Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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mosqueteros
armados.
Aquella vez, como él era más fuerte, los miró con severidad y, con los ojos y con la mano, hizo
a D'Artagnan una seña de que lo siguiera. D'Artagnan obedeció.
-Te esperaremos, D'Artagnan -dijo Athos lo suficientemente al to para que el cardenal lo oyese.
Su Eminencia frunció el ceño, se detuvo un instante, luego continuó su camino sin pronunciar
una sola palabra.
D'Artagnan entró detrás del cardenal, y Rochefort detrás de D'Ar tagnan; la puerta fue vigilada.
Su Eminencia se dirigió a la habitación que le servía de gabinete e hizo seña a Rochefort de
introducir al joven mosquetero.
Rochefort obedeció y se retiró.
D'Artagnan permaneció solo frente al cardenal; era su segunda entrevista con Richelieu, y él
confesó después que estaba convencido de que sería la última.
Richelieu permaneció de pie, apoyado contra la chimenea, con una mesa entre él y D'Artagnan.
-Señor -dijo el cardenal-, habéis sido detenido por orden mía.
-Eso me han dicho, monseñor.
-¿Sabéis por qué?
-No, monseñor; porque la única cosa por la que podría ser dete nido es aún desconocida de Su
Eminencia.
Richelieu miró fijamente al joven.
-¡Oh! ¡Oh! -dijo-. ¿Qué quiere decir eso?
-Si monseñor quiere decirme primero los crímenes que se me imputan, yo le diré luego los
hechos que he realizado.
-¡Se os imputan crímenes que han hecho caer cabezas más altas que la vuestra, señor! -dijo el
cardenal.
-¿Cuáles, monseñor? -preguntó D'Artagnan con una calma que asombró al propio cardenal.
-Se os imputa haber mantenido correspondencia con los enemigos del reino, se os imputa
haber sorprendido los secretos de Estado, se os imputa haber tratado de hacer abortar los planes
de vuestro general.
-¿Y quién me imputa eso, monseñor? -dijo D'Artagnan, que sospechaba que la acusación venía
de Milady-. Una mujer marcada por la justicia del país, una mujer que ha desposado a un
hombre en Francia y a otro en Inglaterra, una mujer que ha envenenado a su segundo marido y
que ha intentado envenenarme a mí mismo.
-¿Qué decís, señor? -exclamó el cardenal asombrado-. ¿Y de qué mujer habláis de ese modo?
-De Milady de Winter -respondió D'Artagnan-; sí, de Milady de Winter, de la que sin duda
Vuestra Eminencia ignoraba todos los crímenes cuando la ha honrado con su confianza.
-Señor -dijo el cardenal-, si Milady de Winter ha cometido todos los crímenes que decís, será
castigada.
-Ya lo está, monseñor.
-Y ¿quién la ha castigado?
-Nosotros.
-¿Está en prisión?
-Está muerta.
-¿Muerta? -repitió el cardenal, que no podía creer lo que oía-. ¡Muerta! ¿Habéis dicho que está
muerta? -Tres veces trató de matarme, y la perdoné; pero mató a la mujer que yo amaba. Entonces,
mis amigos y yo la hemos cogido, juzgado y condenado.
D'Artagnan contó entonces el envenenamiento de la señora Bonacieux en el convento de las
Carmelitas de Béthune, el juicio de la casa aislada y la ejecución a orillas del Lys.
Un temblor corrió por todo el cuerpo del cardenal, que, sin embargo, no temblaba fácilmente.
Pero, de pronto como sufriendo la influencia de un pensamiento mudo, la fisonomía del
cardenal, sombrío hasta entonces, se aclaró poco a poco y llegó a la más perfecta serenidad.
-Así -dijo con una voz cuya dulzura contrastaba con la severidad de sus palabras-, así que os
habéis constituido en jueces, sin pensar que quienes no tienen la misión de castigar y castigan
son asesinos.
-Monseñor, os juro que ni por un instante he tenido la intención de defender mi cabeza contra
vos. Sufriré el castigo que Vuestra Eminencia quiera infligirme. No amo tanto la vida como para
temer la muerte.
-Sí, lo sé, sois un hombre de corazón, señor -dijo el cardenal con una voz casi afectuosa-;
puedo deciros, pues, de antemano que seréis juzgado, condenado incluso.
-Cualquier otro podría responder a Vuestra Eminencia que tiene su perdón en el bolsillo; yo me
contentaré con deciros: Ordenad, monseñor, estoy dispuesto.
-¿Vuestro perdón? -dijo Richelieu sorprendido.


 

 
 

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