Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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la sangre de
nuestras heridas y nos llorarían después de depositarnos, que éste es el honor que se
tributa a los que han muerto.»
Y le contestó el alma del Atrida:
«¡Dichoso hijo de Laertes, muy astuto Odiseo, por fin has recuperado a tu esposa con tu
gran valor! ¡Así de buenos eran los pensamientos de la irreprochable Penélope, la hija de
Icario! ¡Así de bien se acordaba de Odiseo, de su esposo legítimo! Por eso la fama de su
virtud no perecerá y los inmortales fabricarán un canto a los terrenos hombres en honor
de la prudente Penélope. No preparó acciones malvadas como la hija de Tíndaro que
mató a su esposo legítimo y un canto odioso correrá entre los hombres; ha creado una
fama funesta para las mujeres, incluso para las que sean de buen obrar».
Esto era lo que hablaban entre sí en la morada de Hades, bajo las cavernas de la tierra.
Entretanto, Odiseo y los suyos bajaron de la ciudad y. enseguida llegaron al hermoso y
bien cultivado campo que Laertes mismo había adquirido en otro tiempo, después de
haber sufrido mucho. Allí tenía una mansión y, rodeándola por completo, corría un
cobertizo en el que comían, descansaban y pasaban la noche los esclavos forzosos que le
hacían la labor. También había una mujer, la anciana Sicele que cuidaba gentilmente al
anciano en el campo, lejos de la ciudad.
Entonces dijo Odiseo su palabra a los esclavos y a su hijo:
«Vosotros entrad ya en la bien edificada casa y sacrificad para la cena el mejor de los
cerdos, que yo, por mi parte, voy a poner a prueba a mi padre, a ver si me reconoce y
distingue con sus ojos o no me reconoce por llevar mucho tiempo lejos.» Así dijo y entregó a los esclavos sus armas, dignas de Ares. Estos entraron rápidamente
en la casa, mientras que Odiseo se acercaba a la viña abundante en frutos para probar
suerte. Y no encontró a Dolio al descender a la gran huerta ni a ninguno de los esclavos
ni de los hijos; habían marchado a recoger piedras para un muro que sirviera de cercado a
la viña y los conducía el anciano. Así que encontró solo a su padre acollando un retoño en
la bien cultivada viña. Vestía un manto descolorido, zurcido, vergonzoso y alrededor de
sus piernas tenía atadas unas mal cosidas grebas para evitar los arañazos; en sus manos
tenía unos guantes por causa de las zarzas y sobre su cabeza una gorra de piel de cabra. Y
hacía crecer sus dolores.
Cuando el sufridor, el divino Odiseo lo vio doblegado por la vejez y con una gran pena
en su interior, se puso bajo un elevado peral y derramaba lágrimas. Después dudó en su
interior entre besar y abrazar a su padre, y contarle detalladamente cómo había venido y
llegado por fin a su tierra patria, o preguntarle primero y probarle en cada detalle. Y
mientras meditaba, le pareció más ventajoso tentarle primero con palabras mordaces; así
que se fue derecho hacia él el divino Odiseo. En este mómento el anciano mantenía la
cabeza bàja y acollaba un retoño, y poniéndose a su lado le dijo su ilustre hijo: «Anciano, no eres inexpertó en cultivar el huerto, que tiene un buen cultivo y nada en
tu jardín está descuidado, ni la planta ni la higuera ni la vid ni el olivo ni el peral ni la
legumbre. Pero te voy a decir otra cosa, no pongas la cólera en tu ánimo: tu propio cuerpo
no tiene un buen cultivo, sino una triste vejez al tiempo que estás escuálido y vestido
indecorosamente. No, por indolencia al menos no se despreocupa de ti tu dueño y no hay
nada de servil que sobresalga en ti al mirar tu forma y estatura, pues más bien te pareces a
un rey o a uno que duerme muellemente después que se ha lavado y comido, que ésta es
la costumbre de los ancianos. Pero, vamos, dime esto -e infórmame con verdad-: ¿de qué
hombre eres esclavo?, ¿de quién es el huerto que cultivas? Respóndeme también a esto
con la verdad, para cerciorarme bien si esta tierra, a la que he llegado, es Itaca como me
ha dicho ese hombre con quien me he encontrado al venir aquí (y no muy sensato, por
cierto, que no se atrevió a darme detalles ni a escuchar mi palabra cuando le preguntaba
si mi huésped vive en algún sitio, y aún existe, o ya ha muerto y está en la morada de
Hades). Voy a decirte algo, atiende y escúchame: en cierta ocasión acogí en mi tierra a un
hombre que había llegado a mí. Jamás otro mortal venido a mi casa desde lejanas tierras
me fue más querido que él. Afirmaba con orgullo que su linaje procedía de Itaca y que su


 

 
 

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