Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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de todos los cadáveres, de los muertos. Pero, vamos, dime si mi hijo ha marchado a la
guerra para ser el primer guerrero o no. Dime también si sabes algo del irreprochable
Peleo, si aún conserva sus prerrogativas entre los numerosos mirmidones, o lo desprecian
en la Hélade y en Ptía porque la vejez le sujeta las manos y los pies, pues ya no puedo
servirle de ayuda bajo los rayos del sol, aunque tuviera el mismo vigor que en otro
tiempo, cuando en la amplia Troya mataba a los mejores del ejército defendiendo a los
argivos. Si me presentara de tal guisa, aunque fuera por poco tiempo, en casa de mi
padre, haría odiosas mis poderosas e invencibles manos a cualquiera de aquellos que le
hacen violencia y lo excluyen de sus honores."
«Así habló, y yo, respondiendo, me dirigí a él:
« "En verdad, no he oído nada del ilustre Peleo, pero te voy a decir toda la verdad sobre
tu hijo Neoptólemo -ya que me lo mandas-, pues yo mismo lo conduje en mi cóncava y
equilibrada nave desde Esciro en busca de los aqueos de hermosas grebas. Desde luego,
cuando meditábamos nuestras decisiones en torno a la ciudad de Troya, siempre hablaba
el primero y no se equivocaba en sus palabras. Sólo Néstor, igual a un dios, y yo lo
superábamos. Y cuando luchábamos los aqueos en la llanura de los troyanos, nunca
permanecía entre la muchedumbre de los guerreros ni en las filas, sino que se adelantaba
un buen trecho, no cediendo a ninguno en valor. Mató a muchos guerreros en duro
combate, pero no te podría decir todos ni nombrar a cuántos del ejército mató defendiendo a los argivos; pero sí cómo mató con el bronce al hijo de Telefo, al héroe
Euripilo, mientras muchos de sus compañeros sucumbían a su alrededor por causa de
regalos femeninos. Siempre lo vi el más hermoso, después del divino Memnón. Y cuando
ascendíamos al caballo que fabricó Epeo los mejores entre los argivos (a mí se me había
enconmendado todo: el abrir la bien trabada emboscada o cerrarla), en ese momento los
demás jefes de los dánaos y los consejeros se secaban las lágrimas y temblaban los
miembros de cada uno, pero a él nunca, vi con mis.ojos ni que le palideciera la hermosa
piel, ni que secara las lágrimas de sus mejillas. Y me suplicaba insistentemente que
saliéramos del caballo, y apretaba la empuñadura de la espada y la lanza pesada por el
bronce, meditando males contra los troyanos. Después, cuando ya habíamos devastado la
escarpada ciudad de Príamo, con una buena parte y un buen botín, ascendió a la nave
incólume y no herido desde lejos par el agudo bronce, ni de cerca en el cuerpo a cuerpo,
como suele suceder a menudo en la guerra, cuando Ares enloquece indistintamente."
«Así. hablé, y el alma del Eácida de pies veloces marchó a grandes pasos a través del
prado de asfódelo, alegre porque le había dicho que su hijo era insigne.
«Las demás almas de los difuntos estaban entristecidas y cada una preguntaba por sus
cuitas. Sólo el alma de Ayax, el hijo de Telamón, se mantenía apartada a lo lejos, airada
por causa de la victoria en la que lo vencí contendiendo en el juicio sobre las armas de
Aquiles, junto a las naves. Lo estableció la venerable madre y fueron jueces los hijos de
los troyanos y Palas Atenea. ¡Ojalá no hubiera vencido yo en tal certamen! Pues por
causa de estas armas la tierra ocultó a un hombre como Ayax, el más excelente de los
dánaos en hermosurá y gestas después del irreprochable hijo de Peleo.
«A él me dirigí con dulces palabras:
«"Áyax, hijo del irreprochable Telamón. ¿Ni siquiera muerto vas a olvidar tu cólera
contra mí por causa de las armas nefastas? Los dioses proporcionaron a los argivos
aquella ceguera, pues pereciste siendo tamaño baluarte para los aqueos. Los aqueos nos
dolemos por tu muerte igual que por la vida del hijo de Peleo. Y ningún otro es
responsable, sino Zeus, que odiaba al ejército de los belicosos dánaos y a ti te impuso la
muerte. Ven aquí, soberano, para escuchar nuestra palabra y nuestras explicaciones. Y
domina tu ira y tu generosó ánimo."
«Así dije, pero no me respondió, sino que se dirigió tras las otras almas al Erebo de los
muertos. Con todo, me hubiera hablado entonces, aunque airado -o yo a él- pero mi
ánimo deseaba dentro de mi pecho ver las almas de los demás difuntos.
«Allí vi - sentado a Minos, el brillante hijo de Zeus, con el cetro de oro impartiendo


 

 
 

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