Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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embargo, te había tocado en suerte perecer con la muerte más lamentable.»
Y le contestó a su vez el alma del Atrida:
«Dichoso hijo de Peleo, semejante a los dioses, Aquiles, tú que pereciste en Troya,
lejos de Argos y en torno a ti sucumbían los mejores hijos de troyanos y aquéos luchando
por tu cadáver, mientras tú yacías en medio de un torbellino de polvo ocupando un gran
espacio, olvidado ya de conducir tu carro. Nosotros luchamos todo el día y no habríamos
cesado de luchar en absoluto, si Zeus no te hubiera impedido con una témpestad.
Después, cuando te sacamos de la batalla y te llevamos a las naves, te pusimos en un
lecho tras limpiar tu hermosa piel con agua tibia y con aceite, y en torno a ti todos los
dánaos derramaban muchas, calientes lágrimas y se mesaban los cabellos.
«Entonces llegó tu madre del mar con las inmortales diosas marinas, después de oír la
noticia, y un lamento inmenso se levantó sobre el ponto. El temblor se apoderó de todos los aqueos y se habrían levantado para embarcarse en las cóncavas naves, si no los
hubiera contenido un hombre sabedor de cosas muchas y antiguas, Néstor, cuyo consejo
también antes parecía el mejor. Éste habló con buenos sentimientos hacia ellos y dijo:
"Conteneos, argivos, no huyáis, hijos de los aqueos. Esta es su madre y viene del mar con
las inmortales diosas marinas pára encontrarse con su hijo muerto." Así habló y ellos
contuvieron su huida temerosa.
«Entonces lo rodearon llorando las hijas del viejo del mar y, lamentándose, le pusieron
vestidos inmortales. Y las Musas, nueve en total, cantaban alternativamente un canto
funerario con hermosa voz. En ese momento no habrías visto a ninguno de los argivos sin
lágrimas: ¡tanto los conmovía la sonora Musa!
«Dieciocho noches lo lloramos, e igualmente de día, los dioses inmortales y los
mortales hombres. El día décimoctavo lo entregamos al fuego y sacrificamos animales en
torno tuyo, bien alimentados rebaños y cuernitorcidos bueyes. Tú ardías envuelto en
vestiduras de dioses y en abundante aceite y dulce miel. Muchos héroes aqueos circularon
con sus armas alrededor de tu pira mientras ardías, a pie y a caballo, y se levantaba un
gran estrépito. Después, cuando te había quemado la llama de Hefesto, al amanecer,
recogimos tus blancos huesos, Aquiles, envolviéndolos en vino sin mezcla y en aceite,
pues tu madre nos donó una ánfora de oro -decía que era regalo de Dioniso y obra del
ilustre Hefesto. En ella están tus blancos huesos, ilustre Aquiles, mezclados con los del
cadáver de Patrocio, el hijo de Menetio, y, separados, los de Antíloco a quien honrabas
por encima de los demás compañeros, aunque después de Patroclo, muerto también. Y
levantamos sobre ellos un monumento grande y perfecto el sagrado ejécito de los
guerreros argivos, junto al prominente litoral del vasto Helesponto. Así podrás ser visto
de lejos, desde el mar, por los hombres que ahora viven y por los que vivirán después. «Tu madre, después de pedírselo a los dioses, instituyó un muy hermoso certamen para
los mejores de los aqueos en medio de la concurrencia. Ya has asistido al funeral de
muchos héroes, cuando al morir un rey los jóvenes se ciñen las armas y se establecen
competiciones, pero serla sobre todo al ver aquel cuando habrías quedado estupefacto:
¡qué hermosísimo certamen estableció la diosa en tu honor, la diosa de los pies de plata,
Tetis, pues eras muy querido de los dioses. Conque ni aún al morir has perdido tu
nombre, sino que tu fama de nobleza llegará siempre a todos los hombres, Aquiles. En
cambio a mí...!, ¿qué placer obtuve al concluir la guerra? Zeus me preparó durante el
regreso una penosa muerte a manos de Egisto y de mi funesta esposa.»
Esto es lo que decían entre sí.
Y se les acercó el Mensajero, el Argifonte, conduciendo las almas de los pretendientes
muertos a manos de Odiseo. Ambos se admiraron al verlos y se fueron derechos a ellos, y
el alma de Agamenón, el Atrida, reconoció al querido hijo de Melaneo, el muy ilustre
Anfimedonte, pues era huésped suyo cuando habitaba su palacio de Itaca. Así que se
dirigió a éste en primer lugar el alma del Atrida:
«Anfimedonte, ¿qué os ha pasado para que os hundáis en la sombría tierra, hombres
selectos todos y de la misma edad? Nadie que escogiera en la ciudad a los mejores
hombres elegiría de otra manera. ¿Es que os ha sometido Poseidón en las naves levantado
crueles vientos y enormes olas?; ¿o acaso os han destruido en tierra


 

 
 

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