seríais
vencidos. El que caiga del carro y suba al de otro pelee con la lanza, pues
hacerlo así es
mucho mejor. Con tal prudencia y ánimo en el pecho destruyeron los antiguos
muchas
ciudades y murallas.
310 De tal suerte el anciano, diestro desde antiguo en la guerra, los enardecía.
Al verlo,
el rey Agamenón se alegró, y le dijo estas aladas palabras:
313 -¡Oh anciano! ¡Así como conservas el ánimo en
tu pecho, tuvieras ágiles las
rodillas y sin menoscabo las fuerzas! Pero te abruma la vejez, que a nadie respeta.
Ojalá
que otro cargase con ella y tú fueras contado en el número de
los jóvenes.
317 Respondióle Néstor, caballero gerenio:
318 -¡Atrida! También yo quisiera ser como cuando maté
al divino Ereutalión. Pero
jamás las deidades lo dieron todo y a un mismo tiempo a los hombres:
si entonces era
joven, ya para mí llegó la senectud. Esto no obstante, acompañaré
a los que combaten en
carros para exhortarlos con consejos y palabras, que tal es la misión
de los ancianos. Las
lanzas las blandirán los jóvenes, que son más vigorosos
y pueden confiar en sus fuerzas.
326 Así dijo, y el Atrida pasó adelante con el corazón
alegre. Halló al excelente jinete
Menesteo, hijo de Péteo, de pie entre los atenienses ejercitados en la
guerra. Estaba cerca
de ellos el ingenioso Ulises, y a poca distancia las huestes de los fuertes
cefalenios, los
cuales, no habiendo oído el grito de guerra -pues así las falanges
de los troyanos,
domadores de caballos, como las de los aqueos, se ponían entonces en
movimiento-,
aguardaban que otra columna aquea cerrara con los troyanos y diera principio
la batalla.
Al verlos, el rey Agamenón los increpó con estas aladas palabras:
338 -¡Hijo del rey Péteo, alumno de Zeus; y tú, perito en
malas artes, astuto! ¿Por qué,
medrosos, os abstenéis de pelear y esperáis que otros tomen la
ofensiva? Debierais estar
entre los delanteros y correr a la ardiente pelea, ya que os invito antes que
a nadie cuando
los aqueos damos un banquete a los próceres. Entonces os gusta comer
carne asada y
beber sin tasa copas de dulce vino, y ahora veríais con placer que diez
columnas aqueas
combatieran delante de vosotros con el cruel bronce.
349 Encarándole la torva vista, exclamó el ingenioso Ulises:
350 -¡Atrida! ¡Qué palabras se te escaparon del cerco de
los dientes! ¿Por qué dices que
somos remisos en ir al combate? Cuando los aqueos excitemos al feroz Ares contra
los
troyanos domadores de caballos, verás, si quieres y te importa, cómo
el padre amado de
Telémaco penetra por las primeras filas de los troyanos, domadores de
caballos. Vano y
sin fundamento es tu lenguaje.
356 Cuando el rey Agamenón comprendió que el héroe se irritaba,
sonrióse y,
retractándose dijo:
358 -¡Laertíada, del linaje de Zeus! ¡Ulises, fecundo en
ardides! No ha sido mi intento
ni reprenderte en demasía, ni darte órdenes. Conozco los benévolos
sentimientos del co-
razón que tienes en el pecho, pues tu modo de pensar coincide con el
mío. Pero ve, y si te
dije algo ofensivo, luego arreglaremos este asunto. Hagan los dioses que todo
se lo lleve
el viento.
364 Esto dicho, los dejó a11í, y se fue hacia otros. Halló
al animoso Diomedes, hijo de
Tideo, de pie entre los corceles y los sólidos carros; y a su lado a
Esténelo, hijo de
Capaneo. En viendo a aquél, el rey Agamenón lo reprendió,
profiriendo estas aladas
palabras:
370 -¡Ay, hijo del aguerrido Tideo, domador de caballos! ¿Por qué
tiemblas? ¿Por qué
miras azorado el espacio que de los enemigos nos separa? No solía Tideo
temblar de este
modo, sino que, adelantándose a sus compañeros, peleaba con el
enemigo. Así lo refieren
quienes to vieron combatir, pues yo no to presencié ni to vi, y dicen
que a todos superaba.
Estuvo en Micenas, no para guerrear, sino como huésped, junto con el
divino Polinices,
cuando ambos reclutaban tropas para dirigirse contra los sagrados muros de Teba.
Mucho
nos rogaron que les diéramos auxiliares ilustres, y los ciudadanos querían
concedérselos
y prestaban asenso a lo que se les pedía; pero Zeus, con funestas señales,
les hizo variar
de opinión. Volviéronse aquéllos; después de andar
mucho, llegaron al Asopo, cuyas
orillas pueblan juncales y prados, y los aqueos nombraron embajador a Tideo
para que
fuera a Teba. En el palacio del fuerte Eteocles encontrábanse muchos
