete; pero ni a11í, siendo huésped y solo entre tantos, se turbó el eximio jinete
Tideo: los desafiaba y vencía fácilmente en toda clase de luchas. ¡De tal suerte lo protegía
Atenea! Cuando se fue, irritados los cadmeos, aguijadores de caballos, pusieron en emboscada a cincuenta jóvenes al mando de dos jefes: Meón Hemónida, que parecía un
inmortal, y Polifonte, intrépido hijo de Autófono. A todos les dio Tideo ignominiosa
muerte menos a uno, a Meón, a quien permitió, acatando divinales indicaciones, que
volviera a la ciudad. Tal fue Tideo etolio, y el hijo que engendró le es inferior en el
combate y superior en el ágora.
401 Así dijo. El fuerte Diomedes oyó con respeto la increpación del venerable rey y
guardó silencio, pero el hijo del glorioso Capaneo hubo de replicarle:
404 -¡Atrida! No mientas, pudiendo decir la verdad. Nos gloriamos de ser más valientes
que nuestros padres, pues hemos tomado a Teba, la de las siete puertas, con un ejército
menos numeroso, que, confiando en divinales indicaciones y en el auxilio de Zeus,
reunimos al pie de su muralla, consagrada a Ares; mientras que aquéllos perecieron por
sus locuras. No nos consideres, pues, a nuestros padres y a nosotros dignos de igual
estimación.
411 Mirándolo con torva faz, le contestó el fuerte Diomedes:
412 -Calla, amigo; obedece mi consejo. Yo no me enfado porque Agamenón, pastor de
hombres, anime a los aqueos, de hermosas grebas, antes del combate. Suya será la gloria,
si los aqueos rindieren a los troyanos y tomaren la sagrada Ilio; suyo el gran pesar, si los
aqueos fueren vencidos. Ea, pensemos tan sólo en mostrar nuestro impetuoso valor.
419 Dijo, saltó del carro al suelo sin dejar las armas, y tan terrible fue el resonar del
bronce sobre su pecho, que hubiera sentido pavor hasta un hombre muy esforzado.
422 Como las olas impelidas por el Céfiro se suceden en la ribera sonora, y primero se
levantan en alta mar, braman después al romperse en la playa y en los promontorios, su-
ben combándose a to alto y escupen la espuma; así las falanges de los dánaos marchaban
sucesivamente y sin interrupción al combate. Los capitanes daban órdenes a los suyos
respectivos, y éstos andaban callados (no hubieras dicho que los siguieran a aquéllos
tantos hombres con voz en el pecho) y temerosos de sus caudillos. En todos relucían las
labradas armas de que iban revestidos.- Los troyanos avanzaban también, y como muchas
ovejas balan sin cesar en el establo de un hombre opulento, cuando, al series extraída la
blanca leche, oyen la voz de los corderos; de la misma manera elevábase un confuso
vocerío en el vasto ejército de aquéllos. No era igual el sonido ni el modo de hablar de
todos y las lenguas se mezclaban, porque los guerreros procedían de diferentes países.- A
los unos los excitaba Ares; a los otros, Atenea, la de ojos de lechuza, y a entrambos pue-
blos, el Terror, la Fuga y la Discordia, insaciable en sus furores y hermana y compañera
del homicida Ares, la cual al principio aparece pequeña y luego toca con la cabeza el cie-
lo mientras anda sobre la tierra. Entonces la Discordia, penetrando por la muchedumbre,
arrojó en medio de ella el combate funesto para todos y aumentó el afán de los guerreros.
446 Cuando los ejércitos llegaron a juntarse, chocaron entre sí los escudos, las lanzas y
el valor de los hombres armados de broncíneas corazas, y al aproximarse los abollonados
escudos se produjo un gran alboroto. Allí se oían simultáneamente los lamentos de los
moribundos y los gritos jactanciosos de los matadores, y la tierra manaba sangre. Como
dos torrentes nacidos en grandes manantiales se despeñan por los montes, reúnen las
hirvientes aguas en hondo barranco abierto en el valle y producen un estruendo que oye
desde lejos el pastor en la montaña, así eran la gritería y el trabajo de los que vinieron a
las manos.
457 Fue Antíloco quien primeramente mató a un guerrero troyano, a Equepolo
Talisíada, que peleaba valerosamente en la vanguardia: hiriólo en la cimera del
penachudo casco, y la broncínea lanza, clavándose en la frente, atravesó el hueso, las
tinieblas cubrieron los ojos del guerrero y éste cayó como una torre en el duro combate.
Al punto asióle de un pie el rey Elefénor Calcodontíada, caudillo de los bravos abantes, y lo arrastraba para ponerlo fuera del alcance de los dardos y quitarle la armadura. Poco


 

 
 

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