Piraída, se
quedó a cierta distancia con los fogosos corceles-, encargó al
auriga que no se alejara por
si el cansancio se apoderaba de sus miembros, mientras ejercía el mando
sobre aquella
multitud de hombres y empezó a recorrer a pie las hileras de guerreros.
A cuantos veía,
de entre los dánaos de ágiles corceles, que se apercibían
para la pelea, los animaba
diciendo:
234 -¡Argivos! No desmaye vuestro impetuoso valor. El padre Zeus no protegerá
a los
pérfidos: como han sido los primeros en faltar a lo jurado, sus tiernas
carnes serán pasto
de buitres y nosotros nos llevaremos en las naves a sus esposas e hijos cuando
tomemos
la ciudad.
240 A los que veía remisos en marchar al odioso combate, los increpaba
con iracundas
voces:
241 -¡Argivos que sólo con el arco sabéis pelear, hombres
vituperables! ¿No os
avergonzáis? ¿Por qué os hallo atónitos como cervatos
que, habiendo corrido por
espacioso campo, se detienen cuando ningún vigor queda en su pecho? Así
estáis
vosotros: pasmados y sin combatir. ¿Aguardáis acaso que los troyanos
lleguen a la orilla
del espumoso mar donde tenemos las naves de lindas popas, para ver si el Cronión
ex-
tiende su mano sobre vosotros?
250 De tal suerte revistaba, como generalísimo, las filas de guerreros.
Andando por
entre la muchedumbre, llegó al sitio donde los cretenses vestían
las armas con el
aguerrido Idomeneo. Éste, semejante a un jabalí por su bravura,
se hallaba en las
primeras filas, y Meriones enardecía a los soldados de las últimas
falanges. Al verlos, el
rey de hombres, Agamenón, se alegró y al punto dijo a Idomeneo
con suaves voces:
257 -¡Idomeneo! Te honro de un modo especial entre los dánaos,
de ágiles corceles, así
en la guerra a otra empresa, como en el banquete, cuando los próceres
argivos beben el
negro vino de honor mezclado en las crateras. A los demás aqueos de larga
cabellera se
les da su ración; pero tú tienes siempre la copa llena, como yo,
y bebes cuanto te place.
Corre ahora a la batalla y muestra el denuedo de que te jactas.
265 Respondióle Idomeneo, caudillo de los cretenses:
266 -¡Atrida! Siempre he de ser tu amigo fiel, como lo aseguré
y prometí que lo sería.
Pero exhorta a los demás melenudos aqueos, para que cuanto antes peleemos
con los
troyanos, ya que éstos han roto los pactos. La muerte y toda clase de
calamidades les
aguardan, por haber sido los primeros en faltar a lo jurado.
272 Así dijo, y el Atrida con el corazón alegre pasó adelante.
Andando por entre la
muchedumbre llegó al sitio donde estaban los Ayantes. Éstos se
armaban, y una nube de
infantes los seguía. Como el nubarrón, impelido por el céfiro,
camina sobre el mar y se le
ve a to lejos negro como la pez y preñado de tempestad, y el cabrero
se estremece al
divisarlo desde una altura, y, antecogiendo el ganado, lo conduce a una cueva;
de igual
modo iban al dañoso combate, con los Ayantes, las densas y obscuras falanges
de jóvenes
ilustres, erizadas de lanzas y escudos. Al verlos, el rey Agamenón se
regocijó, y dijo estas
aladas palabras:
285 -¡Ayantes, príncipes de los argivos de broncíneas corazas!
A vosotros -inoportuno
fuera exhortaros- nada os encargo, porque ya instigáis al ejército
a que pelee valerosa-
mente. Ojalá, ¡padre Zeus, Atenea, Apolo!, que hubiese el mismo
ánimo en todos los
pechos, pues pronto la ciudad del rey Príamo sería tomada y destruida
por nuestras
manos.
292 Cuando así hubo hablado, los dejó y se fue hacia otros. Halló
a Néstor, elocuente
orador de los pilios, ordenando a los suyos y animándolos a pelear, junto
con el gran
Pelagonte, Alástor, Cromio, el poderoso Hemón y Biante, pastor
de hombres. Ponía
delante, con los respectivos carros y corceles, a los que desde aquéllos
combatían; detrás,
a gran copia de valientes peones que en la batalla formaban como un muro, y
en medio, a
los cobardes para que mal de su grado tuviesen que combatir. Y, dando instrucciones
a
los primeros, les encargaba que sujetaran los caballos y no promoviesen confusión
entre
la muchedumbre:
303 -Nadie, confiando en su pericia ecuestre o en su valor, quiera luchar solo
y fuera de
las filas con los troyanos; que asimismo nadie retroceda; pues con mayor facilidad
