Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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«Mujer venerable de Odiseo Laertíada, no difieras por más tiempo ese certamen en tu
casa, pues el muy astuto Odiseo llegará antes de que ellos toquen ese pulido arco, tiendan
la cuerda y atraviesen el hierro con la flecha.»
Y le dijo a su vez la prudente Penélope:
«Si quisieras deleitarme, forastero, sentado junto a mí en la sala, no se me vertería el
sueño sobre los párpados, pero no es posible que los hombres estén siempre sin dormir,
que los inmortales han establecido una porción para cada uno de los mortales sobre la
fértil tierra. Así que subiré al piso de arriba y me acostaré en el funesto lecho, siempre
regado por mis lágrimas desde que Odiseo marchó a la maldita Ilión que no hay que
nombrar. Allí me acostaré; tú acuéstate en esta estancia extendiendo algo por el suelo, o
que te pongan una cama.»
Así diciendo, subió al resplandeciente piso superior; mas no sola, que con ella
marchaban también las otras esclavas.
Y cuando hubo subido al piso superior con las esclavas, se puso a llorar a Odiseo, su
esposo, hasta que la de ojos brillantes le infundió sueño sobre los párpados, Atenea. CANTO XX
LA ÚLTIMA CENA DE LOS PRETENDIENTES
Entonces el divino Odiseo comenzó a acostarse en el vestíbulo; extendió la piel no
curtida de un buey y sobre ella muchas pieles de ovejas que habían sacrificado los
aqueos, y Eurínome echó sobre él un manto cuando se hubo acostado.
Y mientras Odiseo yacía allí desvelado, meditando males en su interior contra los
pretendientes, salieron del palacio riendo y chanceando unas con otras las mujeres que
solían acostarse con éstos. El ánimo de Odiseo se conmovía dentro del pecho y lo
meditaba en su mente y en su corazón si se lanzaría detrás y causaría la muerte a cada
una, o si todavía las iba a dejar unirse por última y postrera vez con los orgullosos
pretendientes. Y su corazón le ladraba dentro. Como la perra que camina alrededor de sus
tiernos cachorrillos ladra a un hombre y se lanza a luchar con él si no lo conoce, así
también le ladraba dentro el corazón indignado por las malas acciones. Y se golpeó el
pecho y reprendió a su corazón con estas razones:
«¡Aguanta, corazón!, que ya en otra ocasión tuviste que soportar algo más
desvergonzado, el día en que el Cíclope de furia incontenible comía a mis valerosos
compañeros. Tú lo soportaste hasta que, cuandó creías morir, la astucia te sacó de la
cueva.»
Así dijo increpando a su corazón y éste se mantuvo sufridor, pero él se revolvía aquí y
allá. Como cuando un hombre revuelve sobre abundante fuego un vientre lleno de grasa y
sangre, pues desea que se ase deprisa, así se revolvía él a uno y otro lado, meditando
cómo pondría las manos sobre los desvergonzados pretendientes, siendo él solo contra
muchos. Entonces Atenea bajó del cielo y se llegó a su lado -semejante en su cuerpo a
una mujer- y colocándose sobre su cabeza le dijo esta palabra: «¿Por qué estás desvelado todavía, desdichado, más que ningún mortal? Esta es tu casa
y tu mujer está en ella y tu hijo es como cualquiera desearía que fuese su hijo.»
Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:
«Sí, diosa, todo eso lo dices con razón, pero lo que medita mi espíritu dentro del pecho
es cómo pondría mis manos sobre los desvergonzados pretendientes solo como estoy,
mientras que ellos están siempre dentro en grupo. También medito esto dentro del pecho,
lo más importante: si lograra matarlos por la voluntad de Zeus y de ti misma, ¿a dónde
podría refugiarme? Esto es lo que te invito a considerar.»
Y a su vez le dijo la diosa de ojos brillantes, Atenea:
«Desdichado, cualquiera suele seguir el consejo de un compañero peor, aunque éste sea
mortal y no conciba muchas ideas, pero yo soy una diosa, la que constantemente te
protege en tus dificultades. Te voy a hablar claramente: aunque nos rodearan cincuenta
compañías de hombres de voz articulada, deseosos de matar por causa de Ares, incluso a
éstos podrías arrebatarles los bueyes y las pingües ovejas. Conque procura coger el
sueño; es locura mantenerse en vela y vigilar durante toda la noche cuando ya vas a salir
de tus desgracias.» ,
Así diciendo, le vertió sueño sobre los párpados y se volvió al Olimpo la divina entre
las diosas.


 

 
 

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