aceite, de nuevo arrastró Odiseo la silla cerca del fuego para calentarse,
y ocultó la
cicatriz con los andrajos.
Y la prudente Penélope comenzó a hablar entre ellos:
«Forastero, sólo esto te voy a preguntar, poco más, que
va a ser pronto la hora de
dormir para aquel de quien el sueño se apodere dulcemente, aun estando
afligido. A mí
me ha dado un dios una pena inmensa, pues durante el día, aunque me lamente
y gima,
me complace atender a mis labores y las de las esclavas en el palacio, pero
luego que
llega la noche y el sueño las invade a todas, yazco en el lecho mientras
agudas angustias
inquietan sin cesar mi agitado corazón. Como cuando la hija de Pandáreo,
el amarillo
Aedón, canta hermosamente recién entrada la primavera sobre el
tupido follaje de los
árboles -cambia a menudo de tono y vierte su voz de múltiples
ecos llorando a su hijo
Itilo, hijo del rey Zeto, a quien en otro tiempo mató con el bronce sin
darse cuenta-, así
también mi ánimo vacila entre permanecer junto a mi hijo y guardar
todo intacto, mis
bienes y esclavas y la casa grande de elevada techumbre, por vergüenza
al lecho
conyugal y a las habladurías del pueblo, o seguir a aquel de los aqueos
que sea el mejor y
me pretenda en el palacio entregándome innumerables presentes de boda.
Porque
mientras mi hijo era todavía pequeño e irreflexivo no me permitía
casarme y abandonar la
casa de mi esposo, pero ahora que es mayor y ha llegado al límite de
la edad juvenil,
incluso desea que me marche del palacio, indignado por los bienes que le comen
los
aqueos.
«Conque, vamos, interprétame este sueño, escucha: veinte
gansos comían en mi casa
trigo remojado con agua y yo me alegraba contemplándolos, pero vino desde
el monte
una gran águila de corvo pico y a todos les rompió el cuello y
los mató, y ellos quedaron
esparcidos por el palacio, todos juntos, mientras el águila ascendía
hacia el divino éter.
Yo lloraba a gritos, aunque era un sueño, y se reunieron en torno a mí
las aqueas de
lindas trenzas, mientras me lamentaba quejumbrosamente de que el águila
me hubiera
matado a los gansos. Entonces volvió ésta y se posó sobre
la parte superior del palacio y,
llamando con voz humana, dijo: "Cobra ánimos, hija del muy celebrado
Icario, que no es
un sueño, sino visión real y feliz que habrá de cumplirse.
Los gansos son los
pretendientes y yo antes era el águila, pero ahora he regresado como
esposo tuyo, yo que
voy a dar a todos los pretendientes un destino ignominioso." Así
dijo y luego me
abandonó el dulce sueño. Cuando miré en derredor vi a los
gansos en el palacio comiendo
trigo junto a la gamella en el mismo sitio de costumbre.»
Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:
«Mujer, no es posible en modo alguno interpretar el sueño dándole
otra intención,
después que el mismo Odiseo te ha manifestado cómo lo va a llevar
a cabo. Clara parece
la muerte para los pretendientes, para todos en verdad; ninguno escapará
a la muerte y a
las Keres.»
Y le contestó la prudente Penélope:
«Forastero, sin duda se producen sueños inescrutables y de oscuro
lenguaje y no todos se
cumplen para los hombres. Porque dos son las puertas de los débiles sueños:
una
construida con cuerno, la otra con marfil. De éstos, unos llegan a través
del bruñido
marfil, los que engañan portando palabras irrealizables; otros llegan
a través de la puerta
de pulimentados cuernos, los que anuncian cosas verdaderas cuando llega a verlos
uno de
los mortales. Y creo que a mí no me ha llegado de aquí el terrible
sueño, por grato que
fuera para mí y para mi hijo.
«Te voy a decir otra cosa que has de poner en tu interior: esta aurora
llegará infausta,
pues me va a alejar de la casa de Odiseo. Voy a establecer un certamen, las
hachas de
combate que aquél colocaba en línea recta como si fueran escoras,
doce en total. Él se
colocaba muy lejos y hacía pasar el dardo una y otra vez a través
de ellas. Ahora voy a
establecer este certamen para los pretendientes y el que más fácilmente
tienda el arco
entre sus manos y haga pasar una flecha por todas las doce hachas, a ése
seguiré
inmediatamente dejando esta casa legítima, muy hermosa, llena de riquezas.
Creo que
algún día me acordaré de ella incluso en sueños.»
Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:
