Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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se puso el sol, y nadie carecía de un bien distribuido alimento. Y cuando el sol se puso y
cayó la noche, se acostaron y recibieron el don del sueño. Tan pronto como se mostró Eos, la hija de la mañana, la de dedos de rosa; salieron de
cacería los perros y los mismos hijos de Autólico, y entre ellos iba el divino Odiseo.
Ascendieron al elevado monte Parnaso, vestido de selva, y enseguida llegaron a los
ventosos valles. El sol caía sobre los campos cultivados recién salido de las plácidas y
profundas corrientes de Océano, cuando llegaron los cazadores a un valle. Delante de
ellos iban los perros buscando las huellas y detrás los hijos de Autólico, y entre ellos
marchaba el divino Odiseo blandiendo, cerca de los perros, su lanza de larga sombra. Un
enorme jabalí estaba tumbado en una densa espesura a la que no atravesaba el húmedo
soplo de los vientos al agitarse ni golpeaba con sus rayos el resplandeciente Helios ni
penetraba la lluvia por completo -¡tan densa era!-, y una gran alfombra de hojas la cubría.
Llegó al jabalí el ruido de los pies de hombres y perros cuando marchaban cazando y
desde la espesura, erizada la crin y briIlando fuego sus ojos, se detuvo frente a ellos.
Odiseo fue el primero en acometerlo, levantando la lanza de larga sombra con su robusta
mano deseando herirlo. El jabalí se le adélantó y le atacó sobre la rodilla y, lanzándose
oblicuamente, desgarró con el colmillo mucha carne, pero no llegó al hueso del mortal. En cambio Odiseo le hirió alcanzándole en la paletilla derecha y la punta de la
resplandeciente lanza lo atravesó de parte a parte y cayó en el polvo dando chillidos, y
escapó volando su ánimo. Enseguida le rodearon los hijos de Autólico, vendaron
sabiamente la herida del irreprochable Odiseo semejante a un dios y con un conjuro
retuvieron la negra sangre.
Pronto llegaron a casa de su padre y Autólico y los hijos de Autólico lo curaron bien, le
dieron espléndidos regalos y, alegres, lo enviaron contento a su patria Itaca.
Su padre y venerable madre se alegraron al verlo volver y le preguntaban
detalladamente por la cicatriz, qué le había pasado. Y él les contó con detalle cómo
mientras cazaba, le había herido un jabalí con su blanco colmillo al marchar al Parnaso
con los hijos de Autólico.
La anciana tomó entre las palmas de sus manos esta cicatriz y la reconoció después de
examinarla. Soltó el pie para que se le cayera y la pierna cayó en el caldero. Resonó el
bronce, inclinóse él hacia atrás, hacia el lado opuesto, y el agua se derramó por el suelo.
El gozo y el dolor invadieron al mismo tiempo el corazón de la anciana y sus dos ojos se
llenaron de lágrimas, y su floreciente voz se le pegaba. Asió de la barba a Odiseo y dijo:
«Sin duda eres Odiseo, hijo mío: no te había reconocido antes de ahora, hasta tocar a
todo mi señor.»
Así dijo e hizo señas a Penélope con los ojos queriendo indicar que su esposo estaba
dentro. Pero ésta no pudo verla, aunque estaba enfrente, ni comprenderla, pues Atenea le
había distraído la atención. Entonces Odiseo acercó sus manos, la asió de la garganta con
la derecha y con la otra la atrajo hacia sí diciendo:
«Nodriza, ¿por qué quieres perderme? Tú misma me criaste sobre tus pechos. Ya he
llegado a la tierra patria tras sufrir muchas penalidades, a los veinte años. Pero ya que te
has dado cuenta y un dios lo ha puesto en tu interior, calla, no vaya a ser que se dé cuenta
algún otro en el palacio; porque te voy a decir esto y ciertamente se va a cumplir: si con
la ayuda de un dios hiciese sucumbir a los ilustres pretendientes, no te perdonaré ni a ti,
con ser mi nodriza, cuando mate a las otras esclavas en mi palacio.»
Y le contestó la prudente Euriclea:
«Hijo mío, ¡qué palabra ha escapado del cerco de tus dientes! Sabes que mi ánimo es
firme y no domable; me mantendré como una sólida piedra o como el hierro. Te voy a
decir otra cosa que has de poner en tu interior: si por tu causa un dios hace sucumbir a los
ilustres pretendientes, entonces te hablaré minuciosamenre respecto a las mujeres del
palacio, quiénes te deshonran y quiénes son inocentes.»
Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:
«Nodriza, ¿por qué me las vas a señalar tú? Yo mismo las observaré y conoceré a cada
una, pero mantén en silencio tus palabras y confía en los dioses.»
Así dijo, y la anciana marchó a través del mégaron para traer agua de lavar los pies,
pues la primera se había derramado toda. Y después que lo lavó y ungió con espeso


 

 
 

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