miserable, y en torno mío eran asesinados cruelmente otros compañeros,
como los
jabalíes albidenses que son sacrificados en las nupcias de un poderoso
o en un banquete a
escote o en un abundante festín. Tú has intervenido en la matanza
de machos hombres
muertos en combate individual o en la poderosa batalla, pero te habrías
compadecido
mucho más si hubieras visto cómo estábamos tirados en torno
a la crátera y las mesas
repletas en nuestro palacio, y todo el pavimento humeaba con la sangre. También
puede
oír la voz desgraciada de la hija de Príamo, de Casandra, a la
que estaba matando la
tramposa Clitemnestra a mi lado. Yo elevaba mis manos y las batía sobre
el suelo,
muriendo con la espada clavada, y ella, la de cara de perra, se apartó
de mí y no esperó
siquiera, aunque ya bajaba a Hades, a cerrarme los ojos ni juntar mis labios
con sus
manos. Que no hay nada más terrible ni que se parezca más a un
perro que una mujer que
haya puesto tal crimen en su mente, como ella concibió el asesinato para
su inocente
marido. ¡Y yo que creía que iba a ser bien recibido por mis hijos
y esclavos al llegar a
casa! Pero ella, al concebir tamaña maldad, se bañó en
la infamia y la ha derramado sobre
todas las hembras venideras, incluso sobre las que sean de buen obrar."
«Así habló, y yo me dirigí a él contestándole:
«"¡Ay, ay, mucho odia Zeus, el que ve a lo ancho, a la raza
de Atreo por causa de las
decisiones de sus mujeres, desde el principio! Por causa de Helena perecimos
muchos, y
a ti, Clitemnestra te ha peparado una trampa mientras estabas lejos."
«Así dije, y él, respondiéndome, se dirigió
a mí:
«"Por eso ya nunca seas ingenuo con una mujer, ni le reveles todas
tus intenciones, las
que tú te sepas bien, mas dile una cosa y que la otra permanezca oculta.
Aunque tú no,
Odiseo, tú no tendrás la perdición por causa de una mujer.
Muy prudente es y concibe en
su mente buenas decisiones la hija de Icario; la prudente Penélope. Era
una joven recién
casada cuando la dejamos al marchar a la guerra y tenía en su seno un
hijo inocente que
debe sentarse ya entre el número de los hombres; ¡feliz él!
Su padre lo verá al llegar y él
abrazará a su padre -ésta es la costumbre-, pero mi esposa no
me permitió siquiera saturar
mis ojos con la vista de mi hijo, pues me mató antes. Te voy a decir
otra cosa que has de
poner en tu pecho: dirige la nave a tu tierra patria a ocultas y no abiertamente,
pues ya no
puede haber fe en las mujeres.
«"Pero vamos, dime -e infórmame con verdad- si has oído
que aún vive mi hijo en
Orcómenos o en la arenosa Pilos, o junto a Menelao en la ancha Esparta,
pues seguro que
todavía no está muerto sobre la tierra el divino Orestes."
Así dijo, y yo, respondiendo, me dirigí a él:
«"Atrida, ¿por qué me preguntas esto? Yo no sé
si vive él o está muerto, y es cosa mala
hablar inútilmente."
«Así nos contestábamos con palabras tristes y estábamos
en pie acongojados,
derramando gruesas lágrimas. Llegó después el alma del
Pelida Aquiles y la de Patroclo,
y la del irreprochable Antíloco y la de Ayax, el más hermoso de
aspecto y cuerpo entre
los dánaos después del irreprochable hijo de Peleo. Reconocióme
el alma del Eacida de
pies veloces y, lamentándose, me dijo aladas palabras:
«"Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides, desdichado,
¿qué acción
todavía más grande preparas en tu mente? ¿Cómo te
has atrevido a descender a Hades,
donde habitan los muertos, los que carecen de sentidos, los fantasmas de los
mortales que
han perecido?"
«Así habló, y yo, respondiéndole, dije:
«"Aquiles, hijo de Peleo, el más excelente de los aqueos,
he venido en busca de un
vaticinio de Tiresias, por si me revelaba algún plan para poder llegar
a la escarpada Itaca;
que aún no he llegado cerca de Acaya ni he desembarcado en mi tierra,
sino que tengo
desgracias continuamente. En cambio, Aquiles, ningún hombre es más
feliz que tú, ni de
los de antes ni de los que vengan; pues antes, cuando vivo, te honrábamos
los argivos
igual que a los dioses, y ahora de nuevo imperas poderosamente sobre los muertos
aquí
abajo. Conqúe no te entristezcas de haber muerto, Aquiles."
«Así hablé, y él, respondiéndome, dijo:
«"No intentes consolarme de la muerte, noble Odiseo. Preferiría
estar sobre la tierra y
servir en casa de un hombre pobre, aunque no tuviera gran hacienda, que ser
el soberano
