Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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padre era Laertes, el hijo de Arcisio. Lo conduje a mi casa y le acogí honrándole
gentilmente, pues en ella había abundantes bienes. Le ofrecí dones de hospitalidad, los
que le eran propios: le di siete talentos de oro bien trabajados, una crátera de plata
adornada con flores, doce cobertores simples, otras tantas alfombras y el mismo número
de hermosas túnicas y mantos. Aparte, le entregué cuatro mujeres conocedoras de labores
brillantes, muy hermosas, las que él quiso escoger.»
Y le contestó su padre derramando lágrimas:
«Forastero, es cierto que has llegado a la tierra por la que preguntas, pero la dominan
hombres insolentes a insensatos. Los dones que le ofreciste, con ser muchos, resultaron
vanos, pues si lo hubieras encontrado vivo en el pueblo de Itaca, te habría devuelto a casa
después de compensarte bien con regalos y con una buena acogida; pues esto es lo
establecido, quienquiera que sea el que empieza.
«Pero vamos, dime a informame con verdad: ¿cuántos años hace que diste hospitalidad
a aquel huésped tuyo desgraciado, a mi hijo -si es que existió alguna vez-, al malhadado a
quien han devorado los peces en el mar, lejos de los suyos y su tierra patria, o se ha
convertido en presa de fieras y aves en tierra firme? Que no lo ha llorado su madre
después de amortajarlo ni su padre, los que lo engendramos; ni su esposa de abundante
dote, la prudente Penélope, ha llorado como es debido a su esposo junto al lecho después
de cerrarle los ojos, pues éste es el honor que se tributa a los que han muerto.
«Dime ahora esto también tú con vérdad para que yo lo sepa: ¿quién eres entre los
hombres?, ¿dónde están tu ciudad y tus padres?, ¿dónde está detenida tu rápida nave, la
que te ha conducido hasta aquí con tus divinos compañeros?; ¿o acaso has venido como
pasajero en nave ajena y ellos se han marchado después de dejarte en tierra?»
Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:
«Te voy a contar todo con detalle: soy de Alibante donde habito mi ilustre morada, hijo
del rey Afidanto, hijo de Polipemón, y mi nombre propio es Epérito. Ello es que un
demón me ha hecho llegar hasta aquí, aunque no quería, apartándome de Sicania; mi nave
está detenida junto al campo, lejos de la ciudad. Este es el quinto año desde que Odiseo
marchó de allí y abandonó mi patria, el malhadado. Desde luego las aves le eran
favorables cuando marchó, estaban a la derecha; con ellas yo me alegré y le despedí y él estaba alegre al marchar. Nuestro ánimo confiaba en que volveríamos a reunirnos en
hospitalidad y entregarnos espléndidos presentes.»
Así habló y una negra nube de dolor envolvió a Laertes, tomó polvo de cenicienta tierra
y lo derramó por su encanecida cabeza mientras gemía agitadamente. Entonces se
conmovió el espíritu de Odiseo, le salió por las narices un ímpetu violento al ver a su
padre y de un salto le abrazó y besó diciendo:
«Soy yo, padre, aquél por quien preguntas, yo que he llegado a los veinte años a mi
tierra patria. Pero contento llanto y lamentos, pues te voy a decir una cosa -y es preciso
que nos apresuremos:- ya he matado a los pretendientes en nuestro palacio vengando sus
dolorosos ultrajes y sus malvadas acciones.»
Y le contestó Laertes diciendo:
«Si de verdad eres Odiseo, mi hijo, que has llegado aquí, muéstrame una señal clara
para que me convenza.»
Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:
«Contempla con tus ojos, en primer lugar, esta herida que me hizo un jabalí
hundiéndome su blanco colmillo cuando fui al Parnaso. Tú y mi venerable madre me
enviasteis a Autólico padre de mi madre, para recibir los dones que me prometió al venir
aquí afirmándolo con su cabeza. Es más, te voy a señalar los árboles de la bien cultivada
huerta que me -regalaste en cierta ocasión. Yo te pedía cada uno de ellos cuando era niño
y te seguía por el huerto; íbamos caminando entre ellos y tú me decías el nombre de cada
uno. Me diste trece perales, diez manzanos y cuarenta higueras y designaste cincuenta
hileras de vides para dármelas, cada una de distinta sazón. Había en ellas racimos de
todas clases cuando las estaciones de Zeus caían de lo alto.»
Así habló y se debilitaron las rodillas y el corazón de éste al reconocer las claras
señales que Odiseo le había mostrado; echó los brazos alrededor de su hijo, y el sufridor,
el divino Odiseo le atrajo hacia sí desmayado. Cuando de nuevo tomó aliento y su ánimo


 

 
 

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