duró su intento. El magnánimo Agenor lo vio arrastrar el cadáver,
e, hiriéndolo con la
broncínea lanza en el costado, que al bajarse quedó descubierto
junto al escudo, dejóle sin
vigor los miembros. De este modo perdió Elefénor la vida y sobre
su cuerpo trabaron
enconada pelea troyanos y aqueos: como lobos se acometían y unos a otros
se mataban.
473 Ayante Telamonio tiróle un bote de lanza a Simoesio, hijo de Antemión,
que se
hallaba en la flor de la juventud. Su madre habíale dado a luz a orillas
del Simoente,
cuando bajó del Ida con sus padres para ver las ovejas: por esto le llamaron
Simoesio.
Mas no pudo pagar a sus progenitores la crianza ni fue larga su vida, porque
sucumbió
vencido por la lanza del magnánimo Ayante: acometía el troyano,
cuando Ayante lo hirió
en el pecho junto a la tetilla derecha, y la broncínea punta salió
por la espalda. Cayó el
guerrero en el polvo como el terso álamo nacido en la orilla de una espaciosa
laguna y
coronado de ramas que corta el carrero con el hierro reluciente, para hacer
las pinas de un
hermoso carro, dejando que el tronco se seque en la ribera; de igual modo, Ayante,
del
linaje de Zeus despojó a Simoesio Antémida.- Antifo Priámida,
que iba revestido de
labrada coraza, lanzó por entre la muchedumbre su agudo dardo contra
Ayante y no lo
tocó; pero hirió en la ingle a Leuco, compañero valiente
de Ulises, mientras arrastraba el
cadáver: desprendióse éste y el guerrero cayó junto
al mismo.- Ulises, muy irritado por
tal muerte, atravesó las primeras filas cubierto de refulgente bronce,
detúvose muy cerca
del matador, y, revolviendo el rostro a todas partes, arrojó la brillante
lanza. Al verlo,
huyeron los troyanos. No fue vano el tiro, pues hirió a Democoonte, hijo
bastardo de
Príamo, que había venido de Abidos, país de corredoras
yeguas: Ulises, irritado por la
muerte de su compañero, le envasó la lanza, cuya broncínea
punta le entró por una sien y
le salió por la otra; la obscuridad cubrió los ojos del guerrero,
cayó éste con estrépito y
sus armas resonaron.Arredráronse los combatientes delanteros y el esclarecido
Héctor; y
los argivos dieron grandes voces, retiraron los muertos y avanzaron un buen
trecho. Mas
Apolo, que desde Pérgamo lo presenciaba, se indignó y con recios
gritos exhortó a los
troyanos:
509 -¡Acometed, troyanos domadores de caballos! No cedáis en la
batalla a los argivos,
porque sus cuerpos no son de piedra ni de hierro para que puedan resistir, si
los herís, el
tajante bronce; ni pelea Aquiles, hijo de Tetis, la de hermosa cabellera, que
se quedó en
las naves y allí rumia la dolorosa cólera.
514 Así dijo el terrible dios desde la ciudadela. A su vez, la hija de
Zeus, la
gloriosísima Tritogenia, recorría el ejército aqueo y animaba
a los remisos.
517 Fue entonces cuando el hado echó los lazos de la muerte a Diores
Amarincida.
Herido en el tobillo derecho por puntiaguda piedra que le tiró Píroo
Imbrásida, caudillo
de los tracios, que había llegado de Eno -la insolente piedra rompióle
ambos tendones y
el hueso-, cayó de espaldas en el polvo, y expirante tendía los
brazos a sus camaradas
cuando el mismo Píroo, que lo había herido, acudió presuroso
e hiriólo nuevamente con
la lanza junto al ombligo; derramáronse los intestinos y las tinieblas
velaron los ojos del
guerrero.
527 Mientras Píroo arremetía, Toante el etolio alanceólo
en el pecho, por cima de una
tetilla, y el bronce se le clavó en el pulmón. Acercósele
Toante, le arrancó del pecho la
ingente lanza y, hundiéndole la aguda espada en medio del vientre, le
quitó la vida. Mas
no pudo despojarlo de la armadura, porque se vio rodeado por los compañeros
del
muerto, los tracios que dejan crecer la cabellera en lo más alto de la
cabeza, quienes le
asestaban sus largas picas; y, aunque era corpulento, vigoroso a ilustre, fue
rechazado y
hubo de retroceder. Así cayeron y se juntaron en el polvo el caudillo
de los tracios y el de
los epeos, de broncíneas corazas, y a su alrededor murieron otros muchos.
539 Y quien, sin haber sido herido de cerca o de lejos por el agudo bronce,
hubiera
recorrido el campo, llevado de la mano y protegido de las saetas por Palas Atena,
no
habría baldonado los hechos de armas; pues aquel día gran número
de troyanos y de
aqueos yacían, unos junto a otros, caídos de cara al polvo.
CANTO V*
