Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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firme, en algún sitio,
hombres enemigos cuando intentabais llevaros sus bueyes o sus hermosos rebaños de
ovejas, o luchando por la ciudad y sus mujeres? Dímelo, puesto que te pregunto y me precio de ser tu huésped. ¿O no te acuerdas cuando llegué a vuestro palacio en compañía
del divino Menelao para incitar a Odiseo a que nos acompañara a Ilión sobre las naves de
buenos bancos? Durante un mes recorrimos el ancho mar y con dificultad convencimos a
Odiseo, el destructor de ciudades». Y le contestó el alma de Anfimedonte:
«Atrida, el más ilustre soberano de hombres, Agamenón, recuerdo todo eso tal como lo
dices. Te voy a narrar cabalmente y con exactitud el funesto término de nuestra muerte,
cómo fue urdido.
«Pretendíamos a la esposa de odiseo, largo tiempo ausente, y ella ni se negaba al odiado
matrimonio ni lo realizaba –pues meditaba para nosotros la muerte y la negra Ker-, sino
que urdió en su interior este otro engaño: puso en el palacio un gran telar e hilaba, telar
suave e inacabable. Y nos dijo a continuación: " Jóvenes pretendientes míos, puesto que
ha muerto el divino Odiseo, aguardad, aunque deseéis mi boda, hasta que acabe este
manto -no sea que se me pierdan los hilos-, este sudario para el héroe Laertes, para
cuando le arrebate la luctuosa Moira de la muerte de largos lamentos, no sea que alguna
de las aqueas en el pueblo se irrite conmigo si yace sin sudario el que poseyó mucho. Así
habló y enseguida se convenció nuestro noble ánimo. Conque allí hilaba su gran telar du-
rante el día y por la noche lo destejía, tras colocar antorchas a su lado. Así que su engaño
pasó inadvertido durante tres años y convenció a los aqueos, pero cuando llegó el cuarto
año y transcurrteron las estaciones, sucediéndose los meses, y se cumplieron muchos
días, nos lo dijo una de las mujeres –ella lo sabía bien- y sorprendimos a ésta destejiendo
su brillante tela.
«Así fue como tuvo que acabarla, y no voluntariamente sino por la fuerza. Y cuando
nos mostró el manto, tras haber hilado el gran telar, tras haberlo lavado, semejante al sol
y a la luna, fue entonces cuando un funesto demón trajo de algún lado a Odiseo hasta los
confines del campo donde habitaba su morada el porquero. Allí marchó también el
querido hijo del divino Odiseo cuando llegó de vuelta de la arenosa Pilos en negra nave y
entre los dos tramaron funesta muerte para los pretendientes. Y llegaron a la muy ilustre
ciudad, Odiseo el último, mientras que Telémaco le precedía. El porquero llevó a aquél
con miserables vestidos en su cuerpo, semejante a un mendigo miserable y viejo apoyado
en su bastón, y rodeaban su cuerpo tristes vestidos. Ninguno de nosotros pudo reconocer
que era él al aparecer de repente, ni los que eran más mayores, sino que le maltratábamos
con palabras insultantes y con golpes. El entretanto soportaba ser golpeado e injuriado en
su propio palacio con ánimo paciente; pero cuando le incitó la voluntad de Zeus, portador
de égida, tomó las hermosas armas junto con Telémaco, las ocultó en la despensa y echó
los cerrojos; después mandó con mucha astucia a su esposa que entregara a los
pretendientes el arco y el ceniciento hierro como competición para nosotros, hombres de
triste destino, y comienzo de la matanza.
«Ello fue que ninguno de nosotros pudo tender la cuerda del poderoso arco; que éramos
del todo incapaces. Cuando el gran arco llegó a manos de Odiseo, todos nosotros
voceábamos al porquero que no se lo entregara ni aunque le rogara insistentemente. Sólo
Telémaco le animó y se lo ordenó. Así que le tomó en sus manos el sufridor, el divino
Odiseo y tendió el arco con facilidad, hizo pasar la flecha por el hierro, fue a ponerse
sobre el umbral y disparaba sus veloces saetas mirando a uno y otro lado que daba miedo. Alcanzó al rey Antínoo y luego iba lanzando sus funestos dardos a los demás, apuntando
de frente, y ellos iban cayendo hacinados.
«Era evidente que alguno de los dioses les ayudaba, pues, cediendo a su ímpetu, nos
mataban desde uno y otro lado de la sala. Y se levantó un vergonzoso gemido cuando
nuestras cabezas golpeaban contra el pavimento y éste todo humeaba con sangre. «Así perecimos, Agamenón, y nuestros cuerpos yacen aún descuidados en el palacio de
Odiseo, pues todavía no lo saben nuestros parientes, quienes lavarían


 

 
 

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