Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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justicia a los muertos. Ellos exponían sus causas a él, al soberano, sentados o en pie, a lo
largo de la mansión de Hades de anchas puertas.
«Y despuës de éste vi al gigante Orión persiguiendo por el prado de asfódelo a las
fieras que había matado en los montes desiertos, sosteniendo en sus manos la clava toda
de bronce, eternamente irrompible.
«Y vi a Ticio, al hijo de la Tierra augusta, yaciendo en el suelo. Estaba tendido a lo
largo de nueve yugadas, y dos águilas posadas a sus costados le roían el hígado,
penetrando en sus entrañas. Pero él no conseguía apartarlas con sus manos, pues había
violado a Leto, esposa augusta de Zeus, cuando ésta se dirigía a Pito a través del hermoso
Panopeo.
«También vi a Tántalo, que soportaba pesados dolores, en pie dentro del lago; éste
llegaba a su mentón, pero se le veía siempre sediento y no podía tomar agua para beber, pues cuantas veces se inclinaba el anciano para hacerlo, otras tantas desaparecía el agua
absorbida y a sus pies aparecía negra la tierra, pues una divinidad la secaba. También
había altos árboles que dejaban caer su fruto desde lo alto -perales, manzanos de hermoso
fruto, dulces higueras y verdeantes olivos-, pero cuando el anciano intentaba asirlas con
sus manos, el viento las impulsaba hacia las oscuras nubes. «Y vi a Sísifo, que soportaba pesados dolores, llevando una enorme piedra entre sus
brazos. Hacía fuerza apoyándose con manos y pies y empujaba la piedra hacia arriba,
hacia la cumbre, pero cuando iba a trasponer la cresta, una poderosa fuerza le hacía
volver una y otra vez y rodaba hacia la llanura la desvergonzada piedra. Sin embargo, él
la empujaba de nuevo con los músculos en tensión y el sudor se deslizaba por sus
miembros y el polvo caía de su cabeza.
«Después de éste vi a la fuerza de Héracles, a su imagen. Éste goza de los banquetes
entre los dioses inmortales y tiene como esposa a Hebe de hermosos tobillos, la hija del
gran Zeus y de Hera, la de sandalias de oro.
«En torno suyo había un estrépito de cadáveres, como de pájaros, que huían asustados
en todas direcciones. Y él estaba allí, semejante a la oscura noche, su arco sosteniendo
desnudo y sobre el nervio una flecha, mirando alrededor que daba miedo y como el que
está siempre a punto de disparar. Y rodeando su pecho estaba el terrible tahalí, el cinturón
de oro en el que había cincelados admirables trabajos osos, salvajes jabalíes, leones de
mirada torcida, combates, luchas, matanzas, homicidios. Ni siquiera el artista que puso en
este cinturón todo su arte podría realizar otra cosa parecida. Me reconoció al pronto
cuando me vio con sus ojos y, llorando, dijo aladas palabras:
« “Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides, ¡también tú andas
arrastrando una existencia desgraciada, como la que yo soportara bajo los rayos del sol!
Hijo de Zeus Cronida era yo y, sin embargo, tenía una pesadumbre inacabable. Pues
estaba sujeto a un hombre muy inferior a mí que me imponía pesados trabajos. También
me envió aquí en cierta ocasión para sacar al Perro, pues pensaba que ninguna otra
prueba me sería más difícil. Pero yo me llevé al Perro a la luz y lo saqué de Hades. Y me
escoltó Hermes y la de ojos brillantes, Atenea."
«Así habló y se volvió de nuevo a la mansión de Hades. Yo, sin embargo, me quedé allí
por si venía alguno de los otros héroes guerreros, los que ya habían perecido. También
habría visto a hombres todavía más antiguos a quienes mucho deseaba ver, a Teseo y
Pirítoo, hijos gloriosos de los dioses, pero se empezaron a congregar multitudes
incontables de muertos con un vocerío sobrenatural y se apoderó de mí el pálido terror,
no fuera que la ilustre Perséfone me enviara desde Hades la cabeza de la Gorgona, del
terrible monstruo.
«Entonces marché a la nave y ordené a mis compañeros que embarcaran enseguida y
soltaran amarras. Y ellos embarcaron rápidamente y se sentaron sobre los remos.
«Y el oleaje llevaba a la nave por el río Océano, primero al impulso de los remos y
después se levantó una brisa favorable. » CANTO XII
LAS SIRENAS ESCILA Y CARIBDIS. LA ISLA DEL SOL. OGIGIA Cuando la nave abandonó la corriente del río Océano y arribó al oleaje del ponto de
vastos caminos y a la isla de Eea, donde se encuentran la mansión y los


 

 
 

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